Hizb’Allah: Estrategia y Geopolítica de un Movimiento Revolucionario Islámico Anti-Sionista (1)

12 Ott

Hizb’Allah: Estrategia y Geopolítica de un Movimiento Revolucionario Islámico Anti-Sionista -[I/I Parte]-

por Dagoberto Husayn Bellucci*

[Haret Hreik, Beirut sur (Líbano)]

«El Líbano es una flecha dirigida contra el corazón del Sionismo y del Imperialismo en Medio Oriente. Hizb’Allah es la punta de esta flecha»

(Sayeed Alí Jamenei, Guía Espiritual de la Revolución Islámica Iraní)

«El Líbano es diferente. El Líbano no es Somalia, no es Georgia, no es Ucrania. ¡Líbano es Líbano!.»

(Sayyed Hassan Nasrallah – discurso de plaza Riadh el Sohl (Beirut), 8 de Marzo 2005)

Es desde aquella fecha que se necesita analizar la evolución política y militar del partido chiíta libanés y, casi contemporáneamente, la progresiva desaparición como organización revolucionaria de la OLP y la constitución de Hamás creado a finales de los año ochenta como movimiento religioso expresión de los Hermanos Musulmanes del vecino Egipto y, transformándose con la primera Intifada de diciembre de 1987 , en brazo armado de la Resistencia Islámica para la Palestina ocupada.

El descalabro repentino de la OLP en Beirut en el verano de 1982 fue en efecto el golpe más duro asestado por “Israel” a las esperanzas del mundo árabe que había asistido impotente a las derrotas militares en los conflictos del 67 (con la caída de Jerusalén) y la guerra del 72 que llevó a los israelíes a controlar toda la península del Sinaí y ratificando la muerte política de Nasser y del panarabismo laico y socializante que había representado por al menos un ventenio la principal ideología revolucionaria en los países árabes.

Los acuerdos de Camp David firmados por Sadat confirman definitivamente la salida de Egipto de la escena militar, motor ideológico y principal baluarte de las políticas anti-imperialistas y anti-sionistas de los países árabes desde la mitad de los años cincuenta , y el redimensionamiento político del Cairo, desde entonces pieza funcional de los intereses y las estrategias estadounidenses en el Oriente Próximo y principal referente de todas las administraciones americanas junto al otro aliado principal en la región (Arabia Saudita).

Revelará no sin razón el entonces ministro de defensa israelí, Ariel Sharon, que “el peso político de la OLP ha sido parcialmente neutralizado por los acuerdos de Camp David pero esto no es suficiente todavía: debemos trabajar para su destrucción definitiva. Solo esto nos permitirá concluir el proceso iniciado en Camp David junto a otros tratados con nuestros vecinos árabes” (1).

Para comprender plenamente lo que significó el acuerdo de Camp David y el sucesivo descalabro de Arafat y de sus militantes en una Beirut asediada por las tropas de Sharon en aquel verano de sangre de 1982, dejamos a Mohammad Hassan al Amin, uno de los principales líderes religiosos chiítas libaneses de la época y uno de los fundadores de Hizb’Allah, que hablando de la situación palestina de la época escribe: “Desde el inicio de la lucha armada en 1965 no hemos abandonado nunca al movimiento palestino de liberación. Esta solidaridad viene aumentando tras la llegada de los primeros combatientes palestinos al Líbano en 1969 y sobretodo, al día siguiente de los trágicos hechos de septiembre de 1970 en Jordania. Se trataba entonces para nosotros de lograr acondicionar una estructura creada exclusivamente por los palestinos y de movilizar a la población sobretodo para defender los derechos contra algunas unidades del ejército libanés. En mi calidad de dignatario religioso, he intentado trabajar eficazmente sobretodo en los medios islámicos. Considerábamos la defensa de la Resistencia como un deber sagrado, tanto sobre un plano patriótico-nacionalista como en el específico religioso. Considerábamos principalmente que la Resistencia fuese el único movimiento susceptible de despertar a los árabes de una situación de subdesarrollo y retraso respecto a las potencias occidentales y habíamos comprendido desde el principio que era necesario invertir este proceso de decadencia. En nuestra opinión, de hecho, la lucha de liberación por los territorios usurpados podía tener un desarrollo inmenso, pero estábamos convencidos de que era necesario todo esfuerzo y dedicación para obtener este objetivo. Hoy desgraciadamente me veo constreñido a constatar que la esperanza fundada sobre la resistencia palestina se perdió por el camino. Estos hombres que un día habían alcanzado nuestras esperanzas de rescate, que un tiempo tenían nuestro máximo respeto, son los mismos que, desde hace años van, como vagabundos, errando de una capital árabe a otra. Cansados, abatidos, debilitados, divididos entre ellos. Debemos concluir que la política de la OLP del último decenio dejaba presagiar este doloroso final.” (2)

Como analizará lúcidamente un escritor tunecino, Salah Bechir, “la paz con Egipto no fue para Israel la ocasión de normalizar la región, sino solo de excluir de esta el único estado auténticamente nacionalista árabe. Y el último conflicto en Líbano (1982) amenaza de implantar en la región un estado sionista acelerando la confesionalización de todo el Oriente Próximo incluidos israelíes y palestinos.”Análisis que históricamente resultará más que legítimo y acertado también a la luz de la influencia del fundamentalismo protestante-sionista de matriz judeo-estadounidense que –con la agresión al Líbano del verano de 1982- aumentará su influencia sobre la política estadounidense a través de las sectas mesiánicas que favorecerán la campaña electoral de Ronald Reagan y su segundo mandato presidencial (del mismo modo de cuanto acontecerá en el 2004 con la reelección de George W. Bush).

La alianza que de hecho se estructurará entre en fundamentalismo w.a.s.p. o bien los sectores más radicales de la derecha neoconservadora estadounidense y los sostenedores del sionismo extremista, en América como en los territorios palestinos bajo ocupación, darán vida precisamente en aquel periodo histórico a la consagración de una política agresiva por parte de la superpotencia de las barras y estrellas, que de ahí a poco habría definitivamente alejado los fantasmas de Vietnam para lanzarse con espíritu neo-cruzado en la aventura militar de Sadam Hussein, y de su aliado israelí.

Fueron de hecho los años ochenta, los del boom económico y del hedonismo reaganiano pero también del proliferar de sectas de trasfondo mesiánico que, sobretodo en los Estados Unidos, dieron vida a verdaderos movimientos de masas influyentes económica y políticamente, los que volvieron a dar vigor a las utopías expanSionistas de los sectores extremistas israelíes con la constitución de organizaciones como la de los Fanáticos de la Reconstrucción del Tercer Templo de Jerusalén con sus objetivos de pulverización de la identidad nacional palestina ya seriamente puesta en discusión por la política criminal del gobierno de ocupación de Tel Aviv.

La acción de gobierno que caracteriza los dos mandatos presidenciales de Reagan, infundará nueva savia a las pretensiones mesiánicas sionistas: son de aquel período los contactos y las relaciones entre organizaciones cristiano-sionistas protestantes estadounidenses y grupos religiosos de las Yeshiva (escuelas rabínicas) sionistas en Palestina, así como la utopía de proyectos milenaristas legados de la escatología propia del judaísmo ortodoxo (3). Sin una comprensión plena del desarrollo del fundamentalismo w.a.s.p. en los USA, difícilmente sería posible comprender la evolución política estadounidense en sentido ultra-sionista que caracteriza la política exterior de Washington hasta nuestros días:

“La religión americana es axiomática. Fue el presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, el que dijo: «Es un hecho absolutamente irrefutable que en este único libro [la Biblia] se encuentran las respuestas a todos los complejos y temibles problemas que debemos afrontar, tanto en la patria como en el exterior».

La religión americana es empresarial: cada año, millares de pastores vienen siendo puestos bajo la miseria de parroquianos insatisfechos, sin el paracaídas del ocho por mil. Pero aquellos que sobreviven, se sirven de todo posible instrumento ofrecido por la revolución mediática e informática. Después de todo, es precisamente la sociedad mediática y de espectáculo la que ha puesto en primer plano al predicador fundamentalista.” (4)

Y es precisamente desde estos escenarios internos de la sociedad americana – que cubren un increíble espacio de maniobra para las futuras teorizaciones geoestratégicas y políticas de los neoconservadores, para los programas sobre la guerra preventiva y los escudos espaciales y las sucesivas aventuras estadounidenses en Servia, Afganistán e Irak del Tercer Milenio- que se debe intentar comprender el desarrollo político en sentido religioso de la sociedad árabe y del Oriente Próximo desde los años ochenta hasta hoy. Desde que el movimiento de resistencia palestino laico entra en fase de decadencia hasta el desarme de Egipto y Jordania –hasta los procesos de paz inútilmente repropuestos en toda ocasión por las administraciones americanas en los años noventa y más recientemente- es necesario intentar analizar la evolución que, de forma semejante, ha caracterizado a Hizb’Allah en Líbano y Hamás en la cercana realidad palestina, no pudiendo separar las dos realidades políticas y militares y las dos áreas geopolíticas del Líbano y de Palestina que son sustancialmente complementarias la una con la otra aunque operando distintamente cada una en su propio perímetro geopolítico.

Mientras la OLP se transformará a partir de 1982 en un intermediario de Occidente, sujeto político representativo de toda la sociedad palestina según la “comunidad internacional” (mentira que será definitivamente desenmascarada por la victoria electoral de Hamás en enero del 2006), y en un interlocutor de primer plano para la “laicización” y la “normalización” regional conducida diplomática y políticamente con la administración Clinton y luego militarmente con la llegada de la administración repúblicana con Bush jr.; en Líbano y Palestina, Hizb’Allah y Hamás creaban las estructuras sociales, políticas, religiosas y de poder para la transformación, en Beirut como en Gaza, de realidades nacidas como movimientos de resistencia armada en partidos políticos de masas y de gobierno.

Hizb’Allah en Líbano, como ejemplo para los vecinos de Hamás, ha constituido el principal referente de organización multifuncional: de las estructuras religiosas creadas en el valle de la Beka’a (con la Houselmije coránica de inspiración iraní) hasta las organizaciones de beneficencia (con el nacimiento y desarrollo de organismos de beneficencia y hospitalarios autónomos de la Cruz o de la Media Luna Roja y directamente controlados por el Partido) pasando por las estructuras y las entidades destinadas a la reconstrucción de edificaciones como Yihad al Bina que –desde la Beka’a al sur del Líbano- se ocupan de la recalificación de edificios en áreas enteras dejadas casi en estado de abandono por parte del gobierno central libanés.

Una actividad frenética que esencialmente corre en paralelo con la actividad propiamente política de Hizb’Allah en sede parlamentaria (donde el partido tiene una delegación desde 1992 y representa con su Bloque de la Fidelidad a la Resistencia- constituido con la alianza del otro movimiento chiíta Haraqat ‘Amal de Nabih Berry, presidente de la Asamblea Nacional de Beirut, la segunda agrupación en número de diputados) y de gobierno (con la participación de cinco ministros chiítas en el primer ejecutivo Siniora en el verano de 2005, dos de los cuales pertenecen directamente al partido de Nasrallah, los ex ministros de trabajo, Trad Hamadeh y, de electricidad, Mohammad Fnesh) y que no renuncia al papel esencial de organización de resistencia militar propio del Partido.

Tal multiplicidad de papeles y funciones ha llevado a pensar a los analistas de política internacional, sobretodo a los comandos militares israelíes y a los dirigentes de la política de Tel Aviv, que Hizb’Allah hubiese adoptado una actitud diversa, viendo en la “politización” del movimiento una señal indicativa de su progresivo redimensionamiento militar. Es el cálculo fatal que ha inducido al ejecutivo sionista dirigido por Olmert y por sus colaboradores del partido Kadima a lanzar la agresión del verano del 2006 con el consiguiente resultado desastroso de una ofensiva terrestre que ha desarticulado, debilitado y dejado militar y psicológicamente hecho pedazos al ejercito de ocupación sionista y a la misma sociedad israelí para la cual (hace ahora tres años de la guerra de julio-agosto) ha representado un punto de no retorno y una admonición en torno a las esperanzas de mantener inalterada la relación de fuerza entre el “tsahal” y el vecino Líbano. Como ya habían observado agudamente algunos soldados israelíes, hablando en la tv nacional del ‘Estado Judío’, a la vuelta del servicio en el Líbano meridional a fines de los años noventa y antes del retiro unilateral decretado por Ehud Barak en la primavera del 2000: “hubo un tiempo en el que el Líbano era un terreno fácil. Hace años los libaneses tenían miedo, se echaban para atrás, se arrastraban. ¡Hoy todo ha cambiado! Somos nosotros los que nos debemos retirar. Los libaneses han cambiado: no temen más una eventual agresión, no tienen miedo de enfrentarse militarmente con nosotros. Israel ya no suscita miedo”.

Hizb’Allah por tanto no ha variado su vocación original de organización de resistencia: sin la Resistencia –como siempre nos han confirmado los dirigentes y los amigos del Partido en Beirut sur- no existiría Hizb’Allah, así como sin Hizb’Allah, no existiría hoy la Resistencia libanesa.

“En este contexto – declarará hablando del nacimiento del movimiento Sayyed Mohammad Fadlallah, máxima guía espiritual de los chiítas libaneses y uno de los principales promotores de la constitución de Hizb’Allah al inicio de los años ochenta- la lucha contra Israel cambiará de significado. Respecto a antes de este enfrentamiento asumirá los trazos propios del Yihad (literalmente “esfuerzo en el camino de Dios”), de la ‘guerra santa’ islámica, de un deber en el camino del apostolado islámico y de una obligación moral para todos los musulmanes. Una guerra determinada a su vez por su relación con Dios, por su relación con la vida y con los seres humanos… Nuestra lucha debe comprender y analizar los fundamentos de la dominación imperialista en la región y en el mundo. Golpear implacablemente al enemigo partiendo de la idea, de la realidad factual de que existen dos mundos contrapuestos: el de los explotadores y el de los explotados, el de los dominadores y el de los dominados, el de los mustakbirin (opresores) y el de los mustadafin (oprimidos, desheredados)”.

No existe solución de compromiso entre estas posiciones irreconciliables que forman una dicotomía connatural con el credo chiíta y se forma en el culto y la veneración de la Ashura. Hizb’Allah como expresión de la influencia iraní en Oriente Próximo a treinta años de la victoria de la Revolución Islámica del Imam Jomeini, persigue política y religiosamente el rescate moral, social, político y militar de los libaneses oprimidos.

(*) Director Responsable de la Agencia de Prensa “Islam Italia”, Haret Hreik, Beirut sur (Líbano).

Notas

1) Ariel Sharon en “Estudios Árabes” – Número 5/6, Buenos Aires (Argentina) Enero-Junio 1984;

2) Mohammad Hassan al Amin in “Estudios Árabes” – ibidem;

3) véase Maurizio Blondet – “ I Fanatici dell’Apocalisse” ed. “Il Cerchio” – Rimini, 2002;

4) Roberto Giammanco – “L’immaginario al potere: religione, media e politica nell’America reaganiana” – ed. “Antonio Pellicani” – Roma 1990;

Trad. A. M. para ANTAGONISTAS

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