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LA FALSIFICACIO DE LA REALIDAD – La Argentina en el espacio geopolitico del terrorismo judio – (9) por Noberto Ceresole

22 Ott

LA FALSIFICACIÓN DE LA REALIDAD

La Argentina en el espacio geopolitico del terrorismo judio

1998

 

Noberto Ceresole

 

EPÍLOGO

CAMBIO DE ESCENARIO

 


“Debemos andar a través de la noche”

Fragmento de una carta de Martin Heidegger a

Rudolf Stadelmann, fechada el 20 de julio de 1945

 La mentira más grande creada por el hombre desde el Antiguo Testamento, el
Mito del Holocausto, no puede ser entendida fuera de una determinada
explicación de las causas que originaron la llamada “segunda guerra
mundial”. Es indudable que los mitómanos integrantes de las legiones de
historiadores oficiales -en todo el mundo occidental- que culpan
sistemáticamente a Alemania de haber causado el conflicto. La culpabilidad
alemana, no sólo en cuanto a la “cuestión judía”, sino sobre todo respecto
de los comienzos de la “segunda guerra mundial” se ha convertido en una
“verdad” casi incuestionable y en un elemento fundacional de la cultura
occidental actual.

Yo soy un hombre de la periferia del mundo occidental. La Periferia de
Occidente es una región del mundo en la cual la cultura de Occidente llega
ópticamente invertida, como en el espejo de Alicia en el país de las
maravillas. Siempre conocemos los efectos que produce esa cultura, pero
nunca sus causas. Es decir, que estamos doblemente alienados: a la verdad
oficial occidental, por un lado, y a la verdad oficial invertida, que es
como llega a su Periferia la cultura elaborada en el Centro de Occidente.

Este mismo libro comenzó a redactarse en la periferia del mundo occidental.
Estar en la periferia de ese mundo significa estar afectado por una frontera
histórica y por una frontera geográfica, al mismo tiempo. Seguir estando en
la periferia significa que seguimos viviendo en países que carecen de ser
histórico, es decir, países cuya voluntad (según Heidegger) se ha anulado y
auto-anulado. Toda la lucha consiste en definitiva en recuperar esa voluntad
para dejar de no-ser. Pero la energía que aún perdure dentro de la sociedad
periférica sólo se podrá aplicar hacia el futuro. El pasado es irrecuperable
y debe ser estudiado como pasado periférico, nunca como ser histórico. La
continuidad de la dependencia es la hegemonía del pasado oficial periférico
sobre el futuro que aspira a construir su propia historia. En la periferia
estuvimos afectados por una situación internacional que no podíamos ni
controlar ni modificar, y asimismo por las imágenes falsas proyectadas desde
la evolución política central, que hasta el momento nos condujeron hacia
falsas soluciones y caminos sin salida.

Vista desde la periferia la “segunda guerra mundial” fue un hecho que no
produjo sino beneficios objetivos para nuestros pueblos. Se necesitó
inyectar altas dosis de “ideología democrática” para convencer a los
“periféricos” de que Alemania representaba el lado malo del mundo. Nuestros
comunistas periféricos sostenían exactamente lo mismo, pero desde otro
ángulo: la URSS era el lado bueno del mundo. En la Argentina esas presiones
ideológicas vinieron acompañadas de violencia política. En el año 1955 se
produjo una insurrección cívico-militar contra el gobierno legítimo
(democrático) del general Juan Perón. Esa insurrección produjo muchos miles
de muertos, especialmente en el “bajo pueblo” peronista. Aún hoy no se ha
investigado con exactitud cuántos miles de muertos. La “alianza de los
Aliados” del lado bueno del mundo, la “democracia” y el “socialismo real”,
habían vencido provisoriamente al lado malo de Argentina.

Para los Aliados “progresistas”, la URSS era el lado bueno del mundo que
había conseguido la victoria contra la “bestia nazi”. La última fase de la
segunda guerra civil europea de treinta años -llamada Segunda Guerra
Mundial- fue sin duda una catástrofe de magnitud inigualada en la historia
del género humano. Pero como tal puede ser considerada apenas una
introducción al sismo geopolítico que representó la implosión soviética,
primero, y rusa, después, cuyos efectos recién comienzan a manifestarse y a
percibirse.

En la decadencia del proceso de la revolución rusa existió un grupo de
judíos “reformistas”, que emergen del mismo seno del PCUS (más
concretamente, del Komsomol -organización de los jóvenes comunistas), que
comenzaron a construir la sociedad burguesa en una sociedad sin burguesía, y
la “democracia”, en una sociedad sin tradiciones “democráticas” en absoluto.
Esos “jóvenes comunistas”, casi todos ellos judíos, logran apropiarse de
manera mafiosa -esto es, bajo la forma de la rapiña- del ahorro social de
todo el período soviético, al que convierten en “capital original” de su
ascenso privado a “clase hiper-burguesa”. Hoy son ellos, esos banqueros
judíos producidos por el PCUS y por el “marxismo leninismo” (etapa final,
aunque no contradictoria del racionalismo iluminista occidental), los que
controlan casi en exclusiva los destinos de Rusia.

Los judíos en altos puestos del ejecutivo ruso son muchos y ocupan
posiciones claves. Entre estos se destacan Anatoli Chubais, Yakov Urinson y
el vicesecretario del Consejo de Seguridad, Berezovski; a nivel legislativo
está Yavlinskii y muchos miembros de su organización Yavloko. En el sector
económico su presencia es aún más destacada, específicamente en el sector
bancario. Los presidentes de los poderosos bancos rusos Alfabank,
Stolichnibank, Menatep, Rossiski Kredit y Most son todos judíos. Gusinski,
actual presidente de la comunidad judía de Rusia, controla la editorial Siem
Dñiei, responsable de la edición de revistas y periódicos como el conocido
diario Segodnia y el semanario Itogui que se comercializa en el país junto a
Newsweek. Gusinski controla además cinco canales televisivos a través de dos
de sus compañías y aspira a ampliar su radio de acción. En el caso de
Gusinski, éste vio en los medios de información masiva un área privilegiada
para la inversión de capital y protección de sus intereses en ese proceso,
el cual, según sus propias declaraciones, inició desde Gorbachov.

Después de concluidas las elecciones presidenciales del 3 de julio de 1996
en Rusia, algunos personajes judíos de la política en ese país han hecho
público lo que se empeñaban en ocultar en aquel entonces: su apoyo
financiero y publicitario a la candidatura de Yeltsin. En unas reveladoras
“confesiones” de Berezovski, transmitidas por el canal 2 de la TV israelita
el 3 de octubre de 1996 y mostradas de modo fragmentado en Rusia a través
del canal Ruski Dom el 21 de noviembre, este señor dijo ser consecuente en
política y que había expresado esta actitud brindando “colosales cantidades
de dinero que se invirtieron en la campaña”… y lo fundamental, en su
opinión, fue que pudieron “garantizar el nuevo negocio ruso”. En similar
dirección también fueron las declaraciones de Gusinski. Este nivel de
compromisos de Yeltsin con los círculos financieros se puede constatar en la
sección del periódico Izvestia, que se edita en páginas rosadas y se prepara
junto al Financial Times, donde se recogen constantemente las deudas y
compromisos del gobierno ruso con los bancos.

Según datos aportados recientemente por investigadores del Departamento de
Sociología de la Academia de Ciencias de Rusia (Instituto de Estudios de las
Élites), el 80% de la élite del poder hoy en Rusia es judía o medio judía.
Esa hegemonía étnica es mayor cuanto más alto se haga la medición en la
pirámide del poder pos-soviético. El vértice de esa pirámide está
constituido por cinco bancos, cuyos propietarios son todos judíos (uno de
ellos es asimismo presidente del Consejo Ruso del Consejo Judío Mundial). De
esta situación nace el hecho de que el 30% de la población -crecientemente
empobrecida- tenga fuertes sentimientos “antisemitas”, y de más del 50%
considere a los judíos como al “enemigo interno de Rusia”.

Esta situación cobra todo su significado si pensamos que la demografía rusa
está sufriendo una verdadera catástrofe, no sólo por la relación negativa
entre la tasa de mortalidad y la de natalidad (8 muertes por cada
nacimiento), sino además por las migraciones forzadas a que se ven sometidos
los rusos étnicos: 50 millones de ellos vivían fuera del territorio ruso, en
territorio “soviético”. Estas migraciones afectan muy poco a la comunidad
judía dirigente, cuyo lugar de residencia son las grandes ciudades (el
creciente enriquecimiento de Moscú -uno de los conglomerados urbanos más
caros del mundo- y la expulsión de la capital de los habitantes más pobres
debe verse dentro de esos dolorosos procesos migratorios).

A partir de estos datos básicos se puede inferir que la práctica totalidad
del poder hoy está en manos de grupos judíos: ello condicionará de manera
decisiva el comportamiento internacional de Rusia. Cuando analicemos, en
trabajos posteriores, la situación militar veremos con más detalles cuál ha
sido y cuál será el objetivo de una “política de defensa” orientada a la
destrucción militar de Rusia y a la feudalización y privatización de las
fuerzas armadas.

El impacto económico y estratégico de esta realidad puede ser medido
relacionalmente. Hacia fines de los años sesenta la economía soviética era
cinco veces más grande que la economía china. Hoy, hacia fines de los 90, es
cinco veces más pequeña, en términos de PIB, y la diferencia tiende a
incrementarse. Y mientras en el lado ruso de la frontera viven 30 millones
de habitantes, en el lado chino lo hacen 300 millones. En la frontera con el
Asia Central existen, oficialmente, 8 millones de musulmanes en el actual
territorio ruso. Pero extraoficialmente se admite que los musulmanes suman
30 millones; un quinto del total de la población rusa.

En forma muy sintética hemos tratado de definir la etapa final del
“progresismo soviético”. Ahora volvamos a la Argentina.

En su origen, en 1946, el primer gobierno democrático del general Perón
había sido calificado de “nazi-fascista” por la totalidad del establishment,
y especialmente por el Partido Comunista en la Argentina, que siempre contó
con una proporción extraordinariamente alta de judíos inmigrantes en sus
filas, casi todos ellos originarios de la Europa central y oriental. Nueve
años más tarde el mismo Partido Comunista colabora activamente en el
derrocamiento militar del general Perón, a pesar de que estaba
archidemostrado el hecho de la base proletaria del peronismo. Pero se
trataba de un proletariado empecinado en no aceptar las lecciones de
marxismo a cargo de judíos asquenazis que no tenían ningún vínculo con la
Patria de los argentinos. Esa Patria, ya lo hemos visto, había sido fundada
antropológicamente por el peronismo. El proletariado “negro” argentino fue
percibido por los marxistas, judíos y no judíos, como una “masa
desideologizada”, como “primitivos sin conciencia de clase”. Ello propició
reiteradas alianzas entre la oligarquía terrateniente conservadora, el
partido comunista “argentino” y otros grupúsculos, armados y desarmados, de
una izquierda que jamás se ha identificado con la “comunidad del pueblo”,
tal como la define Heidegger, para Alemania, y el Imam Jomeini, para la Umma
musulmana.

Luego de su caída, el peronismo se convierte en resistencia popular, un
fenómeno social que no se verificó en absoluto cuando la URSS se fracturó en
repúblicas capitalistas. Desde esa resistencia popular emerge lentamente una
“izquierda peronista” que en primer lugar trata de conectarse con la
revolución cubana, que tanta influencia tuvo sobre nuestra generación. Es a
partir de la revolución cubana que muchos militantes del peronismo
resistente acceden a una visión de la historia mundial contemporánea
provista, hasta la última coma, por los soviéticos, es decir, por una de las
facciones de los Aliados vencedores de la llamada “segunda guerra mundial”.
De allí que, también desde ese ángulo, penetra la “culpabilidad alemana”
(responsabilidad por haber generado esa “segunda guerra mundial”) y la gran
mentira del siglo, la “matanza de judíos”, llamada “Holocausto”. La
izquierda peronista y la izquierda de muchos otros movimientos nacionales en
todo el mundo periférico (ello sigue siendo particularmente evidente, hoy,
en Palestina), estuvo siempre absolutamente convencida de la culpabilidad
alemana y de la existencia objetiva del “Holocausto”. Y del pasado esplendor
del “paraíso del proletariado”, la “estrella luminosa que guía a la
revolución mundial”. Acabamos de ver en los periódicos a Yassir Arafat en la
“casa de Anna Frank”, en Amsterdam, avalando uno de los fraudes más
miserables de la imaginería judía: los falsos diarios de Anna Frank. Ha sido
el último gran servicio prestado por la OLP a los enemigos judíos del pueblo
palestino.

La primera imagen del mundo a la que accedemos en la periferia es, entonces,
la oficial (efectos sin causas). La que se nos enseña desde la escuela
elemental hasta la universidad. Ella nos muestra un mundo “invertido”. Nos
muestra el mundo tal como es hoy para la periferia y, por lo tanto, se nos
enseña desde niños la falsa historia que debió recorrer la “realidad” para
llegar a donde hoy ha llegado, y se concluye: este es el mundo real, no hay
otro mundo. Nosotros, se nos dice, somos el resultado de una determinada
construcción historiográfica, y como las políticas del presente están
fundamentadas en ella, no deja de existir una cierta coherencia entre la
historia y la imagen de la historia. En definitiva: también nosotros somos
Occidente, se dice. La imagen oficial es la que actualmente determina las
políticas de Estado en casi toda la periferia.

Durante muchos años existió otra imagen del mundo: la imagen “alternativa”,
representada por el marxismo, en sus variantes más diversas. Con esa imagen
sucedió lo mismo que con la URSS: terminó siendo absorbida por la imagen
oficial que Occidente, la facción hegemónica de los Aliados vencedores,
construyeron sobre sí mismos. En ninguna parte del planeta el marxismo fue
nunca la alternativa radical al mundo “existente”. De allí que todos los
gobiernos cipayos de la periferia tengan un ala o una alternativa
“progresista”: “Chiapas versus PRI, o “centro izquierda versus
justicialismo”. Progresismo y cipayismo son las dos caras de una misma y
única moneda. Durante mucho tiempo las dos imágenes del mundo conspiraron
para ocultar los verdaderos puntos de ruptura del mundo real. Así se produce
una dicotomía inversa entre el “bien” y el “mal”, entre lo “positivo” y lo
“negativo”, entre “progreso” y “decadencia”, etc.

La totalidad del establishment periférico se alineó y se alinea con los
dueños del mundo. Así es que cuando se produce el hecho capital del este
siglo, la eclosión de la llamada segunda guerra mundial, las dos imágenes
del mundo coinciden en condenar al “agresor”. Alemania es presentada como el
“perturbador del sistema” tanto desde dentro como desde fuera del
“capitalismo occidental”. La confluencia entre democráticos y comunistas fue
total durante muchos años, y bajo formas distintas lo sigue siendo hasta el
día de hoy. Es rigurosamente cierto que este fenómeno se registró en la
totalidad del planeta, y no sólo en el mundo periférico. En ese sentido son
absolutamente memorables los párrafos correspondientes del Testamento del
Ayatollah Jomeini.

Pero en el mundo periférico, como siempre, hubo un agravante. Fueron muy
pocos los que percibieron la fractura, y muchos menos los que vieron en esa
fractura una oportunidad real para comenzar a “fabricar”, por fin, la propia
historia, desde los hechos nuevos hasta las nuevas imágenes liberadoras. Si
Alemania no es la “maldad absoluta”, el “nazi-fascismo criollo”, el
peronismo, que es una consecuencia directa de la “segunda guerra mundial”,
podría ser una cosa muy distinta de la imagen siniestra que sobre él se ha
construido.

Sin embargo se había producido una fractura en el mundo. Había surgido no
una “clase revolucionaria” aprisionada en una ideología de corte occidental,
sino una potencia revolucionaria, poseedora de un espacio geopolítico y de
una ideología radicalmente antagónica con el mundo existente. La percepción
de esa fractura que provoca la emergencia de la potencia revolucionaria (el
hecho capital que un siglo antes tanto preocupó a los participantes del
Congreso de Viena) es anulada desde los dos ángulos de la realidad: desde lo
establecido y desde el revolucionarismo puramente social.

La perversión a que ha llegado el mundo real actual hace imposible seguir
pensando como antes: de que la única opción ante la conservación de lo real
es el progresismo. Esta perversión no puede ser sino el resultado de una
historia perversa que tachó de perversas a otras historias posibles. El
final de la SGM es el comienzo del Orden Mundial que aún hoy nos afecta. Ese
mundo así “ordenado” que nace allí, en ese momento, es por supuesto el
resultado de una evolución anterior, pero sobre todo es el nacimiento de un
sistema distinto de dominación y de explotación: el que hoy nos oprime. Es
esa opresión insoportable la que nos incita a revisar el pasado. Tal
incitación, finalmente, es la señal más clara de que estamos llegando al
final de un proceso histórico, lo que a su vez exige una radical
transformación de las visiones historiográficas.

 La revisión sistemática del pasado nos lleva a conclusiones extraordinarias:

 La gran maldad de este siglo (Alemania-Holocausto) no es más que
una ficción, un Mito perverso.

La segunda guerra mundial, el acontecimiento más trascendente de
este siglo, no fue una responsabilidad exclusiva de Alemania sino,
como mínimo, una responsabilidad compartida con la URSS, por un
lado, y con Occidente, por otro.

Si bien es relativamente lógico poner como piso la “teoría de la
responsabilidad compartida”, es asimismo posible avanzar hacia la
hipótesis de la “no responsabilidad alemana”.

La revisión del pasado nos lleva necesariamente a rescatar del
“olvido” las acciones de uno de los factores históricos más
importantes de este siglo: el judaísmo, ya sea bajo su forma
sionista-europea o bajo otras formas, como la religiosa-mesiánica
que emerge en esta etapa de la evolución del Estado de Israel.

Tomar en consideración con toda seriedad y responsabilidad el
factor judío en la evolución histórica de este siglo, nos lleva
fuera de la “historia de las ideas”, fuera de la historia de la
“lucha de clases”, incluso fuera de la historia de las naciones:
nos coloca directamente sobre la influencia del factor racial y
religioso.

Fue Ernst Nolte quien inició una línea de investigación correcta
pero ya insuficiente: la línea por la cual hay una responsabilidad
compartida. Pero Nolte se impuso un límite que hoy es inaceptable:
la responsabilidad no está “repartida” sólo entre Alemania y la
URSS. Hay un tercero en discordia: Occidente (lo que quiere decir
alianza británico-norteamericana y lobby judío en ambas márgenes
del Atlántico Norte).

Existe ya una impresionante acumulación de datos que señalan un
claro proceso de agresiones de las cuales Alemania es la
“víctima”, aunque no en estado puro, naturalmente. Nunca en la
historia hubo víctimas o victimarios en “estado puro”. Si bien
Alemania es principalmente víctima, puso también su cuota
victimaria, no tanto volcada hacia Occidente, sino sobre todo
hacia el mundo eslavo. Pero es indudable que ese perfil “perverso”
de Alemania es más el resultado de una cadena de acontecimientos
que una causa original.

Sin la menor duda existe una continuidad clara y nítida entre 1914 y 1945.
En primer lugar en ambas guerras se repite el mismo esquema estratégico:
Mundo Marítimo más Mundo Continental contra las Potencias del Medio
(Mitteleuropa). Sin la extrema fatiga de la máquina militar rusa que se
agota al promediar la (primera) guerra, no se hubiese producido en absoluto
la revolución bolchevique (hegemonía ideológica leninista = revolución
mundial). Si la sociedad y el Estado rusos hubiesen tenido mayor complejidad
no se habría podido identificar con tanta claridad el concepto de
“revolución mundial” con la expansión del Estado soviético. Es esta
expansión del Estado soviético y la posición extremadamente satelital del PC
Alemán lo que produce un estado de alerta general en Alemania.

Mientras tanto Inglaterra, pero sobre todo Francia, tratan de mantener a
Alemania bajo tutela. Durante muchos años Alemania fue una verdadera colonia
económica, política y militar de las dos principales potencias occidentales.
En ese sentido la derrota francesa de 1940 no fue una “agresión alemana”,
sino la exacta continuidad de 1918.

Cuando Alemania invade a Polonia ya había pasado realmente lo peor:
Inglaterra y Francia habían aceptado de hecho el doble Anschluss
austríaco-bohemio. Hoy en día ya no se puede negar que el gobierno polaco no
sólo no accede a las peticiones alemanas relativas a Danzig, que eran
extremadamente razonables, sino que desarrolla claras provocaciones contra
Alemania y contra las minorías germánicas de la población polaca. En esas
acciones Varsovia estuvo respaldada por París, pero sobre todo por Londres.
La invasión de Polonia origina la declaración formal de guerra a Alemania,
tanto de París como de Londres. Catorce días después Rusia también invade
Polonia. No hubo declaración de guerra ni de Londres ni de París a la URSS.
A pesar de la existencia de solemnes tratados de asistencia mutua entre
Varsovia y Londres y entre Varsovia y París.

Una vez que Francia estuvo vencida y existía un gobierno de Kollaboration en
Vichy, Alemania, llevada por las debilidades italianas, invade los Balcanes
y desembarca en el norte de África. El Afrikakorps era un ejército minúsculo
y sobre todo mal equipado comparado con el grueso de las divisiones alemanas
estacionadas en el frente ruso (150 divisiones soviéticas estaban en la
Polonia ocupada por la URSS) aún inactivo. La Kriegsmarine presiona sobre
Hitler para expandir lo que ella llamaba la “estrategia mediterránea”. Sin
embargo, se produce la Operación Barbarroja.

¿Fue “agresión” la invasión alemana a la URSS? ¿O fue otra cosa muy distinta
llamada “guerra preventiva”? En estos momentos, cuando ya no existe la
posibilidad de descubrir nueva documentación, son las interpretaciones las
que valen. Pero no se trata de “interpretar”, con más o menos lógica, un
hecho baladí. Se trata de la circunstancia, por qué no decirlo, más decisiva
de la historia de la humanidad. Nada es comparable con el estruendoso y
sangriento choque entre el mundo germánico y el mundo eslavo. Ningún otro
acontecimiento de la Historia tuvo una magnitud similar y, finalmente,
consecuencias tan universales. De ese choque entre dos Estados
ideológicamente antagónicos surge la hegemonía actual del capitalismo
occidental. Y del mundo tal cual es hoy.

Fuera de los discursos elaborados para la llamada “guerra ideológica” hay
tantos argumentos de peso a favor de la “agresión” como a favor de la
“prevención”. Por un lado, luego del pacto Molotov-Ribbentrop, las
posibilidades de un ataque soviético a Alemania disminuyeron
significativamente. Por otro lado, existían 10.000 blindados soviéticos y
una cantidad extremadamente alta de aviones en la Polonia ocupada por el
Ejército Rojo, muy cerca de la nueva frontera alemana. El problema,
finalmente, puede ser planteado así: Stalin esperaba dilatar al máximo la
entrada en guerra de la URSS; Hitler exactamente lo contrario. Cuanto más
tiempo transcurriera, más posibilidades existían para la repetición de una
alianza como la de la primera guerra: Rusia más mundo marítimo contra las
potencias del centro. La victoria de Alemania sobre Inglaterra, por ejemplo,
hubiese sido intolerable para Moscú. La victoria de Alemania sobre la URSS
hubiese sido intolerable para Londres. En última instancia quien decidió el
día y la hora fue Hitler y no Stalin.

Hoy ya es posible realizar una evaluación general del conflicto, y
analizarlo como un sistema de acoso militar a Alemania que comienza en 1914,
y que por ello se ve obligada a realizar una “guerra de supervivencia”.
Hacia mediados de los años 30, el acoso militar a Alemania fue concebido
como la “muerte de Alemania”. Todas las acciones de guerra se derivan de
este dato básico. Incluidos los graves errores de los alemanes, sus
percepciones falsas, y también, naturalmente, los crímenes de guerra
cometidos por los alemanes. Pero dentro de esa categoría de “crímenes de
guerra” que cometieron todos los contendientes, no se encuentra el llamado
“Holocausto judío”. Ya no hay dudas de que él fue una pura invención de la
guerra psicológica que comienza a insinuarse en los “juicios” de Nuremberg.
Al finalizar la guerra llamada “segunda” y “mundial”, se inaugura el
Tribunal Militar Internacional (TMI). El llamado Tribunal de Nuremberg fue
una continuación del esfuerzo bélico Aliado. Fue asimismo el primer
“tribunal de justicia” trans-nacional. Desde el punto de vista jurídico
Nuremberg fue una aberración total, mientras que desde el punto de vista
político constituye el origen de toda la mitología de la posguerra.

 
El final de la “era Nuremberg”

Una cantidad de indicadores sociológicos, económicos, geopolíticos y
culturales permiten pensar que una cierta legitimidad histórica está
llegando a su fin en Europa. Estamos en un fin de tiempo, en plena
metamorfosis de un cierto Zeitgeist que ha llegado inexorablemente al final
del camino. Más precisamente, se podría sostener que la legitimidad que
provino de la victoria Aliada que puso fin a la guerra civil europea de
treinta años (1914-1945), la llamada “Liberación” que se origina en la otra
orilla del Atlántico, está siendo radicalmente cuestionada. Lo que se
derrumba es el universo histórico-cultural e iconográfico construido por la
“Liberación” de Europa, entendida como consecuencia inmediata de la victoria
militar de los Aliados que, en esencia, fueron básicamente tres: la hoy
inexistente Unión Soviética, los Estados Unidos de América y Gran Bretaña.

En algunos países ese cuestionamiento es particularmente evidente. Francia,
por ejemplo, fue considerado oficialmente un “país vencedor”, aunque fue un
país derrotado. Alemania, un país derrotado, fue con el tiempo, en cierto
sentido, un “país vencedor”, aunque con su voluntad destruida. Por primera
vez en Europa no sólo se está discutiendo el pasado y el futuro, al mismo
tiempo. También están en crisis sus estructuras políticas y económicas. Sus
fronteras y su identidad, todo al mismo tiempo. Llamaremos “zona de crisis”
a esa compleja convergencia de factores.

Podemos entrar a la zona de crisis por diferentes caminos. Uno de ellos es
desde fuera de Europa, desde una de sus zonas contiguas más sensibles: el
Oriente Medio. Una de las consecuencias últimas de la legitimidad que se
originó con la “Liberación” de Europa de la hegemonía alemana (Tercer
Reich), fue la hoy llamada “Unión Europea”, en sus comienzos, un modesto
Mercado Común del Carbón y del Acero entre Francia y Alemania (básicamente).
Ahora la UE no sabe qué hacer en el Oriente Medio tal cual hoy existe, como
otro subproducto de la victoria Aliada. Lo curioso es que esas desventuras
europeas en una de sus vecindades más preocupantes, no son causadas por el
mundo árabe (“terrorismo islámico” incluido), sino por el Estado de Israel.
Ya se admite públicamente que el Estado de Israel desestabiliza la región
como consecuencia de sus pretensiones teológicas de dominación. El problema
está en que tanto el Estado de Israel como la Unión Europea son “productos
gemelos”, son dos de las consecuencias institucionales más importantes de
una misma causa histórica: la “Liberación” europea.

Nadie puede dudar, hoy en día, que la cuestión judía fue parte orgánica de
la Liberación europea y del anterior acoso y destrucción de Alemania. Los
tres Aliados principales victoriosos hicieron de la cuestión judía un arma
esencial de la guerra ideológica contra el Tercer Reich ya vencido (es
decir, contra la forma política que había adoptado el Estado Alemán desde
1933, con total consenso democrático). No hubiese habido Estado de Israel,
al menos como hoy se lo conoce, sin la victoria militar Aliada. Y es
importante subrayar la palabra “alianza”, ya que fue el bloque soviético
quien armó inicialmente al Estado de Israel hasta un poco más allá de los
comienzos de la guerra fría (1949-50, aproximadamente). Esa relación militar
privilegiada entre el bloque soviético e Israel coincide en el tiempo con la
aplicación sobre Alemania del Plan Morgenthau (1). Es evidente que hoy
Europa no sabe qué hacer con el Estado de Israel, lo que quiere decir que
tampoco sabe qué hacer consigo misma. Si el Estado de Israel se ha
constituido en algo ya totalmente inmanejable para Europa, ¿Cómo encarar el
origen ideológico de ese Estado, que no fue otro que el mito del Holocausto?

 Del Plan Morgenthau al Memorial berlinés

Un monumento conmemorativo de la victoria judío-occidental sobre Alemania
debería inaugurarse el 20 de enero de 1999, que sería el aniversario de la
supuesta “Conferencia de Wannsee” de 1942. Los historiadores judíos
sostienen que en esa Conferencia se habría aprobado la “solución final” de
la “cuestión judía” en Alemania y Europa. Por el contrario, los
historiadores revisionistas de todas las nacionalidades niegan que esa
Conferencia se haya celebrado, y señalan que las famosas “Actas de Wannsee”
son apócrifas.

Oficialmente Alemania finalizará el siglo con más de cinco millones de
desocupados. Extraoficialmente algunos cálculos proyectan esa cifra a más de
10.000.000. Una cantidad bastante aproximada -en relación al número de
desocupados per cápita- a los siete millones de 1933/34. Naturalmente ello,
ahora, también tendrá enormes repercusiones sobre la estructura política
bipartidaria que nació en la última posguerra, y muy especialmente sobre el
comportamiento político en general de la sociedad alemana.

En el origen de la crisis del sistema (económico-social y político), y de la
crisis de identidad, está la ausencia de una voluntad alemana (utilizamos la
palabra voluntad en el sentido en que lo hizo Heidegger, no como puro
“voluntarismo”, sino como la interpretación del ser histórico alemán).
Ausencia de voluntad en el sentido que el francés Robert Faurisson le pide
al alemán Ernst Nolte; recuperar la vieja tradición prusiana del: ¡Kopf
hoch!: ¡La cabeza erguida! “¡Kopf hoch! significa simplemente que los
alemanes deben dejar de bajar la cabeza ante las ignominias que se les
adjudican desde hace tanto tiempo” (Carta de Robert Faurisson a Ernst Nolte,
del 3 de junio de 1991, en Archive Faurisson).

Para el francés Faurisson, en la base de la crisis actual de Alemania, hay
un dato moral, un gran Mito, el de “Holocausto”, basado en una gran mentira:
las “cámaras de gas”. “Ellas debieron ser el arma específica de un crimen
específico. Ellas son el pilar central de la religión del `Holocausto’. Sin
ellas, toda la gran mentira se derrumba; la mentira de un horror gigantesco
y sin precedentes en la historia de los hombres. Las pretendidas cámaras de
gas hitlerianas y el pretendido genocidio de los judíos forman una sola y
misma mentira histórica, que ha permitido una gigantesca estafa
político-financiera con el Estado de Israel y la judería internacional como
principales beneficiarios. Las víctimas de esa estafa son el pueblo alemán
-no así sus dirigentes- y el pueblo palestino en su totalidad” (Faurisson).

Para evitar que esa mentira se derrumbe, los judíos están dispuestos a
sepultar a Alemania entera debajo de la losa -literalmente hablando- de su
“Memoria” (de la famosa Memoria judía). Es por ello que intentan construir
en Berlín un monumento gigantesco (Memorial, o Denkmal für die ermordeten
Juden Europas) en Memoria de los míticos “seis millones”. Ese monumento,
naturalmente, deberá imponerse por sobre toda la arquitectura del nuevo
Berlín, para que Berlín sea, para siempre, la “capital del arrepentimiento”.
De construirse, estará ubicado en el corazón político del Berlín histórico.
El “Memorial” berlinés será además gigantesco (arquitectos judíos han
diseñado una losa del tamaño de un campo de fútbol), para que todos sus
habitantes, todos los días, se encuentren con él, lo señalen y comenten:
“Mira, para que aprendas la lección”.

No existe ni en Alemania y ni en toda Europa ningún documento sobre el que
se pueda fundamentar la religión del “Holocausto”. Pero, de construirse
finalmente el Memorial (Denkmal) berlinés existirá un show permanente en el
mismo centro de Europa, bajo la forma de monumento gigante, que dirá, por
los siglos de los siglos: los alemanes son criminales peligrosos. En los
Estados Unidos, en Canadá, en Gran Bretaña, en Francia y en la propia
Alemania (clandestinamente) hay ya una importante producción de ensayos de
reinterpretación histórica. Ninguna persona culta, informada y/o politizada
puede ignorarlos. Esto quiere decir que existe un extenso e intenso
conocimiento histórico acumulado, de naturaleza científica; lo que significa
análisis con base documental. La respuesta de los intelectuales judíos a esa
enorme masa de conocimientos -que sale a luz día a día y que pone en
ridículo las primitivas versiones dadas por los vencedores de la segunda
guerra mundial- es la del show de la “Memoria”. Museos llenos de fotos que
nadie sabe ni dónde ni cuándo fueron tomadas, ni quiénes son los
fotografiados; y sobre todo, grandes monumentos, construidos a la escala del
“realismo socialista” o de la misma arquitectura fascista. En definitiva:
ciencia histórica “gentil” versus Mitología judía. No existe ni jamás podrá
existir una literatura judía que sea, al mismo tiempo, científica y
antirrevisionista.

La eventual construcción del Denkmal für die ermordeten Juden Europas sería
un hecho doblemente aberrante para Alemania y los alemanes todos. Porque no
sólo estaría cimentado en una gran mentira, la del “Holocausto”. Sería
específicamente perverso porque la simbología de ese monumento negaría la
existencia del genocidio alemán, es decir, de las masacres que cometieron
los Aliados victoriosos sobre la población civil alemana ya vencida al
finalizar la llamada segunda guerra mundial. Para Alemania, la mera
existencia de ese monumento sería la ruptura total de su identidad nacional;
tendría el significado simbólico de ser la negación de las víctimas civiles
alemanas de la inmediata posguerra, que superan con creces la mítica cifra
de “los seis millones”.

El historiador canadiense James Bacque publicó un libro “sísmico” titulado:
Crimes and Mercies: The Fate of German Civilians Under Allied Occupations
1944-1950, Little, Brown and Company, Toronto, 1997 (la traducción
castellana sería: “Crimen y Misericordia: el destino de los civiles alemanes
bajo la ocupación aliada, 1944-1950”). El propio autor define su libro como
una historia de la mayor atrocidad cometida por Occidente a lo largo de toda
la historia: la muerte de millones de civiles alemanes en manos de los
Aliados, una vez finalizada la guerra. Las armas del crimen, en este caso,
fueron múltiples: hambre, torturas, condenas a muerte dictadas en forma
sumaria, traslado de grandes masas de población en vagones de ferrocarril
utilizados para el ganado, y un largo etcétera de otras acciones violentas.
En definitiva la aplicación del Plan Morgenthau. Durante esa época decenas
de miles de alemanes y alemanas se suicidaron. En la página 131 de su obra,
el autor expone estadísticas, que están extensamente fundamentadas a lo
largo de todo el trabajo:

 Total de muertos civiles alemanes bajo ocupación aliada entre 1944 y 1950

 

                                    Mínimo     Máximo

Alemanes expulsados de otros países de Europa oriental
“Volksdeutsche”         2.100.000 6.000.000

Prisioneros alemanes en campos de concentración de los Aliados
                1.500.000 2.000.000

Alemanes civiles residentes en Alemania
                                                        5.700.000    
5.700.000

_______________________________________________________________________________

Total de civiles alemanes muertos bajo ocupación aliada
                                 9.330.000   13.700.000

 

Ese genocidio alucinante e ignorado por la “cultura occidental” oficial fue
cometido por los Aliados (soviéticos, norteamericanos, ingleses y
franco-gaullistas) contra una “raza” que llegó a ser considerada criminal
por naturaleza, como dice Goldhagen. James Bacque demuestra que bajo la
ocupación Aliada murieron muchos más alemanes que durante los mismos
combates, a lo largo de toda la guerra. Y además señala a un responsable
principal, al verdugo mayor de esta matanza, al que era en esa época el
Secretario del Tesoro norteamericano, Henry Morgenthau, autor del famoso
“Plan Morgenthau”, que recomendaba convertir a la Alemania vencida en “un
país de pastores”. La directiva JCS/1067 del plan elaborado por el judío
Morgenthau señalaba la conveniencia de la muerte por hambre de los alemanes
vencidos. Millones de alemanes aún vivos se acuerdan de esa época y de ese
plan.

Sería inaceptable para el mundo entero que los actuales dirigentes alemanes
admitieran la construcción del monstruoso Denkmal, cuando se sabe con toda
exactitud que la propia tierra alemana está fecundada con millones de
cadáveres alemanes recientes, martirizados por extranjeros. Por los mismos
“Aliados” que impulsaron la construcción del Estado de Israel, sobre la base
del Mito del “Holocausto”.

 

Por el momento el pueblo alemán está en la resistencia social. Los casi
cinco millones de desocupados, especialmente en la “Alemania del Este”, ya
están en la calle reclamando trabajo. Sus dirigentes nacionales dicen que no
hay dinero para fondos sociales. Sin embargo, Alemania sigue pagando enormes
sumas al Estado de Israel y a diferentes organizaciones del judaísmo
mundial: “por los daños causados en el pasado”. Como el tema judío es tabú
en Alemania, no es seguro que los nuevos pobres absolutos alemanes ya hayan
conectado ambas situaciones. Pero de lo que no hay duda es que si aún no lo
han hecho, lo harán en un futuro muy próximo. También en Francia hay un
“problema social” irresoluble y una “cuestión judía” pendiente. La Europa
exclusionista de Maastricht pende de un hilo.

Quedándonos dentro de Europa: ¿Cuál será el destino final de las relaciones
franco-alemanas en una situación europea que aún refleja la ficción de una
Francia vencedora y una Alemania vencida? Dentro del actual marco
institucional aportado por la “Liberación”, las relaciones franco-alemanas
no pueden ser sino conflictivas, porque están fundamentadas en una
desigualdad de origen que, además, es totalmente ficticia. Si el Tercer
Reich fue la maldad absoluta, los Aliados -incluida la URSS- no podían ser
sino lo simétricamente opuesto. De otra forma, la guerra hasta la “rendición
incondicional de Alemania” (exigencia británico-gaullista), hubiese sido
como mínimo innecesaria. Se supone que la “reeducación” a que fue sometida
la Alemania vencida cambió la naturaleza antropológica de esa sociedad y,
por lo tanto, su naturaleza moral.

 

La destrucción de Alemania a partir de bombardeos pesados fue una decisión
británica de la cual es obviamente corresponsable el protegido de Churchill,
el general Charles de Gaulle. Antes del ingreso en la guerra de los EUA,
Gran Bretaña es la vanguardia de una cruzada contra Alemania. En la
retaguardia de Londres estaban los EUA de Franklin Roosevelt y el poder
judío (firmemente asentado en Nueva York y Londres), que tenía como
consigna: Alemania debe morir. La excusa por la cual Inglaterra (y Francia)
declaran la guerra a Alemania el 3 se setiembre de 1939 ya no se sostiene,
porque catorce días después de la invasión alemana a Polonia occidental se
produce la invasión soviética a Polonia oriental (Acuerdo
Molotov-Ribbentrop). Con la misma lógica que Inglaterra (y Francia) le
declaran la guerra a Alemania, le deberían haber declarado la guerra a la
URSS 14 días más tarde. Pero ello no ocurre porque el objetivo era destruir
a Alemania, para lo cual se debía armar y potenciar al enemigo aparente: la
URSS.

Muchos europeos piensan que nada puede ser ya construido dentro del marco
institucional de la “Liberación”. La caída de la URSS ha sido también el
final de la “Liberación”, es decir, el límite máximo a que había llegado el
proyecto Aliado (por definición es inconcebible una alianza entre distintos,
americanos “buenos” y soviéticos “malos”, por ejemplo). Desde el punto de
vista filosófico los Aliados fueron una continuidad basada en la
“racionalidad occidental” abarcante del marxismo, aún en su versión
“soviética”. La discontinuidad fue Alemania. El problema es que todas las
instituciones europeas hoy vigentes son el producto de la victoria militar
de esa “continuidad filosófica”. Ello significa que la de la URSS fue la
primera, y no la última, de una serie de grandes catástrofes estratégicas.

No sólo todas las instituciones europeas hoy vigentes son el producto de la
legitimidad de la “Liberación”. Las “relaciones exteriores” de la UE son
también resultado del mismo proceso. Y más aún, las relaciones
interestatales que nacen con la victoria Aliada dentro de Europa son
asimismo un efecto de la misma causa. Desde un punto de vista estratégico el
verdadero fin de la guerra no fue la caída de la URSS. Que la guerra
continuó luego bajo la “paz” es evidente: ¿Qué otra cosa es sino la defensa
nuclear francesa independiente con epicentro en el misil Hades? El misil
francés Hades -Dios griego del mundo de los muertos- tiene un alcance de 700
km. Es decir que fue diseñado no contra la ex URSS sino contra Alemania.
Todos los núcleos urbanos alemanes son rehenes del Hades, desde hace ya
muchos años. Quien lo pone en servicio es un humanista socialista llamado
Mitterrand. Un producto típicamente francés alineado con la “Liberación”
justo a último momento. Por lo demás, ¿En qué se podría basar hoy una
política exterior común franco-alemana si ambos países, día a día, baten
records en generar mano de obra desocupada? Si se unieran los sin trabajo de
los dos Estados podrían formar un “país independiente” con una densidad
geográfica razonable. Y conste que aún no hemos mencionado las relaciones
entre Gran Bretaña y Europa. Ni a las de Rusia con Europa.

Sin embargo, las instituciones “comunes”, es decir la burocracia con sede en
Bruselas, continúan ignorando esas fracturas esenciales heredadas de la
“Liberación”. Por lo tanto no se puede sino aceptar un dato básico: hay una
disfuncionalidad esencial entre el mundo institucional y el mundo real. Esto
quiere decir, por ejemplo, que se puede admitir que la sociedad alemana,
bajo una muy fuerte presión, abandone el DM por el Euro. Pero es
inimaginable que tal trauma histórico haga felices a los alemanes, es decir,
proporcione estabilidad a Europa. ¿Cuánta devaluación puede soportar
Alemania? Cálculos serios señalan que el pasaje del DM al Euro provocará en
Alemania una disminución del 30% del volumen de sus ahorros brutos. Ninguna
sociedad puede soportar un shock semejante. Y menos aún la Alemania
“unificada”.

La supervivencia del mundo institucional y cultural originado en la
legitimidad que produce la “Liberación”, esto es, en la victoria militar
Aliada contra Alemania, es exactamente lo contrario a la unidad europea. Es
ese mundo institucional y cultural lo que impide la unidad europea. Ese
mundo ficticio es lo que impide, por ejemplo, que Europa disponga de una
política exterior común. No hablemos ya de una política de defensa común.

Si penetramos por debajo de la superficie de la crisis que agota y consume a
la sociedad francesa veremos una cada vez más definida tendencia
revisionista. Francia es el eslabón más débil de la cadena. No puede
soportar su falsa historia. La crisis final del gaullismo y el avance del FN
no es sino la admisión de que Francia no está cómoda con la piel que la
recubre desde su “Liberación” gestada desde la otra costa del Atlántico.
Podría ser incluso que hubiera estado más cómoda bajo el gobierno de Vichy,
si no hubiese sido que la prolongación de la guerra (el empecinamiento de
los “malditos ingleses”) en el frente occidental obligó a mantener la
ocupación alemana del territorio francés metropolitano. Al fin y al cabo el
mariscal Pétain no tuvo que ir a Londres para buscar legitimidad.

De algo están seguros hoy muchos franceses y no sólo los actuales y futuros
electores de Le Pen: la convergencia franco-alemana era mucho más viable
antes que ahora. La “Liberación” fractura Europa según un mapa Atlántico con
epicentro en Washington y proyección unidireccional hacia Londres. Es por
ello que vuelven a surgir las grandes figuras sepultadas de la Francia
“olvidada”. No sólo Louis Ferdinand Céline, que es un símbolo de enorme
grandeza intelectual y moral, sino hombres como Jacques Doriot, que en los
años 20 se afianzó como líder nacional encabezando un movimiento francés
contra la ocupación militar francesa del Ruhr alemán. Doriot no sólo no fue
un “Kolaboracionista”, en el sentido vulgar de la expresión, sino un paladín
de la unidad franco-alemana, ya imposible desde la “Liberación”.

El fenómeno Le Pen, con sus claros y sus oscuros, no existe en ningún otro
país europeo. Ningún político europeo importante tiene una opinión tan
definida y sobre todo tan conocida, sobre la “cuestión judía”. El FN está
cada vez más arraigado en los diferentes estamentos de la sociedad francesa,
como lo demuestra la intención de voto que se hace pública de manera
periódica. Sería un error muy grande pretender negar que existe una relación
muy intensa entre la creciente voluntad revisionista de la sociedad y el
nuevo perfil político francés.

En sus orígenes, el revisionismo francés, viéndolo ahora como fenómeno
principalmente intelectual, es gestionado por una élite muy pequeña y muy
aislada. Su problemática comenzó en la “cuestión judía”. Podríamos decir que
la crítica al mito del “Holocausto” -y por lo tanto a los mitos fundadores
del Estado de Israel- fue un fenómeno básicamente francés, cuando por lógica
debió haber sido un movimiento de resistencia cultural alemán. Ello nos
habla de la vitalidad cultural francesa y del letargo en que aún vive
Alemania. El revisionismo francés ha demostrado dos cosas. Lo primero, que
después de treinta años de desarrollo intelectual termina co-gestando un
movimiento nacional policlasista con capacidad para acceder al poder por
medio del voto popular. Y lo más importante: señalar que el revisionismo no
acaba con la cuestión judía. Lo que hoy está en revisión es toda la historia
europea, comenzando con la de este siglo. El movimiento nacional y el
revisionismo francés no pueden seguir avanzando sólo en la dirección de
demostrar lo que ya está demostrado: que el “Holocausto” fue parte de la
propaganda de guerra de los Aliados vencedores, que la “Liberación” fue la
antesala de la creación del Estado de Israel y que el Estado de Israel es el
gran desorganizador de una de las regiones geopolíticas más sensibles del
mundo, contigua al espacio europeo.

Lo que genera la crítica al gran mito judío, es una total desestabilización
de todo el escenario histórico. A partir de la credibilidad creciente de esa
crítica puntual se produce un inevitable movimiento de arrastre; toda la
historiografía impuesta por los Aliados vencedores se derrumba
estrepitosamente como fichas de dominó. Si Alemania no fue la maldad
absoluta, ni la URSS el “paraíso” del proletariado, ni Londres el bunker de
la democracia, ni Francia la patria de la resistencia, ni Franco el títere
de Hitler, ni Mussolini un “sangriento dictador” en un país de mandolineros,
¿Qué queda de la Europa que construyen los Aliados al finalizar la guerra
civil de treinta años (1914-1945)? ¿Qué queda de Europa? ¿Qué será de
Europa?

La división de la historia de la Europa del siglo XX en períodos de “dos
guerras mundiales” encierra la trampa enorme de pretender ver un mismo
proceso histórico fracturado en varias “etapas” distintas (dentro de los
límites paz-guerra), lo que posibilita encontrar “culpables”, es decir,
iniciadores de “guerras distintas”. Ahora podemos comprender que los
movimientos geopolíticos alemanes anteriores a la declaración de guerra
franco-británica de 1939, fueron posicionamientos necesarios ante un ataque
que finalmente se produjo, y en el cual se realizó una tenaza antialemana
entre el mundo continental soviético y el imperialismo oceánico capitalista.
Por lo tanto nos acercamos mucho más a la realidad si percibimos el período
1914-1945 como una “guerra de treinta años” ampliada a escala europea, es
decir, como una larga guerra civil europea. Esa guerra de los treinta años
fue interrumpida por la “Liberación” de Europa. A partir de la “Liberación”
sobreviene el ingreso de Europa en el mundo de las “naciones satisfechas”,
es decir, en el mercado de los Estados que habrían superado los conflictos.

A pesar de la Revolución Rusa de 1917, hasta ahora considerada como el
producto más importante de la llamada “primera guerra mundial”, tanto en el
comienzo como en el fin del período se presenta el mismo esquema
estratégico: la unidad del mundo marítimo con Rusia para reducir la potencia
de la Mitteleuropa. Se trata del mismo esquema Spykmaniano: para destruir a
Alemania el mundo marítimo necesita de una alianza con la potencia
continental por excelencia: Rusia. Por lo tanto se debe pensar en Alemania y
no en la URSS cuando se habla de “perturbador del sistema” o de “potencia
revolucionaria”. Una potencia es revolucionaria sólo cuando lleva en sí
ideas totalmente antagónicas respecto al “orden internacional constituido”
y, además, cuando su situación geopolítica le permite amenazar a la
totalidad del sistema establecido, tanto “hacia el mar” cuanto “hacia la
tierra” (Alemania-nacionalsocialismo-Mitteleuropa). Una potencia no es
revolucionaria cuando sus ideas expresan la continuidad “revolucionaria” de
ideas originadas dentro de la misma cultura establecida (como p.e. el
marxismo en relación con el racionalismo), y su situación geopolítica sólo
le permite amenazar nada más que a una región del planeta.

Nicholas J. Spykman (Estados Unidos frente al mundo) es el pensador
norteamericano que con mayor nitidez percibe la naturaleza subversiva de la
“ideología racial” del nacionalsocialismo alemán (Spykman nació en Holanda y
se ciudadanizó norteamericano). Porque como geopolítico, Spykman, en primer
lugar, está pensando en la fragilidad del equilibrio racial norteamericano.
Nunca, en el país del “sueño americano”, la contradicción se planteó entre
“proletariado” y “burguesía”. El centro de gravedad de la cuestión social
norteamericana fue y es el “equilibrio racial”. El nacionalsocialismo, como
ideología, afectaba a ese equilibrio con una intensidad infinitamente mayor
que la teoría de la “lucha de clases”. Spykman escribe su libro sin
pretender negar que es una expresión típica de la propaganda de guerra de
aquellos años `40. Es un ejercicio fascinante comparar ese libro con el
paper de Samuel Huntington sobre los factores desintegrativos que afectan
hoy a la sociedad norteamericana (Intereses exteriores y unidad nacional,
1997). Pasaron casi sesenta años, pero los viejos problemas norteamericanos
siguen allí, agudizados. No sólo hay una distancia enorme entre la
“peligrosidad” respectiva del nacionalsocialismo y del comunismo en cuanto
ideologías, tal como fueron percibidas desde los EUA, antes y durante la
última fase de la “guerra de los treinta años”. Esa distancia se incrementó,
ya que la guerra llamada “segunda mundial” llevó a muchos pensadores a
relacionar el proceso ideológico con el valor de posición de Rusia (URSS) y
Alemania, respectivamente.

El análisis atento de las ideas geopolíticas de Nicholas J. Spykman, en
especial la de la alianza entre las potencias marítimas y la potencia
continental para destruir el poder de la “potencia del medio”, constituye
uno de los caminos que podría llevarnos a limitar las opciones militares que
presentó la llamada “segunda guerra mundial”, en especial para Alemania. Es
decir que podríamos descartar todas las opciones meramente ideológicas. Si
ahora estudiamos, junto con Spykman, los dos puntos de inflexión de la
llamada “segunda guerra mundial” (su comienzo [invasión alemana a Polonia] y
la invasión alemana a Rusia [Operación Barabarroja]), podríamos llegar a
conclusiones sorprendentes. Ni la invasión de Polonia fue una causa
suficiente para la declaración de guerra de Inglaterra y Francia contra
Alemania, ni la invasión de Alemania a la URSS fue necesariamente una
“agresión”, o el inicio de una guerra de agresión.

Con cada vez más fuerza surge ante el viajero histórico la convicción de que
Alemania realizó una guerra que no fue ni “preventiva” ni “agresiva”, sino
una guerra de supervivencia. Una defensa desesperada ante un ataque
múltiple, inevitable e inexorable. La defensa ante una agresión orientada a
la destrucción total -genética- de Alemania, a partir de una alianza entre
las dos alas del Iluminismo racionalista: la liberal occidental y la
marxista soviética.

Si el objetivo final de la política norteamericana era actuar de puente
entre la potencia marítima colonial por excelencia (Gran Bretaña) y la
potencia continental por excelencia (Rusia) puede resultar natural que
Alemania atacara a la URSS antes de que EUA se posesionara de Europa.
Sabemos fehacientemente cuál fue la política de Washington hacia la Alemania
vencida en la inmediata posguerra, entre 1945 y 1948, (hasta los mismos
inicios de la “guerra fría”): matarla de hambre (Plan Morgenthau). Sería
lógico pensar que la misma actitud de buscar la destrucción total de
Alemania entendida como “enemigo principal” de un Occidente que ya preparaba
la parición del Estado de Israel, existió en los inicios del conflicto:
atenazar y despedazar a Alemania entre un gran mar (Atlántico Norte, Mare
Nostrum del capitalismo) y una estepa infinita (Rusia continental).

Ninguna de las hipótesis convencionales sobre el inicio y el desarrollo de
la “segunda guerra mundial” puede ser al día de hoy suficientemente
fundamentada, excepto acudiendo a argumentos psicologistas de muy escasa
credibilidad (la “locura” de Hitler, por ejemplo). Es muy difícil que tales
factores psicológicos “irracionales” hayan predominado en un país
fundacionalmente racional como Alemania, por sobre instituciones racionales
modélicas como el Estado Mayor Alemán, que tenía muy en claro el peligro del
“segundo frente”, es decir, la trampa mortal de los espacios continentales
coaligados con los espacios marítimos.

En este siglo, el ejemplo más dramático de convergencia germano-rusa se
produce a partir de la terminación de la I GM, cuando en determinados
sectores sociales de la derrotada Alemania se genera una fuerte voluntad de
alianza con la Rusia bolchevique, que perdura fuertemente hasta la llegada
al poder del partido nacional-socialista. La convergencia entre el
“revolucionarismo” ruso y el nacional-conservadurismo alemán es tan lógica
como explicable resulta la ruptura entre bolcheviques y nacionalsocialistas.
Entre estos últimos existía una competencia a vida o muerte sobre modelos
revolucionarios distintos. En Alemania, esa alianza estaba sustentada por
las fuerzas conservadoras y por el Estado Mayor General del Ejército. Ambos
factores alimentaron las nuevas tendencias de Alemania hacia la
continentalidad. Más adelante también los grandes industriales alemanes
sostuvieron esa alianza, mientras que por el lado soviético la doctrina de
Karl Radek tenía también muchos adeptos.

Karl Haushofer, en tanto nacionalista y conservador, ve la necesidad de la
integración continental de Alemania con prolongada anterioridad a la firma
del Acuerdo Ribbentrop/Molotov, del 22 de junio de 1941. Desde su
Zeitschrift für Geopolitik urgía a los gobernantes de su país a concretar
“… una inteligente colaboración con las exigencias espaciales de Rusia,
sea gobernada por los Soviets o por otro régimen… Sería un error fatal de
nuestra parte el interponer una posición ideológica intransigente entre
nuestra seguridad y tal tipo de alianza. Cuanto más desesperada sea su
posición, más razones habrá para que un pueblo piense en términos mundiales
y sin miramientos por equivocados prejuicios raciales”.

La cultura alemana se diferenció de Occidente porque se autoubicó como la
expresión de un mundo específico nórdico-germano. Esa cultura define una
Weltanschauung que nace de “un mundo independiente y libre de influencia de
otros mundos”. Durante un tiempo muchos rusos y alemanes pensaron que habían
caído las vallas entre la Kultur alemana y el nacionalismo ruso de
fundamentos místicos y religiosos. No olvidaron a Dostoyevski, que concebía
al pueblo ruso como “El portador de Dios”. “¿Qué compartirá Alemania con
nosotros? -se pregunta el autor de Demonios-: son los dos grandes pueblos
que están destinados a cambiar la faz del mundo”. El mismo Spengler ve en
Rusia la promesa de una cultura nueva, “mientras las sombras de la noche se
extienden más y más sobre Occidente”. En base a una confluencia con la
cultura rusa, el general Haushofer prepara la estrategia para una revolución
mundial con centro en Alemania.

Las grandes categorías de la diferenciación espiritual alemana, heredera
directa de Grecia, respecto de un Occidente más romano que griego, son el
producto de la obra de Martin Heidegger. Por ello es necesario retornar a
Heidegger para indagar sobre el futuro de Alemania en esta Europa
“Liberada”.

Martin Heidegger

“Sé por la experiencia y la historia humanas que todo lo esencial y grande
sólo ha podido surgir cuando el hombre tenía una patria y estaba arraigado
en una tradición.”

Martin Heidegger a Der Spiegel, el 28 de marzo de 1967

(Entrevista póstuma).

Lo que hoy en día ya nadie discute es la pertenencia del más grande filósofo
de este siglo, Martin Heidegger, al nacionalsocialismo alemán, desde 1933
hasta su muerte en 1967. Entre la derrota alemana de 1945 hasta 1967,
Heidegger recibe presiones terribles, sin embargo no denunció nunca al
nacionalsocialismo ni renunció a su identidad como tal; nunca rompió su
carnet de afiliado. En la famosa entrevista póstuma concedida a Der Spiegel
se revela con nitidez deslumbrante su fidelidad hasta la muerte (hasta su
propia muerte física) a la “grandeza y esplendor de esa puesta en marcha”
(la que inicia el Canciller Adolf Hitler en 1933). Y Aclara: “Yo no veía
entonces otra alternativa”.

Pocos meses después de que Hitler asumiera la Cancillería en Berlín,
Heidegger es elegido rector, por abrumadora mayoría, de la Universidad de
Friburgo. El 27 de mayo de 1933 en el acto solemne de toma de posesión del
cargo, Heidegger pronuncia su famoso discurso La autoafirmación de la
Universidad alemana. Allí plantea ideas “políticas” capitales que estaban en
estado “metafísico” en su obra magna, El Ser y el Tiempo, que había sido
editada en 1927. Heidegger proclama la autonomía de la Universidad alemana
para ponerla al servicio de las necesidades del pueblo alemán. La
investigación alemana no será ya para una abstracta “humanidad”, sino para
la comunidad alemana.

Heidegger presenta su dimisión apenas un año después de haber asumido el
rectorado; ella coincide con el “caso Röhm”, es decir con la liquidación del
sector más radical del nacionalsocialismo. Había una coincidencia
extraordinaria entre el radicalismo filosófico de Heidegger y el radicalismo
(en el sentido alemán que tiene este concepto) político de Ernst Röhm. Lo
que unía a ambos era la similar definición que hacían sobre la naturaleza
del socialismo alemán, entendido como comunidad del pueblo. Cuando Röhm es
asesinado, el filósofo se “exilia” en su cátedra. Pero nunca “rompe con el
régimen”, como dijeron algunas almas caritativas que siempre quisieron
“reintegrar” a Heidegger a una civilización, la que se instaura en Europa a
partir de la “Liberación”, que él calificaba de destructiva. A partir de la
“Liberación”, el mundo europeo se corrompe hasta el tuétano: “Sólo un dios
puede aún salvarnos”. Estamos en un mundo en el cual todo aparentemente
funciona, en su aspecto técnico: “Esto es precisamente lo inhóspito. Que
todo funciona y que tal funcionamiento lleva siempre a más funcionamiento y
que la técnica arranca al hombre de la tierra cada vez más y lo desarraiga”.

Entre 1934 y 1945 sólo miró con desprecio a ideólogos que, como Rosenberg,
fueron “menores” y sobre todo “oportunistas”. El nacionalsocialismo había
perdido la oportunidad de disponer de un Führer del Ser alemán. Tampoco ya
se discute la “convergencia” entre la metafísica de Heidegger y la
emergencia del nacionalsocialismo. Aunque en mi opinión hay algo más
importante que una simple convergencia. Sein und Zeit (El Ser y el Tiempo),
como ya vimos, tuvo una primera edición en Tübingen en 1927. Desde esa obra
primera y fundacional de la metafísica heideggeriana hasta las últimas ideas
del filósofo expresadas post mortem, existe un principio de continuidad
absoluta. Eso en primer lugar. En segundo lugar, ninguno de los grandes
principios culturales que enarbola el nacional-socialismo quedan fuera de la
metafísica alemana que expresa Sein und Zeit.

En 1991 uno de los principales estudiosos de la obra y de la vida de Martin
Heidegger, Víctor Farias, editó en España, como documento bilingüe, un
trabajo esencial para la comprensión del pensamiento heideggeriano y, sobre
todo, para descubrir la conexión de ese pensamiento con la realidad política
alemana de aquel momento: Lógica. Lecciones de M. Heidegger (semestre verano
1934) en el legado de Helene Weiss, (Anthropos-Ministerio de Educación y
Ciencia, Madrid, 1991). Esta “Lógica” de Heidegger es una gran
fundamentación de principios e ideas que el nacionalsocialismo “oficial” fue
finalmente incapaz de desarrollar con tan extraordinaria coherencia. Entre
el nacionalsocialismo “oficial”, que el propio Heidegger denominaba
“vulgar”, y la visión del Ser alemán expresada por Heidegger, hay un mundo
de distancia, pero en una misma dirección de pensamiento. La comparación con
las reflexiones heideggerianas de algunos escritos que fueron decisivos en
la historia del pensamiento nacionalsocialista alemán, comenzando por Mein
Kampf, muestra grandes diferencias. El pensamiento “oficial”
nacionalsocialista hoy se nos aparece como primitivo y realmente “vulgar”.
Sin duda se trata de un pensamiento menor, comparativamente hablando. En ese
sentido es posible afirmar que Heidegger es la expresión mayor del
socialismo alemán, entendido como comunidad del pueblo; mientras que el
nacionalsocialismo, en cuanto a historia de pensamiento se refiere, quedará
relegado a una oscura instancia secundaria. En ese preciso sentido Heidegger
se “distanció del régimen” en 1934 ¿No sería mejor afirmar que “el régimen”
se distanció de Heidegger?

Lo que podríamos llamar el ideario alemán está mucho mejor representado en
Heidegger que en cualquiera de los escritos de cualquier ideólogo “oficial”
nacionalsocialista. Por lo tanto la “fidelidad” de Heidegger al
nacionalsocialismo, es en realidad fidelidad a sí mismo, fidelidad al Ser
alemán, que nadie expresó mejor que el propio Heidegger. Hay en su
pensamiento una certidumbre radical sobre la superioridad espiritual
alemana. Alemania no es una “sociedad”, un contrato entre individuos
aislados (esa nefasta herencia del Iluminismo objetivado en la Revolución
Francesa), sino un “pueblo”, una comunidad de destino impuesta no sólo por
la voluntad humana, sino sobre todo por la evolución del Ser alemán. En
tanto comunidad de destino, la idea del Führerpinzip es esencial para
hacerse cargo de la propia existencia nacional.

En ese sentido, volver hoy a Heidegger, después de analizar el
comportamiento político del judaísmo a partir de la creación del Estado de
Israel, después de saber que el “Holocausto” no es sino sólo un Mito que
encierra una extraordinaria capacidad de destrucción, después de habernos
sustraído, en suma, a la idea de que había existido un “mal absoluto” en la
historia (Alemania), lo que conllevaba la absurda suposición de que, como
contrapartida, también había existido el “bien absoluto” (la revolución rusa
y el socialismo internacional); volver hoy a Heidegger para reencontrarnos
con una Alemania “liberada” que se encuentra, una vez más, en estado aún
virtual, no significa reivindicar al nacionalsocialismo como proyecto de
futuro. Significa, sí, acercarnos a su conocimiento histórico sin que ningún
demonio se interponga entre el sujeto y el objeto, como dirían Kant y
Habermas, perdonando la comparación.

Un Estado terrorista “hacia afuera”

“Decididamente, se debe entender que los israelíes… se pondrán de espaldas
a la pared y lucharán -con todos los considerables medios a su disposición-
si perciben una amenaza intolerable para su seguridad. En el mejor de los
casos, los restos radiactivos quedarán en Líbano, en Siria, o en ambos
países”

Moshe Sharett, Diario, 8 Vols., 1980.

 En los capítulos correspondientes de este trabajo hemos visto que la
estrategia del lobby judío-norteamericano y de la judería internacional, en
relación a los atentados de Buenos Aires, estuvo orientada a acusar a los
supuestos responsables de los mismos a partir de los enemigos del Estado de
Israel, y no en función de la culpabilidad real a partir de pruebas
jurídicas claras y sustentables. Ello significa que estamos en presencia,
una vez más, de la estrategia de sustitución y falsificación de la realidad.
La “realidad” ha quedado reducida a un simple deseo-necesidad del Estado
judío. Como esos enemigos de Israel están todos ubicados en el mundo
árabe-musulmán, es decir en la periferia mediata o inmediata del Estado
judío, se hace necesario, para darle una continuidad lógica al conjunto de
este estudio, analizar algunos de los rasgos sobresalientes de ese espacio
geopolítico, partiendo de la percepción que el propio Estado de Israel
mantiene respecto de su entorno geográfico, cultural y religioso.

Por definición el Estado de Israel es un Estado terrorista, no sólo “hacia
adentro”, según hemos visto en la Introducción de este trabajo, sino también
“hacia afuera”.

Muchas veces los acontecimientos recientes nos hacen olvidar la historia o
los orígenes del fenómeno que estamos estudiando. Las acciones de terrorismo
emprendidas en los últimos tiempos por el Estado de Israel contra otros
Estados, forman parte en realidad de la naturaleza del Estado judío, y no de
coyunturas más o menos pasajeras.

La lectura de los 8 volúmenes del Diario (2) de Moshe Sharett, uno de los
principales dirigentes fundadores del movimiento sionista, una de las
primeras “palomas” del sionismo, tiene la virtud de darle al fenómeno del
terrorismo de Estado israelí una dimensión histórica de muy largo plazo. A
lo largo de toda su historia el ejército y los servicios de inteligencia del
Estado judío han organizado “operaciones de aniquilación” y acciones
terroristas de todo tipo, dentro de casi todos los países, incluidos los
europeos. La soberanía de los “otros” Estados nunca fue un problema para los
agentes secretos del “pueblo elegido”.

La extrema importancia que presenta a los ojos de un investigador este
Diario de Moshe Sharett es que se trata de las “memorias secretas” de una
“paloma”, que cuando se entera que un grupo de comandos israelíes prepara
una acción punitiva contra Jordania, protesta en voz baja y sin salirse de
los estrechos ámbitos del gabinete ministerial.

En octubre de 1953 un grupo armado israelí asesinó a 66 aldeanos árabes en
Qibya, Jordania. Mientras una parte del grupo comando dinamitaba las casas
habitadas, la otra ametrallaba sus puertas para impedir que sus ocupantes
árabes huyeran. Sharett se encuentra ante el dilema típico de la paloma:
ansioso por condenar la atrocidad, no se decide a acusar de ese acto al
verdadero culpable: el ejército israelí. Escribe en su Diario:

Condené el asunto Qibya, que nos ha expuesto frente a todo el mundo como una
pandilla sanguinaria capaz del asesinato masivo y a la que no le importa que
sus acciones puedan conducir a la guerra… Ben Gurión insistió en excluir
del comunicado oficial toda mención a la responsabilidad del ejército…

Lentamente Sharett va comprendiendo que esos actos de terrorismo basados en
acciones de destrucción sobre los países árabes vecinos, eran en realidad
operaciones perfectamente planificados por un estado mayor, civil y militar,
que las concebía como la mejor forma de generar un estado de guerra
permanente con los vecinos árabes de Israel. El mantenimiento de ese estado
de guerra permanente había sido visto por ese estado mayor como la mejor
forma de asegurar la expansión de las fronteras del Estado de Israel, al
mismo tiempo que sus palomas clamaban ante el mundo la desprotección de un
pequeño grupo de judíos rodeados por masas de árabes hostiles.

Comienzan así, desde muy temprano, los llamados “incidentes autoprovocados”.
Todas las acciones de represalias tomadas por Israel contra acciones del
“terrorismo árabe” tenían por objeto la realización final de la expansión
territorial. Ello le hace pensar a Sharett -y así lo consigna en su diario-
que ese “terrorismo árabe” en muchos casos no fue más que provocaciones
organizadas por el mismo ejército israelí.

El 14/4/54 anota en su Diario:

Existe un plan israelí de represalias que será puesto en práctica con un
programa establecido: su objetivo es lograr una firme escalada de la tensión
en el área, para producir una guerra…

El 5/3/55 después de informarse sobre una acción de “represalia” del
ejército en territorio jordano, en la que mueren degollados cinco beduinos,
escribe:

Esto se tomará como prueba concluyente de que hemos decidido pasar a una
ofensiva sanguinaria general en todos los frentes: ayer Gaza, hoy Jordania,
mañana Siria, etc. Pediré al gabinete que a los asesinos se los juzque como
a criminales… El fenómeno que ha prevalecido en nosotros por años y años
es el de la insensibilidad a las malas acciones, a la corrupción moral…
Para nosotros una mala acción en sí misma no es nada serio; sólo despertamos
a ella si está relacionada con una crisis o una consecuencia grave: la
pérdida de una posición, la pérdida de poder o de influencia. No tenemos un
enfoque moral de los problemas morales… Una vez, los soldados israelíes
asesinaron a un grupo de árabes por razones de venganza ciega… la
conclusión es que la sangre de los árabes se puede derramar libremente…
Todo esto altera el sentido de justicia y de honestidad, hace que el Estado
(de Israel) aparezca ante los ojos del mundo como un Estado salvaje que no
reconoce los principios de justicia tal como han sido establecidos y
aceptados por la sociedad contemporánea.

En el mes de julio de 1954 la inteligencia militar israelí da comienzo a una
campaña de sabotajes en Egipto con el objetivo de crear el caos en esa
sociedad y preparar la invasión militar a la zona del canal. Los comandos
estaban formados por judíos egipcios dirigidos por oficiales de la
inteligencia militar de Israel. Los atentados debían tener como objetivos
instalaciones occidentales en Egipto, y debían dar la impresión de que
existía un terrorismo árabe tan fuerte como para provocar la intervención
occidental en ese país.

Entre el 2 y el 27 de julio de 1954, mientras se realizaban las
negociaciones entre El Cairo y Londres sobre la zona del Canal, centros
culturales ingleses, edificios públicos egipcios, oficinas norteamericanas y
otras instalaciones occidentales fueron objeto de atentados con bombas, al
mismo tiempo que las sospechas sobre los autores se desviaban hacia la
Hermandad Musulmana.

Sharett, sabiendo lo que sucedía, escribe en su Diario el 14/1/55:

Nunca hubiese imaginado que podríamos llegar a un estado tan terrible de
relaciones envenenadas, el desencadenamiento de los más bajos instintos de
odio y venganza y de engaño mutuo… Doy vueltas como un loco, horrorizado y
perdido, completamente impotente… ¿Qué debo hacer? ¿Qué debo hacer…?

El 25/1/55 vuelve a escribir:

Dayan desea secuestrar aviones y raptar oficiales árabes en los trenes,
desea mano libre para asesinar al presidente sirio. Lavon sugirió la
ocupación de la franja de Gaza… Suya es la doctrina de que las potencias
occidentales son nuestro principal enemigo y que el único modo de
disuadirlas es por acciones directas que las aterroricen… Peres comparte
la misma ideología; desea atemorizar a Occidente para que apoye los
objetivos de Israel..

Mientras el Egipto de Nasser solicitaba conversaciones de paz a través de
delegados norteamericanos, los israelíes preparan la guerra de anexión.

Nota del Diario correspondiente al 27/2/55:

Ben Gurión llegó a mi oficina acompañado por el jefe de estado mayor que
tenía las manos ocupadas con mapas enrrollados… Propuso atacar una base
del ejército egipcio a la entrada de la ciudad de Gaza… Instruí a las
embajadas que trabajaran para condenar a Egipto y no para defenderlo…
Ahora se tendrá la impresión general de que mientras nos lamentamos por
nuestro aislamiento y los peligros para nuestra seguridad, en realidad somos
agresores sanguinarios que aspiramos a perpetrar masacres masivas…

En efecto, ese ataque de “legítima defensa” de Israel a Egipto en Gaza
enfría la política de Nasser de acercamiento para firmar un acuerdo de paz
con Israel.

Toda la memoria de Sharett es una repetición de lo mismo, en todos los
frentes durante la época en que le tocó actuar: el terrorismo de Estado
practicado por ese país estuvo siempre orientado a la expansión territorial
y a lograr condiciones abrumadoras de superioridad para establecer niveles
de “seguridad” totalmente desproporcionados respecto de la seguridad de los
países árabes.

Durante toda su vida, Moshe Sharett -una “paloma” sionista- había supuesto
que la supervivencia de Israel sería imposible sin el apoyo de Occidente,
pero que la “moralidad” occidental nunca le permitiría apoyar al Estado
judío “que se comporta de acuerdo a las leyes de la jungla” y “eleva el
terrorismo al nivel de un principio sagrado”. Al prominente líder del Mapai,
David Hacohen, que se declaró convencido de que los israelíes “debían
comportarse en Medio Oriente como si fuesen locos” para aterrorizar a los
árabes y chantajear a Occidente, le contestó: Si nos comportamos como locos
seremos tratados como tales: se nos internará en un manicomio y se nos
aislará del mundo.

Moshe Sharett estaba equivocado: la moral occidental fue la exacta medida de
la moral israelí. El terrorismo de Estado isarelí es una de las constantes
aceptadas de la política internacional en estos tiempos del “nuevo orden
mundial”.

Una visión regional de los problemas que presenta el Estado judío

El cuadro de situación que presenta la región del Mediterráneo Oriental y su
espacio contiguo del Asia Central hacia fines del año de 1997, se ha
modificado positivamente en el último año. Vamos a señalar sólo cuatro de
los muchos factores que produjeron esta modificación, y que serán
desarrollados en un libro de próxima aparición: Geopolítica del conflicto en
el Mediterráneo oriental y el Asia central.

El nacimiento y el desarrollo de la alianza sirio-iraní.

La cuestión turca.

Las consecuencias de la VIII Conferencia Islámica de Teherán.

La profundización de la crisis intra-judía.

Cada uno de los factores antes mencionados está dentro del cuadro de
situación de la geopolítica global, que es el amplio escenario dentro del
cual esos factores actúan. Dentro de él deben ser analizados.

El proyecto de globalizar al mundo, esto es, de unificarlo bajo el mando de
un grupo muy pequeño de organizaciones de poder -económicas, políticas,
militares y religiosas- no es, naturalmente, una empresa fácil.

En esta etapa poscomunista el capitalismo emergente se propuso lograr un
mundo indiferenciado, donde todos consumamos lo mismo, donde todos pensemos
lo mismo y donde todos nos convirtamos en chips intercambiables de una
enorme maquinaria dirigida por un “Estado Mundial” que emite las órdenes,
incluidos los premios y los castigos.

Hoy vemos que ese proyecto es resistido en todas partes, bajo innumerables
formas y con diferentes alternativas de futuro. Pero en todo caso las
fracturas del proyecto globalizador son cada día más manifiestas. Los
pueblos, las naciones y las culturas diversas que integran este mundo
diverso por naturaleza lo rechazan, cada uno a su manera, pero lo rechazan.

El conflicto que desde la última posguerra mundial se ha instalado en
Palestina, con crecientes influencias en todo el Mediterráneo oriental y una
gran parte del Asia central, es un conflicto que, desde la caída del
comunismo o, lo que es lo mismo, desde el fin del “orden bipolar”, se
encuadra también dentro de la crisis del proyecto del “mundo global”. Dentro
de ella debe ser analizado.

Pero en esta región del mundo el conflicto que se inicia con la “partición
de Palestina” en 1947 adquiere ahora dimensiones trascendentes. Ya no es un
conflicto más entre pueblos que luchan por su identidad contra la tiranía
del mundo global. Ese viejo conflicto instalado por la victoriosa alianza
antialemana de posguerra en el Mundo Antiguo, pretendió destruir la región
del planeta en donde se originó lo que hoy se llama “civilización”, en donde
emergió lo que hoy se llama “monoteísmo religioso”, en cualquiera de sus
múltiples dimensiones.

Es por ello que ese conflicto instalado en esa región por una extraña
cooperación entre Estados capitalistas y Estados “socialistas” constituye
hoy la representación de todos los conflictos, de todas las luchas de los
pueblos contra la tiranía del “mundo globalizado”.

Esto quiere decir que lo que se plantea en Oriente Medio y sus zonas
contiguas no es una simple lucha política y económica entre facciones en
pugna. Es el núcleo de un conflicto global, porque en esa lucha están
involucradas religiones, culturas y sistemas económicos que abarcan al mundo
entero.

Ningún habitante del planeta tierra puede ser hoy indiferente a los
resultados de este conflicto, que hace mucho tiempo ya ha trascendido su
vieja denominación “árabe-israelí”, entendido como una mera lucha
anticolonial.

Tampoco es el comienzo de una pronosticada guerra futura entre “Oriente” y
“Occidente”. Es el núcleo de un conflicto cuyo resultado determinará quién
dominará el mundo en los próximos siglos: si un grupo de empresas globales
ideologizadas por una religión mesiánica y apocalíptica, o los pueblos
libremente agrupados en naciones culturales y opciones religiosas libremente
elegidas.

Lo que está en juego en Palestina y zonas contiguas es cómo vamos a vivir en
el futuro: como personas y comunidades libres y, sobre todo, identificadas;
o si, por lo contrario, tendremos que vivir como esclavos anónimos de un
modelo económico, cultural y religioso único, aplicado a todos por igual en
cada punto del planeta.

Es por ello que el conflicto en el Mediterráneo oriental y el Asia central
tiene en estos momentos dimensiones de las que careció en su inicio. Y la
más importante de ellas es la dimensión religiosa. Ya sabemos que no podemos
seguir hablando de los judíos como simples “sionistas”. Ellos ya se han
identificado ante el mundo como miembros de un grupo mesiánico dominador a
escala global, y como propietarios exclusivos de una “teología revelada” a
la que sólo tienen acceso los “elegidos”. El llamado mundo occidental está
siendo impulsado a involucrarse en el conflicto del Oriente Medio a partir
de motivaciones religiosas, a partir de la falsa imagen de que este mundo
-Occidente- es un mundo judeo-cristiano. Cuando en rigor de verdad no existe
nada más opuesto al judaísmo que el cristianismo.

En estas últimas Navidades de 1997 el Papa Romano dio un nuevo paso en la
dirección de subordinar a la Iglesia Católica a la hegemonía teológica del
judaísmo mesiánico y apocalíptico: “Israel, el pueblo elegido de Dios del
Antiguo Testamento, fue elegido para traer al mundo al Mesías, el Salvador y
redentor de toda la humanidad”.

Son millones las personas en Occidente que ven con creciente preocupación
cómo el catolicismo institucional se subordina progresivamente a la
confluencia judío-evangélica (protestante), que es la ideología imperial de
la potencia hegemónica. Hasta ahora en Europa y en Hispanoamérica se ha
subestimado al mundo católico no institucionalizado, o se ha presupuesto,
según las orientaciones ideológicas de la posmodernidad, que el mismo forma
parte automática de lo que el Iluminismo llamó “reacción”.

Sin embargo, el católico no institucional es un “revolucionario natural”,
porque su conciencia es una conciencia desgarrada. Desde esa conciencia
desgarrada, desde ese mundo pre-revolucionario puede surgir ahora una
cultura resistente en Occidente, ante esta victoria provisional del
neoliberalismo. La Teología y la Profecía católica original visionaron la
nueva forma que hoy adopta, provisionalmente, la historia: su forma
homogénea universal. Es el tiempo del Anticristo: “El Anticristo usurpará
simplemente este ideal de unidad del género humano en la institución
perversa del Imperio Universal”.

En el capítulo 5 de este libro hemos visto cómo sobre la falsa imagen de la
Historia Negra de España se edifica la apoyatura de un Mito Destructor cinco
siglos después. Estamos pues no ante la historia, sino ante una teología de
la historia. Las imágenes ocupan el lugar de los procesos reales, y la
ciencia es reemplazada por la mitología. La Imagen Negra de España y Mito de
la inhumanidad germánica están en el subsuelo cultural de la destrucción de
Europa. De una destrucción aceptada con tal de producir reconocimiento de
cara a la perversa institución del Imperio Universal que se pretende
edificar en base a la “ideología” judeo-cristiana.

El conflicto que hoy tiene por escenario al Mundo Antiguo, a la matriz
cultural de Occidente, a la fuerza civilizatoria majestuosa que originó al
actual mundo occidental, es el núcleo de una lucha global entre dos
escenarios de futuro distintos y excluyentes. Ese es el nivel hasta donde
hoy ha llegado ese conflicto dentro de este “mundo global”.

Si aceptamos que ese es el nivel y la naturaleza del conflicto, estaremos en
condiciones de comprender a las luchas tribales que aún se suceden dentro
del propio mundo árabe y musulmán como el aspecto más negativo e
intrínsecamente perverso de todos los datos que emergen en la región, y en
todos los países donde residan árabes que se consideren entre sí tribalmente
distintos.

Advertidos, entonces, sobre lo que allí se juega, veamos rápidamente la
evolución de los cuatro factores regionales antes señalados, dejando para un
próximo libro (Geopolítica del conflicto en el Mediterráneo oriental y el
Asia central) el análisis más a fondo de cada uno de los mismos.

La alianza sirio-iraní. Se está constituyendo en el hecho
principal que incita al reacomodamiento de la geopolítica
regional. A partir de esa alianza la totalidad del mundo
árabe-musulmán se está alineando de otra manera. Es tan importante
esta alianza sirio-iraní que el Jerusalem Post, a fines de
diciembre de 1997, acusó a la embajada de Irán en Damasco de ser
la responsable del atentado terrorista de Luxor. Con ello se
pretende, naturalmente, crear fisuras en el proceso de
acercamiento entre los países árabes e Irán, en general, y entre
Egipto e Irán, en particular. La alianza sirio-iraní incluye la
existencia del movimiento de resistencia nacional libanés
Hezbollah, quien a lo largo de este año de 1997 ha obtenido
brillantes victorias militares contra el ejército judío,
demostrando, una vez más, la primacía de la voluntad humana por
sobre las simples manipulaciones tecnológicas, las llamadas
“ingenierías sociales”, o las apelaciones abstractas a la “unidad
del mundo árabe”.

Europa versus Turquía. El rechazo europeo a la integración de
Turquía a la UE intensifica las fracturas internas de la sociedad
turca. La opción laicismo oficial versus islamización popular
continúa siendo la contradicción principal en el extremo oriental
del Mediterráneo. La respuesta del presidente Mubarak a la
provocación lanzada por el Jerusalem Post ha sido la de advertir
al gobierno turco sobre la peligrosidad de su alianza militar con
el Estado judío. Al mismo tiempo el gobierno sirio abre el
gasoducto iraquí, lo que provocará la integración de Irak y un
reforzamiento de un bloque árabe-musulmán que puede adquirir
proporciones nunca vistas si nos vamos acercando hacia la región
del Golfo.

Irán como eje referencial de la unidad árabe-musulmana. La VIII
Conferencia Islámica de Teherán se ha constituido en el hecho
geopolítico principal de la región. Por primer vez queda
clarificado el hecho de que el fundamento del llamado conflicto
árabe-israelí es una guerra religiosa y también una opción
estratégica, y no una mera confrontación sociopolítica entre
potencias coloniales y sociedades colonizadas. Personalmente
pienso que sería un error interpretar la actual posición del
presidente de Irán como un gorbachovismo trasnochado. Dadas
determinadas condiciones, la apertura de un diálogo como el
propuesto por el presidente Jatamí puede socavar sustancialmente
la posición de hegemonía estratégica que actualmente mantiene el
Estado judío en la región. En todo caso sigue resultando vital el
mantenimiento de un “equilibrio de poder” dentro de la propia
República Islámica. “El diálogo y las negociaciones con Estados
Unidos atentan contra los intereses de Irán y del mundo islámico”,
contrapuso el Guía de la Revolución, Ayatolá Alí Jamenei (17 de
enero de 1998). Si ese equilibrio de poder se rompe, entonces sí
podríamos pensar que la revolución islámica ha entrado en su tramo
final entrópico.

La crisis intrajudía. En forma paralela a lo ya dicho en los
puntos anteriores, se intensifica la confrontación interna de la
sociedad israelí, y de los sectores fundamentalistas de esta
sociedad con los grupos “liberales” del lobby
judío-norteamericano. Este es un hecho cuyo estudio yo inicié en
libros anteriores, a partir de hechos concretos como el de los
atentados terroristas de Buenos Aires, y que hoy es reconocido por
muchos analistas como el verdadero centro de gravedad de todo el
sistema geopolítico del Mediterráneo oriental y del Asia central.

***

 EL ISLAM, LOS JUDÍOS Y OCCIDENTE (3)

 “No es paz aquella paz que entró en nosotros como un puñal”

Nizar Qabbani

Los crímenes genético-religiosos o el hiper-mito del terrorismo islámico

 Ahora en Occidente sabemos muy bien lo que es el mal super-absoluto. Al mal
absoluto ya lo conocíamos: era esa vieja estupidez de los “crímenes contra
la humanidad” cometidos sobre todo por la malvada Alemania. Aquello fue una
nadería, un simple pre-calentamiento morboso de la “humanidad” no judía, en
su loca carrera hacia la Perversidad Total. Ahora, y gracias a los
sobrevivientes de los “nuevos filósofos” judíos franceses, sabemos lo que es
el “crimen contra el género humano”. La destrucción de Genos. Algo mucho más
grave que la anticuada destrucción de Ethnos, practicada por los germanos,
esa etnia antropológicamente diferente. Y también sabemos, por supuesto, que
el “crimen contra el género humano” es un elemento consustancial del Islam.

En Un crimen contra el género humano (Fuente: El País Digital del 2 de
febrero de 1998, Nº 640, y un extenso número de publicaciones en todo
Occidente, en todos los idiomas y al mismo tiempo, casualmente), el judío
alsaciano André Glucksmann, antiguo teórico de la guerra de liberación
campesino-maoísta, nos informa que la relación entre Islamismo y terrorismo
religioso representa una lógica esencial. Glucksmann lleva hasta el límite
el nuevo Hiper-Mito del terrorismo islámico argelino. “Para inmolar niños en
serie hace falta una fuerza de convicción poco común. El cuchillo del
asesino es un cuchillo de ritual. Su crimen es una `ofrenda a Dios’ y le
`acerca al paraíso’ El terrorismo Islámico golpea cada vez más, a
cualquiera, en cualquier sitio, en cualquier momento. Es teológico. Jura que
purifica constantemente a la sociedad en su conjunto.”

Muchos ingenuos habían creído que en la construcción del Mito del
“Holocausto” se había llegado a definir al “mal absoluto”. Nada de eso.
Ahora sabemos que existe un mal absoluto-mucho-más-absoluto, un mal absoluto
elevado a la enésima potencia. Ya sabemos cómo se llama: crimen contra el
género humano, y quién lo produce: el Islam: “Al clavar a la pequeña víctima
sobre la puerta de su casa familiar, el asesino arroja a la faz del mundo la
Buena Nueva que le excita: los tabúes más universales quedan anulados. No se
mantiene ninguna prohibición, ni la del sexo, cuando el hermano entrega a su
hermana al emir, y después a la tropa, ni la de la sangre, cuando regresa a
su pueblo para purificarlo masacrando a sus parientes. La prohibición del
incesto y la prohibición de la violencia sin límites son los dos vetos de
valor universal que estructuran cualquier comunidad humana. Al rechazar uno
y la otra, el terrorismo Islámico se eleva por encima de la humanidad, `hace
de Dios’ y cae en la más espantosa inhumanidad”.

Ahora ya sabemos con toda exactitud quién es el enemigo, el oponente de esta
guerra “intercivilizaciones”. Pero ese enemigo no es el enemigo de
Occidente. Es el enemigo del cáncer judío que agota a Occidente. El judaísmo
ha terminado de definir, bajo su responsabilidad, al “enemigo de Occidente”,
con la complicidad de Occidente. Otro “nuevo filósofo” judío-francés,
Bernard-Henry Levy cita nada menos que a Albert Camus: “Nombrar mal las
cosas es agravar la desgracia del mundo”. Hay que recordar esta frase, dice
Henry Levy, “a los que se niegan a darle a las matanzas de Argelia su
nombre: matanzas islamistas, cometidas en nombre del Islam, y que, sin
cuestionar el Corán, siguen siendo ininteligibles, si se las separa de este
horizonte ideológico-político para comprender sus orígenes” (“Democracia
Directa”, El Mundo, Madrid, 8 de febrero de 1998). De pronto el judío Levy
deja Argelia y pasa a ocuparse de Francia, se lleva las manos a la cabeza y
exclama: “¿Qué hacer ante Jean-Marie Le Pen? El Frente Nacional asegura
ser `republicano’. ¡Craso error! Es un partido que, por sus ideas y por sus
hombres, hunde sus raíces en el humus del doriotismo, es decir, de nuestro
fascismo local. El Frente Nacional dice ser `ante todo francés’. ¡Impostura!
Es un partido que, en todas las crisis mediáticas en las que su país se
encuentra implicado, toma sistemáticamente partido por el adversario: el FIS
en Argelia, Sadam Husein en Irak, los flamencos anti-franceses en Bélgica,
etcétera”. Querido lector, en este punto debo confesarle que yo también
estoy con los “adversarios de Francia”, según Levy, por lo menos con Sadam y
con el FIS, para mencionar sólo lo mencionado. Cuando Levy habla de
“doriotismo” se está refiriendo a uno de los líderes más capaces de la
Francia de este siglo: Jacques Doriot, francés y patriota.

 La crisis de la secularización

El núcleo de la crisis del mundo cristiano-occidental está localizado en su
securalización, es decir, en un avance ya casi irreversible de la “erosión
de la Fe”. El mundo cristiano-occidental ha perdido la Fe, y a partir de
allí surgen las políticas sin el hombre (o a partir de un hombre des-almado
o des-espiritualizado, que es lo mismo): surge el “crecimiento económico” al
margen de las necesidades humanas, surge un “mundo virtual” que promete
goces sin límites al margen de los sufrimientos reales del mundo real.
Surge, en definitiva, lo que es hoy la cultura occidental: un hecho
aberrante que se mantiene en base a una posición de fuerza material,
exclusivamente.

Asimismo, la influencia judía sobre Occidente produce una evidente
distorsión sobre su percepción en torno a lo que ocurre en el mundo árabe y
musulmán. A partir de su extraordinaria influencia lograda con el control de
los sistemas informativos occidentales (prensa, radio, televisión, cine,
editoriales, etc.), el judaísmo distorsiona la visión de Occidente, que es
impulsado a pensar que los movimientos islámicos practican la “violencia
terrorista” y no son más que “residuos del pasado” dentro de un “nuevo orden
mundial”. La política europea sobre el mundo árabe y musulmán está
particularmente afectada por esa distorsión lograda por la creciente
influencia del judaísmo sobre Occidente. Es por ello que en estos momentos
es tan importante clarificar la posición del Islam en Occidente como
reforzar la propia historia y cultura occidental contra la influencia judía.
Occidente y judaísmo no son la misma cosa. Por el contrario, durante largos
períodos históricos fueron realidades antagónicas.

Cuando hablamos de diálogo entre el Islam y Occidente nunca debemos olvidar
que ambos mundos, el cristiano-occidental y el islámico-oriental, sufren en
estos momentos crisis importantes. La ventaja del mundo islámico-oriental es
que su cultura -a pesar de haber pasado y de estar pasando por gravísimas
crisis- no ha perdido el enorme valor humano de la religiosidad. La cultura
islámica no se ha secularizado y ese hecho permite planificar una
resistencia política y militar ante el hegemonismo occidental, cuya
vanguardia es indudablemente el Estado de Israel y su ideología de Estado
oficial: el nacional-judaísmo.

No olvidemos en ningún momento que estamos hablando de la existencia de un
cáncer en el interior del mundo islámico que se llama Estado de Israel. Esa
realidad geopolítica, ideológica y religiosa lleva al límite, casi al
paroxismo, la crisis de la cultura árabe-secular que se inicia con el
triunfo de la modernidad en Occidente. La modernidad occidental se
manifiesta como superioridad respecto de Oriente en todos los campos, desde
la tecnología militar hasta las doctrinas políticas. Esa superioridad, que
luego se transforma en hegemonía, se inicia con el fracaso del ejército
musulmán otomano ante las puertas de Viena, en 1683.

Es indudable que la actual guerra entre el mundo musulmán y el Estado de
Israel es una guerra de supervivencia, es decir, una guerra religiosa. Quien
caiga derrotado en esta guerra sucumbirá durante un muy largo período
histórico. Esta realidad realza la importancia de la religión en tanto
ideología, en general; y del Islam, en tanto ideología resistente no
secularizada, en particular, frente a un judaísmo instrumentalizado en
función política y estratégica por el Estado de Israel y por los Estados
Unidos de Norteamérica.

Pero otro proceso se desarrolla en paralelo. Desde hace casi tres décadas el
judaísmo trata de absorber teológicamente al cristianismo y, en especial, al
catolicismo. Él trata de convertirse en la ideología hegemónica del mundo
occidental. En ese sentido, el mundo occidental ya no es
“evangélico-católico”, sino judeo-cristiano. El deterioro que produjo la
secularización del cristianismo -tanto en su versión evangélica
(protestante, o luterano-calvinista) como en su versión romano-católica, no
fue un fenómeno ajeno a esta progresiva hegemonía ideológica que el judaísmo
está alcanzando en Occidente.

Así, mientras el mundo islámico mantiene una guerra de religión defensiva
contra las agresiones de la interpretación imperialista del judaísmo, que
hoy hace la dirigencia judía en Oriente Medio y en el resto del mundo
occidental, esa misma dirigencia judía pretende y avanza hacia la hegemonía
religiosa e ideológica en el seno del propio Occidente.

Pero además hay otro factor que incide sobre el mundo árabe-musulmán. Es la
corriente del progresismo laico europeo que sostiene que los graves
problemas que hoy debe afrontar esa región del mundo no encontrarán
soluciones mientras esas sociedades, las árabe-musulmanas, no adopten
sistemas políticos democráticos. Los principales ideólogos de esa corriente
del orientalismo europeo ignoran -o fingen ignorar- que la crisis de la
democracia entendida como sistema de representación política, es uno de los
núcleos de la decadencia cultural del Occidente como un todo, en los tiempos
actuales. ¿Cuál es la lógica subyacente de esta intención de “exportar” un
sistema que ya está en crisis irreversible allí mismo donde nació?

Criticar esa exportación no significa negar el hecho de que las sociedades
árabe-musulmanas carecen de espacios individuales de libertad. Es indudable
que la práctica inexistencia de lo que en Occidente se llama “sociedad
civil” es uno de los máximos escollos ante los que la historia parece
tropezar en los tiempos actuales, en esa región del mundo.

Es necesario crear y/o desarrollar esos espacios de libertad en los planos
individual, familiar y social. Pero sería una catástrofe traducir “espacios
de libertad” para el mundo árabe y musulmán en términos neoliberales de
cultura occidental. Ni siquiera en Occidente, hoy, la “libertad” es sinónimo
de “democracia”. Sino más bien todo lo contrario.

Tenemos planteado, entonces, los elementos básicos, aislados como simple
operación de laboratorio, que integran un cuadro de situación extremadamente
complejo: la situación religiosa, política, cultural y militar que vive el
mundo árabe y musulmán dentro de un planeta en avanzado proceso de
globalización económica.

Primer elemento. En el interior de ese espacio (empleamos la palabra
“espacio” en su estricta significación geopolítica) árabe y musulmán se vive
una crisis de tanta gravedad que si no se la soluciona en plazos históricos
razonables entrará en una curva de decadencia irreversible.

Segundo elemento. El cristianismo (cultura) occidental está en una fase de
alto deterioro secular, lo que posibilita la estrategia del judaísmo -en su
versión actual de nacional-judaísmo, es decir, de imperialismo teológico y
racista- tendente a apropiarse de esa cultura. En definitiva esa estrategia
está orientada a transformar la cultura cristiano-occidental en cultura
judeo-cristiana-occidental. En Occidente existe asimismo una relación cada
vez más estrecha entre el neoliberalismo globalizante y la
instrumentalización imperialista del judaísmo, lo que pervierte a la casi
totalidad de los “grandes” valores occidentales, como por ejemplo, la idea
de “democracia”.

Tercer elemento. La guerra defensiva que el mundo árabe y musulmán tiene
planteada ante el Estado de Israel, es cada día más una guerra de religión,
como lo fueron todas las grandes guerras de la historia. Estamos hablando,
sobre todo, de interpretaciones revolucionarias del Islam, como el chiísmo.
A todo lo largo de la historia musulmana surgieron sistemas intelectuales
contradictorios entre sí. Algunos fueron elaborados para legitimar el poder
establecido; otros, para combatir ese poder. Sería deseable que en la
actualidad pueda lograrse una convergencia cada día más intensa entre los
distintos sistemas intelectuales dentro del Islam.

Cuarto elemento. El Islam aparece en el escenario internacional cada vez más
en su exacta dimensión original: no sólo como religión sino como ley
revelada. En ese sentido constituye la única cosmovisión sagrada que es al
mismo tiempo libre y liberadora. Las luchas políticas y militares que
mantiene hoy el Islam contra lo que yo defino como “nacional-judaísmo” -para
diferenciar la etapa actual de la del clásico sionismo laico- lo diferencia
radicalmente del resto de las confesiones que se refieren sólo a la “vida
espiritual del individuo solitario”, dejando de lado no sólo la vida social:
abandonando asimismo la “vida material” a influencias extrañas a la Fe.

Este cuadro de situación, muy simplificado, exige respuestas políticas,
militares y estratégicas -en general- extremadamente complejas, tanto en su
concepción cuanto en su ejecución.

 Respuestas a Occidente

 Es absolutamente vital comprender que el proceso de absorción teológica e
institucional que el judaísmo desarrolla sobre el cristianismo (y sobre el
catolicismo romano en particular) conlleva agresiones múltiples contra
importantes sectores del propio mundo occidental, muchos de los cuales en
estos momentos están reaccionando contra ellas, bajo diferentes formas,
muchas veces solapadas.

La estrategia de respuesta árabe y musulmana debería partir del hecho obvio
de que Occidente no es una unidad, sino que por debajo de un ligero manto
que finge unidad, se desarrollan procesos contradictorios.

Esas contradicciones que sacuden hoy al mundo occidental por debajo de una
delgada superficie de falsa unanimidad, son de naturaleza económica
(conflictos intercapitalistas); nacionales (luchas de los Estados para
sobrevivir a la globalización); geopolíticas (Estados Undios de América
versus Europa, y “América profunda” contra la “costa este”, por ejemplo);
culturales (defensa de cada una de las identidades contra una mundialización
indiferenciadora), y religiosas (reacciones cada vez más definidas del
catolicismo popular, por ejemplo, contra una cúpula eclesiástica romana
asociada a la globalización y a la judaización de Occidente).

La clave de la política del mundo árabe y musulmán respecto de Occidente
radica en saber desarrollar su capacidad para distinguir estas fisuras cada
vez más definidas que existen en el mundo occidental. Esto quiere decir que
la estrategia a implementar no puede desconocer lo que realmente sucede por
debajo de la superficie de Occidente. Ante cada situación específica la
respuesta tiene que ser también específica. La indiferenciación de
situaciones conducirá al fracaso, y ése será tal vez el último fracaso.

Las agresiones del nacional-judaísmo no se limitan al mundo árabe-musulmán.
Existen innumerables agresiones contra numerosos Estados y culturas
occidentales: en este libro hago un estudio sobre algunas de esas
agresiones: en Europa occidental (Alemania, España, Francia), en
Iberoamérica (Argentina) y en Rusia. Cada una de esas culturas y de esos
Estados es agredido por el nacional-judaísmo en sus intentos por impulsar
una globalización económica bajo su hegemonía teológica.

Ese universo agredido es el aliado natural del mundo árabe y musulmán. Con
esos fragmentos agredidos de Occidente el mundo árabe y musulmán debería
articular una política y, en su conjunto, una estrategia basada en la
diferenciación: es decir, en una evaluación exacta de las dimensiones
particulares de cada agresión.

La guerra religiosa defensiva que el mundo árabe y musulmán mantiene en
estos momentos contra Israel, que ha adoptado una ideología de Estado basada
en una interpretación teológica perversa, no debe hacer perder de vista que
hay otras guerras -muchas veces ocultas o disfrazadas- en otras partes del
mundo contra el mismo enemigo.

Como en toda guerra, ésta exige disponer de un sistema de inteligencia
estratégica. Es decir, de algo que en la actualidad el mundo árabe-musulmán
carece en absoluto. Digamos de paso que un sistema de inteligencia
estratégica es algo muy distinto de un “servicio” de inteligencia táctico.

Ya hemos dicho que el desarrollo de una estrategia basada en la
diferenciación, aplicada sobre Occidente, y sobre Europa en particular, no
quiere decir, en absoluto, tener que adoptar los valores occidentales que
actualmente se encuentran en crisis profunda. Muchos arabistas u
orientalistas occidentales hoy hablan de la necesidad de producir una
“segunda modernización”, como elemento central para una salida a la crisis
que vive el mundo árabe y musulmán. En mi opinión ello contribuiría a
incrementar aún más esa crisis.

Sería suicida buscar los necesarios “espacios de libertad” en un intento de
“modernización democratizadora”. Como lo ha demostrado hace pocos años la
catástrofe soviética, existe una distancia esencial y abismal entre
“democratización” e “individualización”.

La búsqueda y la consolidación de los “espacios de libertad”, de
individualización, es una tarea que se puede y se debe desarrollar dentro
del propio Islam, entendido como lo hemos planteado hasta ahora, como una
religión libre y liberadora, y como la única confesión en el mundo entero
aún no deteriorada por la secularización occidental. En el Islam el hombre
-el hombre individualizado- está en el centro de un mundo creado por Dios,
que ha hecho de él su representante en el Universo, y que por lo tanto está
dotado de facultades y capacidades especiales.

En el origen de la crisis del comunismo soviético estuvo la cuestión
religiosa; y en la decadencia de ese sistema, la “cuestión democrática”. En
términos reales, en el origen estuvieron un grupo de “judíos
revolucionarios” (la mayoría de ellos no rusos) y, sobre todo, marginales
(no asimilados, y despreciados por los judíos asimilados alemanes, franceses
e ingleses), que explotan una revolución realizada en nombre de un
proletariado (ruso) inexistente. En el medio de esa revolución existió un
importante proceso de rusificación (Stalin) frustrado por una distorsión
ideológica localizada en el nacionalsocialismo alemán. En la decadencia del
proceso existió otro grupo de judíos “reformistas”, que emergen del mismo
seno del PCUS (más concretamente, del Komsomol), que comenzaron a construir
la sociedad burguesa en una sociedad sin burguesía, y la “democracia”, en
una sociedad sin tradiciones democráticas en absoluto. Hoy son ellos, esos
banqueros judíos producidos por el PCUS, los que controlan casi en exclusiva
los destinos de Rusia.

El llamado “socialismo real” no fue más que un socialismo pagano. Esto es,
una forma política correspondiente a una cultura “primitiva”. El mundo
pagano -no religioso- no puede sino generar un Estado primitivo, carente de
las complejidades del mundo posindustrial; incapaz de procesar esas
complejidades.

Ello produce no sólo una cultura no-democrática. El Estado pagano-primitivo
fija en el tiempo una sociedad sin individualización. Así, la vida social y
la individual transcurrieron, durante la época del “socialismo soviético”,
en dos planos separados y opuestos. Lo general (Estado, sociedad) y lo
particular (individuo), discurrieron en niveles y en compartimientos
estancos. Hubo un conflicto insuperable entre los dos niveles de la
existencia. El Estado primitivo-pagano excluye la particularidad: la vida
individual es un crimen, es decir, una oposición activa de lo particular a
lo general.

A partir de allí se buscó la “democracia” como forma de superar esa
dicotomía, que sin embargo no hizo más que agudizarla. El Islam no necesita
de la “democracia” para encontrar la individualización de las personas que
integran la comunidad (Umma).

La grandeza y la trascendencia histórica de la Revolución islámica en Irán,
así como el enorme significado que asume la Resistencia Nacional Libanesa de
Hezbollah, consiste en que constituyen hechos que emergen cuando la idea de
revolución -es decir, de justicia- parecía una idea vencida en el mundo
entero, y cuando la idea de dignidad y de libertad nacional parecía un mero
recuerdo perteneciente al pasado. La lucha por la justicia y por la dignidad
de los hombres y de los pueblos comenzó a adquirir una nueva dimensión,
justo en el momento en que esa lucha parecía perdida.

A partir de Imam Jomeini queda claro que no hay revolución sin eternidad.
Que el hombre, el actor revolucionario, no es un simple eslabón en la
“mecánica de la historia”. Es el fundamento de un complejo sistema
planificado por Dios. Pero en ese “sistema” el hombre tiene una enorme
libertad y, consiguientemente, una enorme responsabilidad. Los “espacios
individuales de libertad” están dentro de la misma doctrina. Así, la
“cultura musulmana” adquiere una independencia y una superioridad casi total
respecto de la “cultura occidental”. Y ello provoca que los humillados
dentro del mismo Occidente necesitan ahora de algo más que de una simple
doctrina social laica, racionalista o humanista para encarar su propia
liberación.

Para Irán este es un buen momento para iniciar una apertura hacia Europa,
sin ceder espacios de poder acumulados y ya consolidados, porque una
hipótesis probable del escenario de futuro es la escisión del “mundo
occidental”. “Aunque los americanos, solos, dispondrán siempre de medios
(militares) más que suficientes para actuar en solitario (.) tendrán menos
intereses materiales en el mundo exterior por los que preocuparse, y el
hecho de una ruptura con Europa podría hacerles retroceder a su viejo sueño
de autosuficiencia hemisférica” (…) “Una ruptura euro-americana cambiaría
radicalmente todos los cálculos sobre el futuro”. Por otra parte, los
europeos -solos- se enfrentarían a una situación mucho más difícil. Europa
depende, mucho más que América, del petroleo del suroeste asiático, y está
además geográficamente mucho más cerca del mundo islámicoPara enfrentarse a
cualquier problema que pueda afectar sus intereses, Europa “no dispone,
hasta la fecha, ni de los equipos militares ni de la unidad organizativa
para defender sus intereses de forma adecuada”. Y está lejos de cumplir esos
requisitos en un futuro previsible (Fuente: The Economist, segunda semana de
febrero de 1998).

 El mensaje interior

 Las “respuestas a Occidente”, anteriormente expuestas, no podrían ser
eficaces si en forma simultánea no se elaborara un “Mensaje interior”, de
cara al propio mundo árabe y musulmán. En mi opinión, esa estrategia interna
debe pivotar sobre dos elementos esenciales: lograr márgenes progresivos de
individualización dentro de las sociedades árabes y musulmanas, y
desarrollar un liderazgo de nuevo tipo, un liderazgo hegemónico, que ya no
puede buscarse en las antiguas formas en que hasta este momento ese
liderazgo se ha manifestado.

Entre los “acuerdos” de Camp David y los de Oslo, un verdadero cataclismo ha
sacudido a la totalidad de las sociedades árabes y musulmanas, ya socavadas
por la derrota militar de 1967.

En términos de política internacional práctica el principal hecho
esperanzador que surje en el horizonte es la Alianza que se está gestando
entre Siria, Irán y el sur del Líbano. Será a partir de ella, de su
profundización y de su ampliación, que se podrá estructurar un liderazgo de
nuevo tipo, capaz de integrar los elementos positivos del arabismo
nacionalista con los del islamismo revolucionario.

La “arabidad” y la “islamidad” fueron hasta ahora, en muchas coyunturas
dramáticas, elementos antagónicos. Sobre su aparente irreconciliabilidad
fueron edificadas todas las estrategias tendentes a mantener al mundo árabe
y musulmán en un estado de subordinación y de exclusión perpetuas. Por el
contrario, sólo la confluencia de la “arabidad” con la “islamidad”
corporizadas en Estados y movimientos de envergadura histórica, como son los
de Irán, Siria y Hezbollah, podrá demostrar que aún existe capacidad de
organización -es decir, de esperanza- en el mundo árabe y musulmán. Y que
esa esperanza organizada, consciente de los enormes errores cometidos en el
pasado es, en primer lugar, capaz de mantener una guerra de resistencia
contra el agresor, en un momento de la historia en que el poder del eje
Washington-Israel parece invencible.

El poder potencial de la Alianza Irán-Siria-Hezbollah tiene asimismo una
trascendente dimensión geopolítica. Representa la soldadura de dos polos
geográficos, el del Mediterráneo Oriental y el del Golfo Pérsico-Índico
quienes, a lo largo de muchos momentos de una larguísima historia, actuaron
“a la tracción” sobre el mundo persa-árabe-turco (y, aún, sobre otros
espacios contiguos, como el caucasiano y el del Asia Central oriental). Un
espacio político así re-conformado es la respuesta adecuada a ciertos juegos
tácticos, de alta peligrosidad, vigentes hoy en día, en los que participa
activamente el ejército laico turco, aliado del terrorismo judío.

Yo no soy musulmán ni, como es obvio, árabe, ni persa. Mi vinculación con el
Islam es de naturaleza sociológica y estratégica. Desde esa perspectiva he
leído y leo el Corán, donde se dice, en varias Suras, que el Antiguo
Testamento o Biblia Judía (y protestante), o Torah, ha sido falsificado por
los escribas hebreos. El Corán denuncia la falsificación de un libro que se
ha convertido en el fundamento teológico e ideológico de un Estado criminal,
el Estado de Israel.

La “historia” de Israel que relata el Antiguo Testamento es, en un sentido
estricto, una historieta. No es una historia sino una mitología, como
siempre fue entendido por el catolicismo tradicional. El mismo método
mitificador fue utilizado en este siglo para canonizar al “Holocausto”. La
crítica al judaísmo debe incluir al Antiguo Testamento. Debe partir de la
Torah. Es decir debe partir de una definición de judaísmo que se atenga a la
realidad: él es un hecho totalizador y totalitario: teológico, racial,
económico, histórico y estratégico. Y ello, afortunadamente, es muy bien
percibido por las corrientes católicas y cristiano-orientales resistentes al
posmodernismo. El rol jugado por el judaísmo desde los orígenes del
capitalismo finaliza en la construcción del Estado de Israel, que se
fundamenta no sólo en ser la expresión regional más elocuente de la
globalización del capitalismo, sino en la convicción de que existe no sólo
una superioridad religiosa sino, además, una superioridad racial.

Entonces la cuestión central es que el judaísmo se percibe a sí mismo no
sólo como un hecho religioso, sino como un hecho racial, nacional y social,
al mismo tiempo. De allí surge una exigencia básica para el mundo musulmán
contemporáneo: ligar más estrechamente al Islam con la histórica y
sistemática exclusión-explotación-destrucción sufrida por la “raza
árabe-persa inferior”.

El Islam reúne muchos elementos para convertirse en el núcleo cultural de un
proceso de liberación (de la raza árabe y otras etnias musulmanas contiguas,
como la persa y la turca), respecto del hecho judío más trascendente de toda
la historia: el espacio geopolítico actualmente dominado por el Estado de
Israel. Pero carece de la fractura teológica que existe entre el
cristianismo tradicional y el judaísmo: la figura mesiánica de Jesucristo.
Las palabras de Jesús constituyen una ruptura total con la tradición judía.
El misterio de Jesús no debe ser considerado como una tentativa de reformar
el judaísmo desde una supuesta secta judía (la de los cristianos): Jesús
aporta un elemento absolutamente diferente que no puede ser reconciliado con
el judaísmo. Jesús revela un Dios que es esencialmente distinto a Yahvé, al
Dios nacional judío que nos muestra el Antiguo Testamento. El hijo de Dios y
la Virgen María han sido y volverán a ser la frontera infranqueable entre
judaísmo y cristianismo.

El espacio islámico es una de las pocas realidades geopolíticas con
capacidad potencial para disputarle al imperialismo occidental
judeo-cristiano el control sobre los destinos del mundo. Y veo en
determinadas interpretaciones del Islam, como la del chiísmo, un sistema de
pensamientos y de sentimientos muy cercanos al catolicismo popular, hoy
abandonados por la jerarquía de la Iglesia Romana.

El “llanto por Hussein” es algo conmovedor para cualquier católico que
quiera vivir al lado de su pueblo, en contacto con sus hermanos oprimidos y
humillados. El chiísmo expresa un sentimiento trágico de la vida muy cercano
al sentido del sacrifico de Cristo, y al ejemplo heroico del Che Guevara,
que no fue, en ese sentido, un simple mártir laico.

Por cierto que la categorización de la raza árabe, y de otras musulmanas,
como “inferior”, coincide con el colonialismo, es decir, con el ciclo de
expansión del capitalismo. El rol jugado por el judaísmo desde los orígenes
del capitalismo finaliza en la construcción del Estado de Israel, que se
fundamenta no sólo en ser la expresión regional más elocuente de la
globalización del capitalismo, sino en la convicción de que existe no sólo
una superioridad religiosa sino, además, una superioridad racial.

En este punto coincido totalmente con Bruno Étienne: “Israel, contrariamente
a lo que dicen los árabes, no es simplemente un hecho colonial clásico,
reducible a los casos de Argelia y de África del Sur. Tampoco me parece que
Israel sea un peón del imperialismo norteamericano. El Estado hebreo es todo
eso a la vez, pero con una dimensión mesiánica, escatológica, ligada a una
historia y a unos lugares particulares. Los árabes no pueden a la vez
conducir la lucha antiimperialista e ignorar la dimensión metafísica de
Jerusalén. Pues muy a menudo, en su política de opresión y de anexiones,
Israel ha puesto en serias dificultades a sus Aliados” (Bruno Étienne, El
islamismo radical).

Es en el Estado de Israel de este fin de siglo XX, donde se verifica
plenamente la gran intuición expresada por Friedrich Nietzsche, hacia
finales del siglo XIX: “Los judíos son el pueblo más notable de la historia
universal , ya que, enfrentados al problema de ser o no ser, han preferido,
con una conciencia absolutamente inquietante, el ser a cualquier precio: ese
precio fue la falsificación radical de toda naturaleza, de toda naturalidad,
de toda realidad, tanto del mundo interior como del mundo exterior entero.
Los judíos son, justo por eso, el pueblo más fatídico de la historia
universal: en su efecto ulterior han falseado el mundo de tal modo que hoy
incluso el cristiano puede tener sentimientos antijudíos sin concebirse a sí
mismo como la última consecuencia judía” (4).

____________________________________

 1.- “El mundo comunista, por cuestiones de ambición geopolítica, eligió a
Checoslovaquia como primer país para que nos vendiera armas. Lo que nos
vendió Praga fueron armas tomadas a los alemanes, cazas Messerschmitt entre
otras. Ezer Weizman (actual presidente de Israel) que había sido formado
como piloto de caza por los británicos en la Segunda Guerra Mundial y que
había luchado contra los Messerschmitt alemanes con cazas británicos
Spitfire, se vio de repente en la curiosa situación de luchar con un
Messerschmitt fabricado en Alemania” (Abraham Primor, La realización
incompleta del sueño sionista, en Política Exterior, Nº 61, Vol.XII,
Enero-febrero de 1998). Al texto

 2.- El Diario de Moshe Sharet se publicó originalmente en hebreo, y luego se
hizo una primera traducción al inglés. A comienzos de los años 80 la
Association of Arab-American University Graduates, en base a los Diarios de
Sharett, publicó Israel’s Sacred Terrorism, que es la versión que utilizamos
nosotros en este trabajo, publicado por primera vez en idioma castellano en
Revista de Estudios Árabes, Nº 2, Buenos Aires, junio de 1982. Moshe
Sharett. Dirigió las relaciones internacionales del movimiento sionista
durante 23 años. Como jefe del Departamento Político de la Agencia Judía,
desde 1933 hasta 1948. Desde 1948 hasta la “crisis de Suez” de 1956, fue
ministro de Asuntos Exteriores de Israel, y primer ministro entre 1954 y
1955.  Al texto

 3.- Desarrollada en base a un extenso reportaje realizado al autor por el
períodico iraní Kahyan, al finalizar la conferencia islámica de Damasco (7-9
de julio de 1997), en la cual fue el único expositor no musulmán, y el único
“occidental”. Al texto

 4.- Citado por Ernst Nolte, Nietzsche y el nietzscheanismo, Alianza, Madrid,
1995, p.125

 

( Fonte: www.aaargh.codoh.info )

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LA FALSIFICACION DE LA REALIDAD – La Argentina en el espacio geopolitico del terrorismo judio – (8) por Noberto Ceresole

22 Ott

LA FALSIFICACIÓN DE LA REALIDAD

La Argentina en el espacio geopolitico del terrorismo judio

1998

 

Noberto Ceresole

 

CAPÍTULO 7

EL MITO DEL HOLOCAUSTO Y LA CONCIENCIA OCCIDENTAL

 

 

El mundo actual es “judío hasta en su núcleo más íntimo”. “El significado
definitivo de la emancipación de los judíos lo constituirá realmente la
emancipación de la humanidad del judaísmo”. Karl Marx, La cuestión judía.

 

 “La creación del Estado de Israel aparece en la conciencia occidental como
la justa compensación de la Historia, la cura de una gran herida en la
marcha de la historia `universal’. El rechazo árabe de este acontecimiento
es percibido como un residuo de irracionalidad en el movimiento general del
progreso de la humanidad, una supervivencia de los tiempos perimidos del
nacionalismo o una expresión adicional de una genética de la violencia
propia de la religión musulmana que rechaza la coexistencia con las otras
religiones y las concepciones modernas de la laicidad… El error cometido
en el primer siglo de nuestra era por el Imperio Romano, que dispersó a los
judíos de Palestina y destruyó el templo de David, ha sido por fin reparado.
El mundo cristiano europeo… acepta reconocer al judaísmo, tanto bajo su
forma teológica como bajo su forma nacional de restauración de una soberanía
sobre la tierra de Palestina… El retorno de Israel es entonces altamente
simbólico en la conciencia occidental del progreso de la historia”(1) .

En toda esta evolución no del pensamiento sino del sentimiento occidental,
claramente manipulado desde la confluencia teológica y estratégica existente
entre los Estados Unidos de América y el Estado de Israel, la cuestión del
“Holocausto” es absolutamente vital. No vamos a “justificar” ni a
“glorificar” a uno de tantos genocidios ocurridos en la historia. Vamos a
tratar de comprender un proceso histórico humano, un genocidio no deseado
que fue el producto de una expulsión sí deseada.

Para lo cual comenzaremos por definir y separar dos conceptos distintos y
distantes, a partir del Diccionario de la Lengua Española (Real Academia
Española, decimonovena edición, 1970). Holocausto: “Sacrificio especial
entre los israelitas, en que se quemaba toda la víctima. Acto de abnegación
que se lleva a cabo por amor”. Genocidio: “Exterminio o eliminación
sistemática de un grupo social por motivo de raza, de religión o de
política”.

Nuestra crítica histórica estará orientada a desmontar el concepto
ideológico de “Holocausto”, entendido como el más grande Mito
desestabilizador del mundo contemporáneo. El Mito del “Holocausto”
constituye el epicentro, el punto de inflexión de un cordón umbilical entre
Occidente y el Estado de Israel. Es la aceptación a priori de todos los
actos políticos del Estado de Israel, y los de las juderías poderosamente
instaladas en el propio mundo occidental, por muy demenciales que éstos
sean.

Asimismo muchas dirigencias árabes adoptaron finalmente posiciones “… que
los israelíes habían dispuesto previamente”(2). Así, esas dirigencias se
vieron caracterizadas ante el mundo, “… no como las víctimas del sionismo,
sino como sus hoy arrepentidos asesinos de ayer; como si los miles de
muertos por los bombardeos israelíes sobre los campos de refugiados,
hospitales y escuelas en el Líbano; las 800.000 personas expatriadas en 1948
(cuyos descendientes alcanzan ahora los tres millones de personas, muchos de
ellos refugiados sin nacionalidad); la conquista de sus tierras y
propiedades, la destrucción de unas 400 aldeas palestinas, la ocupación del
Líbano, para no hablar de los estragos de 26 años de ocupación militar… se
pudiera reducir a la condición de violencia y terrorismo, como si se debiera
renunciar a ello e ignorarlo. Dado que Israel siempre ha llamado a la
resistencia palestina violencia y terrorismo, incluso en el plano del
lenguaje (Israel) ha recibido (con la firma de los Acuerdos de Oslo) un
regalo moral histórico”(3).

Todos buscan lavar y hacerse perdonar de sus pecados, las más de las veces
ficticios, cometidos en el pasado. Y todo para convalidar una situación de
poder, carente de cualquier fundamento moral, existente en el presente. Es
por ello que la destrucción del Mito no puede ser sino un acto
re-fundacional abarcante de la totalidad del mundo contemporáneo.

La destrucción del Mito, trabajosamente elaborado, será el corte de ese
cordón umbilical legitimador de la irracionalidad más abyecta. La imagen del
“Holocausto” es lo que legitima, ante Occidente, y ante una parte de las
dirigencias árabes, todos los actos criminales del judaísmo político en el
Oriente Medio y otras regiones del mundo. Más aún, la construcción de esa
imagen le permitió al judaísmo diseñar y, en parte, comenzar a realizar, a
partir del Estado de Israel, un “golpe de Estado teológico y cultural”
abarcante de la casi totalidad del mundo occidental.

Fue la construcción de esa imagen moral la que le otorgó al judaísmo
contemporáneo un potencial de poder real que nunca antes había tenido en la
historia, a excepción, tal vez, de los momentos de máximo esplendor de
al-Ándalus (el poder político “terrenal” del judaísmo en el Siglo I de
nuestra era fue, comparativamente, residual, respecto del poder alcanzado
por los judíos en al-Ándalus y, aún, en la España visigoda). Fueron los
sefardíes españoles de al-Ándalus los que más cerca estuvieron de conquistar
el poder en la España musulmana.

Lo realmente sorprendente de todo este proceso es que la construcción de esa
imagen mítica fue un puro ejercicio de algunas memorias individuales. Contra
lo que mucha gente piensa, no existe ni una sola prueba documental, ni un
solo documento que pueda ser aceptado como tal por un historiador normal, de
que haya existido algo, siquiera remotamente parecido, a lo que proclama el
Mito.

El historiador alemán Ernst Nolte, profesor emérito de historia
contemporánea de la Universidad Libre de Berlín(4), reemplaza prudentemente
el concepto de “Holocausto” por el de “genocidio”(5), (en lo que estamos
totalmente de acuerdo) y relativiza esas acciones -aunque, naturalmente,
condenándolas- adjudicándolas, con toda razón, a las practicadas por un gran
conjunto de Estados(6), culturas, ideologías y épocas históricas. “Era
abierto y franco el genocidio implícito en la intención expresada por
Churchill el 8 de julio de 1940…, según él había una sola manera de vencer
a Hitler: … un ataque de destrucción absoluta efectuado por bombarderos
muy pesados contra Alemania… De hecho los ingleses y los estadounidenses
sostuvieron una guerra de exterminio… mediante sus ataques aéreos contra
la población alemana, en los cuales fueron sacrificadas aproximadamente
700.000 personas, que en su mayoría fallecieron entre angustias mortales y
tormentos antes inconcebibles”(7).

La crítica del “Holocausto” en tanto mito no es nada nuevo. Si nos limitamos
sólo al revisionismo francés, constatamos que esa escuela produce su primer
trabajo importante ya en 1950. En efecto, en dicho año aparece el libro de
Paul Rassinier Le Mensonge d’Ulisses (La Mentira de Ulises, no hay
traducción española). Rassinier muere el 28 de julio de 1967, un mes después
de editar el último de sus trabajos: Les Responsables de la Seconde Guerre
Mondiale.

El continuador de la obra de Rassinier es Robert Faurisson. En el anexo
documental de este Capítulo reproducimos dos trabajos de Faurisson,
tal como
aparecen en su Archivo (Ver
Archive Faurisson.). Ya desde los
estudios de Rassinier el “Holocausto” aparece como Mito, como sostén
cultural del Estado de Israel ante Occidente.

Se puede decir con toda propiedad que Faurisson genera una escuela de
pensamiento, con su “izquierda”, su “derecha” y su “post”. En un contexto
analítico diferente al de Nolte, Rassinier y Faurisson, Roger Garaudy expone
la naturaleza mítica del “Holocausto” amparándose, aunque sin citarlos, en
Paul Rassinier y Robert Faurisson(8).

 El Carácter “Sagrado” del Mito del “Holocausto”

 La versión final francesa de Los mitos fundadores de la política de Israel
(Samizdat, París, 1996) de Roger Garaudy, es un libro sobre el cual es
necesario un comentario previo. Es la última expresión de un largo proceso
histórico. Por lo tanto, la información que está contenida en el núcleo
principal de ese libro ya había sido elaborada no sólo por Paul Rassinier y
Robert Faurisson, sino por un conjunto muy amplio de pensadores y
ensayistas.

 Pero el libro de Garaudy fue un enorme éxito en el mundo entero (fue
traducido a un gran número de lenguas, pero no, por lo que yo sé, al
castellano). En diferentes Estados árabes: ocho o nueve traducciones en
lengua árabe, desde Marruecos hasta Qatar. El propio Faurisson hace
referencia a esta situación en Bilan de l’affaire Garaudy/Abbé Pierre,
enero-octubre de 1996.

 Roger Garaudy es un hombre con el cual compartí muchos viajes y horas de
trabajo. Él prologó un libro mío anterior, El Nacional Judaísmo
(Libertarias/Prodhufi, Madrid, 1997) y yo le dediqué mi último libro: España
y los judíos (Amanecer, Madrid, 1997). Durante nuestras discusiones, en
París, Madrid y Beirut, siempre le señalé los dos defectos centrales de su
libro: por un lado el intento por rescatar al judaísmo religioso, que va en
paralelo a la crítica del sionismo político y, por otro, la falsa oposición
entre una Alemania “mala” y una URSS “buena”, lo que lo lleva a un gaullismo
trasnochado.

 En El Nacional Judaísmo yo dejo absolutamente clara la relación de
continuidad que existe -a mi entender- entre judaísmo religioso y sionismo
político. Por lo que respecta a Alemania, nunca he tenido que corregir lo
que expreso en este mismo libro. En ese sentido me considero un discípulo
crítico, heterodoxo y rebelde, de Ernst Nolte (yo había hablado con Nolte y
otras personas en Europa sobre Faurisson, pero no conocía su obra, hasta que
“descubrí” sus Archives hacia finales de enero de 1998).

Sin embargo, el libro de Roger Garaudy tuvo una gran importancia dada su
extensa difusión en los muchos idiomas a los que ha sido traducido. De
hecho, además, unificó al mundo musulmán, provocando importantes movimientos
de solidaridad dentro de todas sus corrientes religiosas. Un extraordinario
fenómeno de solidaridad casi nunca visto. Muy a pesar del autor, llevó las
tesis del revisionismo histórico, y del revisionismo francés, en particular,
a conocimiento de un público, en el mundo entero, al que no podía llegar el
mismo Robert Faurisson, alma mater de esta escuela histórica, dada la férrea
censura que, desde hace décadas, existe en Francia sobre sus investigaciones
y sobre su persona. Es el propio Faurisson quien aplaude el éxito del libro
de Garaudy (a pesar de las muchas dificultades por las que atravesaron y
atraviesan tanto la obra como el autor), que “marca un nuevo progreso, en el
mundo entero, en la investigación de la verdad histórica. Es así que, por
primera vez desde 1945, un historiador ortodoxo (se refiere a Jacques
Baynac) se ve obligado a admitir que no hay ninguna prueba sobre la
existencia de las pretendidas cámaras de gas nazis”.

Dado el enorme conocimiento que sobre la verdad histórica abrió el libro de
Garaudy en el mundo, utilizaremos el ordenamiento que él hace de los
conceptos del revisionismo francés, para exponer el problema del “mito del
Holocausto”, durante las siguientes páginas. El texto base no va encomillado
porque le hice correcciones importantes. Conviene reiterar que quedan en pie
las cuestiones antes señaladas: Paul Rassinier y Robert Faurisson son los
verdaderos padres de la criatura.

* En “Le mythe de l’antifascisme sioniste”, se señala la falsedad de que
haya habido, antes y durante la segunda guerra, una verdadera confrontación
entre la cúpula sionista y la dirigencia del III Reich; antes lo contrario,
siempre que existió la posibilidad, la colaboración fue la nota
predominante.

* En “Le mythe de la justice de Nuremberg” se denuncian enérgicamente las
actuaciones de ese tribunal, que fue considerado por los Aliados como
elemento de una guerra ideológica final contra el nazismo, donde se elaboró
gran parte de la mitología que finalmente condujo a la falsa idea de los “6
millones”.

* En “Le mythe des `six millions'” se descubre que esa cifra baja finalmente
a no más de 1,2 millones de judíos muertos durante todo el transcurso de la
II Guerra Mundial, y en todos los frentes. Es una cifra relativamente(9)
pequeña si la comparamos con los 20 millones de soviéticos, los 9 millones
de polacos y los seis millones de alemanes (sólo durante la guerra) muertos
en ese mismo período. Gran parte de las víctimas judías fueron producidas
por el tifus, ya que la única cámara de gas existente, la del campo de
Dachau, nunca llegó a funcionar.

 

El Tribunal de Nuremberg

 “Este tribunal representa la continuación de los esfuerzos de guerra de las
naciones aliadas”. Robert H. Jackson, Procurador general de los Estados
Unidos, (sesión del 26 de julio de 1946).

 Se excluyó de antemano cualquier referencia a lo que fue el origen principal
de la guerra: en Nuremberg no se planteó la cuestión de saber si el Tratado
de Versalles, con todas sus consecuencias, en particular la multiplicación
de las quiebras, y sobre todo el desempleo, no había permitido el
advenimiento al poder de un Hitler por asentimiento de una mayoría del
pueblo alemán. (En 1919, el célebre economista Lord George Maynard Keynes,
dijo: “Con tal tratado, dentro de veinte años tendrán Vds. una nueva
guerra”). Por ejemplo, al imponer a la Alemania vencida de 1918 pagar, a
título de reparación, 132.000 millones de marcos oro, cuando en aquella
época la fortuna nacional de Alemania estaba valorada en 260.000 millones de
marcos oro.

Pero el origen de la segunda guerra mundial, que Ernst Nolte llama con toda
propiedad “civil europea”, no es sólo consecuencia del Tratado de Versalles.
Es la conciencia de la derrota lo que abruma a toda la sociedad alemana.
Sobre ella actúa el comportamiento de la llamada República de Weimar (en sus
diferentes momentos evolutivos), que fue una inmensa catástrofe para los
trabajadores alemanes. Durante la República de Weimar el comportamiento de
los judíos alemanes agrava su posición de cara a la sociedad alemana en su
conjunto. Además están las acciones de las potencias ocupantes, en especial
el comportamiento francés sobre la región del Ruhr. En la Alemania vencida
emergen asimismo nuevos tipos de solidaridades sociales que soslayaron a
todos los partidos políticos, que fue la solidaridad de los combatientes, o
la “solidaridad de las trincheras”. De alguna manera, el proceso de
estructuración del Partido Nacional Socialista Alemán (NSDAP) es
consecuencia de la solidaridad de las trincheras y no de “solidaridades de
clase”. Una parte sustancial de sus cuadros fue constituido por oficiales ex
combatientes. En relación con el sentimiento de humillación que provocaba la
actitud de las potencias ocupantes conviene recordar el discurso-homenaje de
Martin Heidegger, rector de la Universidad de Freiburg, en homenaje a Albert
Schlageter, fusilado por los franceses el 26 de mayo de 1926 (Víctor Farias,
Heidegger et le nazisme, Verdier, p.101 y ss.).

La sociedad alemana estaba asediada por un Partido Comunista totalmente
dependiente de Moscú y una socialdemocracia absolutamente pro-occidental, es
decir, pro-aliada. Dentro de ese movimiento de tracción actúan los grupos
judíos más activos. En el mes de enero de 1934, el dirigente sionista
Wladimir Jabotinsky declaró al diaro judío Natsch Retsch: “Nuestros
intereses judíos exigen el aniquilamiento definitivo de Alemania, el pueblo
alemán en su totalidad representa un peligro para nosotros.” El llamamiento
a un genocidio, esta vez en el verdadero sentido de la palabra, se repite en
1942 en el libro del judío americano Theodor Kaufman: “Germany must perish”
(Alemania debe perecer), cuya tesis central es la siguiente: “Los alemanes
(los que sean: antinazis, comunistas, incluso semitófilos) no merecen vivir.
En consecuencia, después de la guerra se movilizarán 20.000 médicos para
esterilizar a uno de cada 25 alemanes o alemanas por día, de manera que
dentro de tres meses no habrá un solo alemán que sea capaz de reproducirse y
que dentro de 60 años la raza alemana será totalmente eliminada.” Hitler
hizo leer extractos de ese libro en todas las emisoras de radio.

 
Las órdenes de exterminación

A pesar de los esfuerzos de los teóricos del “Holocausto”, no se encontró
jamás ninguna huella de ninguna orden de exterminación ni ningún documento
que demuestre la puesta en práctica de una tal orden, en el supuesto de que
ella haya existido. La prominente intelectual judío-francesa Olga
Wormser-Migot escribió en 1968: “Lo mismo que no existe una clara orden
escrita de exterminación por gas en Auschwitz, no existe ninguna orden de
cese en noviembre de 1944.” “Ni en el proceso de Nuremberg, ni en el
transcurso de los procesos de zona, ni en el proceso de Höss en Cracovia, de
Eichmann en Israel, ni en el proceso de los jefes de campo, ni desde
noviembre de 1966 a agosto de 1975, en el proceso de Francfort, se ha
reproducido la famosa orden firmada por Himmler (22 de noviembre de 1944)
sobre el final de la exterminación de los judíos por gas, la orden de poner
fin a la `Solución final'”. Le système concentrationnaire nazi. PUF 1968, p.
544 y p.13 (citado por Dictionnaire Biographique des Personnes, en
<http://aaargh-international.org/ fran).

El Dr. Kubovy del Centro de Documentación de Tel-Aviv reconoció en 1960: “no
existe ningún documento firmado por Hitler, Himmler o Heydrich que hable de
exterminar a los judíos… la palabra `exterminación’ no aparece en la carta
de Goering a Heydrich en relación con la solución final de la cuestión
judía.” Fuente: Lucy Dawidowics, The War against the Jews. (1975) p. 121.

El Comité Internacional de Auschwitz preveía en noviembre de 1990 reemplazar
la placa conmemorativa en Auschwitz que indicaba “4 millones de muertos” por
otra indicando “más de un millón de muertos”. El Dr. Maurice Goldstein,
Presidente de este Comité, se opuso. Fuente: Le Soir, Bruselas, 19-20 de
octubre de 1991, p. 16. De hecho, el Dr. Goldstein no ponía en duda la
necesidad de cambiar las viejas placas, sino que quiso que la nueva placa no
indicara ninguna cifra, sabiendo que dentro de poco tiempo sería
probablemente necesario hacer una nueva revisión a la baja de la cifra
actualmente enfocada. La placa a la entrada al campo de Birkenau, colindante
con el de Auschwitz, llevaba por tanto esta inscripción hasta 1994: “Aquí,
de 1940 a 1945, cuatro millones de hombres, de mujeres y de niños han sido
torturados y asesinados por los genocidas hitlerianos”. Los judíos habían
perdido el monopolio del sufrimiento. El mito del “Holocausto” está
edificado sobre la base de que los judíos deben tener el “monopolio del
sufrimiento”. Ellos están construyendo el “Tercer Templo” a base de ese
mito.

Gracias a la intervención del Comité Internacional del Museo de Estado que
preside el historiador Wladislaw Bartoszewski y que se compone de 25
miembros de diversas nacionalidades, el texto fue nuevamente modificado en
un sentido menos alejado de la verdad, aunque el concepto “mayoría” sigue
siendo excesivo: “Que este lugar, donde los nazis han asesinado un millón y
medio de hombres, mujeres y niños, en su mayoría judíos de diversos países
europeos, sea para siempre para la humanidad un grito de desesperanza y una
advertencia.” Fuente: Luc Rosenzweig, en Le Monde del 27 de enero 1995.

Los campos de concentración no fueron inventados por alemanes. En los
tiempos modernos, los primeros campos fueron creados por los ingleses en
Sudáfrica, para encerrar en ellos a los beligerantes afrikaaners de origen
holandés. Pero la diferenciación neta entre “campo de concentración” y
“cárcel” -en el sentido de la “reeducación por el trabajo”- la establecen
los bolcheviques en Rusia, a partir de 1917. Más de diez millones de
“soviéticos” -ciudadanos de muchas nacionalidades- mueren en esos campos
-los célebres Gulags- antes de que Hitler tomara el poder en Alemania -por
mayoría electoral- en febrero de 1933.

El 24 de junio de 1940, después de la victoria sobre Francia, Heydrich evoca
en una carta a Ribbentrop, ministro de Asuntos Exteriores, “una solución
final territorial” (“eine territoriale Endlösung”). Fuente: Gerald Fleming.
Hitler und die Endlösung, Wiesbaden-Munich, 1982, p.56. La “solución final”
(Endlösung) consistía en crear, fuera de Europa, una “reserva” judía -un
gran ghetto- y Ribbentrop sugiere entonces el “Proyecto Madagascar”. No
olvidemos que, hasta ese momento, el ghetto no era una imposición “gentil”
impuesta a la judíos, sino una autoelección judía tomada en nombre de la
“pureza de la raza” (“Ghetto” es el nombre de la región veneciana donde los
judíos sefardíes expulsados de España en 1492 construyen sus viviendas). En
julio de 1940, el responsable de los asuntos judíos, Franz Rademacher,
resume así esta directriz: “¡Todos los judíos fuera de Europa!”. Fuente:
Joseph Billig, La solución final de la cuestión judía, París, 1977, p.58.

 

La carta de Goering a Heydrich del 31 de julio de 1941.

 Heydrich pregunta a Goering: “En 1939 Vd. me había dado la orden de tomar
las medidas correspondientes a la cuestión judía. ¿Debo ahora ampliar la
tarea que Vd. me confió a los nuevos territorios de los que nos hemos
apoderado en Rusia…?” Ahí, una vez más, no hay nada sobre el asesinato de
los judíos. Se trata solamente de su traslado geográfico, simplemente
teniendo en cuenta las nuevas condiciones. La única “solución final”
consistía entonces en vaciar Europa de sus judíos, alejándolos cada vez más
hasta que la guerra (suponiendo que Alemania la ganase) permitiera
trasladarlos a un ghetto fuera de Europa (para lo que el proyecto de
Madagascar fue la primera sugerencia).

Durante un tiempo los mitólogos alimentaron la idea de la existencia de un
“lenguaje codificado” entre los altos dirigentes del Tercer Reich. Un
lenguaje que disfrazara la “solución final”. Actualmente ya no se apela a
esa idea: la hipótesis de un lenguaje codificado y secreto es insostenible
porque, para otras acciones militares terribles, como la invasión de Rusia,
los documentos existentes son claros. Existen documentos precisos sobre la
eutanasia, la orden de matar a los comandos británicos, de linchar a los
aviadores americanos, de exterminar a la población masculina de Stalingrado
en caso de ocuparlo. Para todos esos hechos existen innumerables documentos.
Mientras que en el caso de los judíos no hay nada, ni los originales, ni las
copias, ni, por añadidura, las directrices o las órdenes necesarias
referentes a la ejecución de tan amplias y complejas directrices.

 
La carta de Goering del 31 de julio de 1941.

 En esta carta, Goering completa sus directrices a Heydrich: “Como
complemento de la tarea que le ha sido confiada por el decreto del
24-1-1939, es decir, conseguir para la cuestión judía mediante la emigración
y la evacuación la solución más ventajosa posible dadas las circunstancias,
yo le encargo por la presente proceder a todos los preparativos
necesarios… con el fin de llegar a una solución de conjunto
(“Gesamtlösung”) de la cuestión judía en la zona de influencia alemana en
Europa… Yo le encargo someter rápidamente un proyecto de conjunto
(“Gesamtentwurf”) en relación con las medidas de organización y las
disposiciones concretas y materiales para realizar la solución final de la
cuestión judía a la que aspiramos. (“Endlösung der Judenfrage”). Fuente:
Raul Hilberg, La destruction des juifs d’Europe, 2ª edición, p. 401.

La expresión original es en realidad “die Gesamtlösung der Judenfrage”
(solución de conjunto de la cuestión judía). Pero Goering, quien la empleó
por primera vez en el 1er párrafo de una carta de fecha 31-7-1941, en la que
daba a Heydrich la orden de prepararla, empleó en el último párrafo la
expresión “die Endlösung der Judenfrage” (solución final de la cuestión
judía), y ésta fue la expresión que prevaleció, pero en el mismo sentido y
no en el de la liquidación del problema por la aniquilación de aquellos que
eran el objeto (de este asunto). Sorprendido en flagrante delito de una
traducción tendenciosa por el propio Goering en Nuremberg, el 20 de marzo de
1946, el juez Jackson fue obligado a admitirlo. Pero este incidente fue
totalmente silenciado y omitido en las publicaciones de la prensa.

Como consecuencia de la evolución de la guerra, en enero de 1942 se produce
un cambio sustancial en la política de la “solución final de la cuestión
judía”. Reinhard Heydrich, jefe de la Gestapo, informa, en esa fecha, a los
dirigentes de Berlín, que el Führer había decidido la evacuación de todos
los judíos hacia territorios del Este, reemplazando así la deportación a
ultramar como estaba previsto anteriormente. La logística imposibilitaba el
cumplimiento de la “solución Madagascar”.

 

El texto de Wannsee (20 de enero de 1942)

El segundo ejemplo de ese cambio arbitrario del sentido de las palabras para
justificar la tesis de los mitómanos es el de la conferencia del “Gran
Wannsee” que se celebró en Berlín el 20 de enero de 1942. Según los
documentos que exponen los mitómanos, al comienzo de la Conferencia,
Heydrich, (finalmente veremos que este personaje no estaba en realidad
presente en una “conferencia” sobre la que no existen pruebas fehacientes de
que se haya realizado) recuerda que acaba de ser nombrado “para el puesto de
responsable encargado de la preparación de la solución final de la cuestión
judía en Europa” (“Endlösung der europäischen Judenfrage”). Heydrich será a
partir de ahora responsable del conjunto de las medidas necesarias para la
solución final de la cuestión judía sin tener en cuenta los límites
geográficos. Heydrich: “Con la autorización previa del Führer, la emigración
puede ser sustituida por otra posibilidad de solución: la evacuación de los
judíos hacia el Este”.

El Protocolo de Wannsee es el acta de una conferencia que supuestamente se
celebró el 20 de enero de 1942 y a la que asistieron los Secretarios de
Estado administrativamente interesados en la solución de la cuestión judía y
los jefes de los servicios encargados de su realización. Se trata aquí de un
texto donde no se habla de cámaras de gas ni de exterminación, sino
solamente de traslado de judíos al Este de Europa.

Este acta presenta además todas las características de un documento
apócrifo, en cuanto se refiere a la fotocopia que fue publicada en el libro
de Robert H.N.W. Kempner, Eichmann und Komplizen, p. 132 y sucesivas (Europa
Verlag, 1961): sin sello, sin fecha, sin firma, caracteres de máquina de
escribir normales sobre papel de formato reducido, etc… En las versiones
francesas disponibles se ha traducido, por ejemplo, “die Zurückdrängung der
Juden aus dem Lebensraum des deutschen Volkes” por “eliminación de los
judíos del espacio vital del pueblo alemán”, dando en el comentario a la
palabra “eliminación” el sentido de “exterminación”, cuando la traducción
correcta de “Zurückdrängung” es “retroceso” ( o expulsión, o
arrinconamiento). Se procedió de la misma manera (en las traducciones) al
inglés y al ruso.

Sin embargo, para expresar su decisión de hacer retroceder a los judíos
fuera de lo que llamaban su espacio vital, los alemanes emplearon también
otras expresiones en el mismo sentido, como “Ausschaltung” (exclusión,
eliminación) o “Ausrottung” (extirpación, desarraigo). Esta última palabra
fue traducida por “exterminio”, lo que en alemán sería “Vernichtung”.
Ejemplo: en su discurso de Posen ante los Obergruppenführer (generales de
división de las Waffen SS), el 4 de octubre de 1943, Himmler dijo: “Ich
meine jetzt die Judenevakuierung, die Ausrottung des jüdischen Volkes… Das
jüdische Volk wird ausgerottet”. Concretando su pensamiento en esa frase,
emplea la palabra “Ausschaltung”. Traducida al español, la antedicha cita
dice: “Pienso ahora en la evacuación de los judíos, en la extirpación del
pueblo judío, etc…” Pero en el “dossier Eichmann” Billig tradujo:
“Entiendo por evacuación de los judíos el exterminio del pueblo judío” (p.
55) y “evacuación de los judíos, es decir exterminio” (p. 47).

Para justificar el carácter sagrado del “Holocausto” era necesario que
hubiese existido una exterminación total y una organización industrial
inédita de ejecuciones, y luego la cremación. Exterminación total. Para ello
era necesario enfocar una solución final del problema judío: la
exterminación. Ahora bien, no se ha podido aportar nunca ningún texto
atestiguando que la “solución final” del problema judío fuese la
exterminación.

El antisemitismo de Hitler está vinculado, desde sus primeros discursos, a
la lucha contra el bolchevismo (Hitler emplea constantemente la expresión
“judeo-bolchevismo”); los primeros campos de concentración que él hizo
construir estaban destinados a los comunistas alemanes y miles de ellos
perecieron allí, incluido su jefe Thaelman. En cuanto a los judíos, Hitler
hizo acusaciones aparentemente contradictorias: en primer lugar, eran los
actores más activos de la revolución bolchevique (Trotski, Zinoviev,
Kamenev, etc.); al mismo tiempo, los capitalistas más explotadores del
pueblo alemán. En rigor de verdad, ambos estamentos de judíos existían. Por
lo tanto fue necesario, después de haber liquidado el movimiento comunista
alemán que actuó siempre como apéndice de la URSS- y haber preparado la
expansión de Alemania hacia el este con la total cooperación de la URSS,
aplastar a la Unión Soviética, lo que fue desde el principio hasta el final
de su carrera, la preocupación central de Adolf Hitler. En otra parte de
este libro hacemos referencia a esta cuestión. La lógica de la guerra contra
la URSS obligó a Alemania a crear los “Einsatztruppen”, es decir, unidades
especialmente encargadas de luchar contra los guerrilleros soviéticos y de
acabar con sus comisarios políticos, incluso prisioneros, muchos de ellos
judíos.

En cuanto a la masa de los judíos alemanes, luego europeos, cuando Hitler
llegó a dominar el continente, una de las ideas de los nazis fue vaciar
Alemania – luego Europa- de ellos (“judenrein”)(10). Hitler procedió por
etapas:

*La primera fue organizar su emigración. Y hemos visto que los dirigentes
sionistas de la “Haavara” colaboraron con eficacia en esa empresa,
prometiendo a cambio impedir el boycott de la Alemania de Hitler y no
participar en el movimiento antifascista.

*La segunda etapa fue la expulsión pura y simple siguiendo el proyecto de
enviarlos a todos a un ghetto mundial. Después de la capitulación de
Francia: la Isla de Madagascar, que debía quedar bajo control alemán después
de que los antiguos residentes franceses hubiesen sido indemnizados por
Francia (Vichy). Este proyecto fue abandonado, no tanto por las reticencias
francesas cuanto por la importancia del tonelaje de los barcos necesarios
para esta operación que Alemania no podía consagrar a esa tarea en tiempos
de guerra.

*La ocupación alemana del este de Europa, particularmente de Polonia, hizo
posible llevar a cabo la “solución final”: vaciar Europa de sus judíos
deportándolos masivamente a campos fuera de Alemania. Es allí donde los
judíos europeos padecieron los peores sufrimientos. No sólo aquellos que
padece cualquier población civil en tiempos de guerra, como bombardeos
aéreos, hambre, privaciones de todo tipo, marchas forzadas que fueron
mortales para los más débiles. Padecieron además los trabajos forzados en
condiciones infrahumanas, para contribuir al esfuerzo de guerra de los
alemanes (Auschwitz-Birkenau era, por ejemplo, el centro más activo de las
industrias químicas de I.G. Farben).

 Finalmente, las epidemias, sobre todo el tifus, hicieron espantosos estragos
entre una población encerrada en campos de concentración, una población
subalimentada y reducida a la extenuación. Entonces, ¿es necesario recurrir
a otros métodos para explicar la mortalidad que azotó a las víctimas de
tales tratamientos, y luego exagerar desmesuradamente las cifras con el
riesgo de tener que revisarlas más tarde a la baja?, y por ejemplo estar
obligados a:

*Cambiar la inscripción de Birkenau-Auschwitz teniendo que reducir la cifra
de muertos de 4 millones a 1.

*Cambiar la inscripción de la “cámara de gas” de Dachau para precisar que
nunca había funcionado.

*O la del “Velódromo de Invierno” de París, indicando que el número de
judíos allí acorralados era de 8.160 y no de 30.000 como indicaba la placa
original que se retiró. Fuente: Le Monde, 18 de julio de 1990, p.7

No se trata de establecer una contabilidad macabra.

El asesinato de un solo individuo, sea judío o no lo sea, ya constituye un
crimen “contra la humanidad”. Pero si el número de víctimas no tiene, a este
respecto, ninguna importancia, por qué aferrarse, después de medio siglo, a
la cifra fatídica de seis millones, mientras que no se considera intocable
el número de víctimas no judías de Katyn, de Dresde o de Hiroshima y
Nagasaki, para los cuales nunca ha existido un número de oro, contrariamente
a la cifra de los seis millones que ha sido sacralizada, aunque esa cifra,
la de una sola categoría de víctimas, haya tenido que ser revisada
constantemente a la baja. Sólo en el campo de Auschwitz-Birkenau:

*9 millones, decía en 1955 la película de Alain Resnais “Noche y niebla”.

*8 millones, según los Documentos del Servicio de la Historia de la Guerra.
Campos de Concentración. Oficina francesa de edición, 1945, p.7.

*4 millones, según el informe soviético al que el Tribunal de Nuremberg
otorgó valor de prueba auténtica en virtud del artículo 21 de sus estatutos
que estipulaban: “Los documentos e informes oficiales de las comisiones de
investigación de los gobiernos aliados tienen valor de pruebas auténticas”.
Ese mismo artículo 21 proclamaba: “Este tribunal no exigirá que una prueba
de hechos públicos y notorios sea aportada de nuevo. La considera como
adquirida.”

*2 millones, según el historiador León Poliakov, en su Breviario del odio,
Calmann Lévi, 1974, p. 498.

*1 millón doscientos cincuenta mil, según el historiador Raul Hilberg, en La
destrucción de los judíos de Europa. Edición en inglés, Holmes and Mayer,
1985, p.895 (Ver Anexo Documental).

(Robert Faurisson aporta la cifra de 150.000 muertos por tifus en
Auschwitz).

 Ahora bien, al término de largas investigaciones históricas hechas por
científicos de diversas procedencias bajo la presión de las críticas
revisionistas, el Director del Instituto de historia contemporánea del
Consejo Nacional de Investigación Científica (CNRS) de Francia, François
Bédarida, resume sus trabajos en un artículo publicado en Le Monde titulado:
“La evaluación de las víctimas de Auschwitz”: “En la memoria colectiva se ha
instalado la cifra de cuatro millones -y eso incluso, a fe de un informe
soviético, figuraba hasta ahora en Auschwitz en el monumento erigido en
memoria de las víctimas del nazismo- mientras que en Jerusalén el museo de
Yad Vashem indicaba un total muy por encima de la realidad. Sin embargo,
desde el final de la guerra, la memoria científica se ha puesto a trabajar.
De esas investigaciones laboriosas y minuciosas resultaba que la cifra de
cuatro millones, que no se basaba en ningún fundamento serio, no podía
sostenerse”.

 

El tribunal, a fin de cuentas, se apoyaba en la afirmación de Eichmann,
sosteniendo que la política de exterminación había causado la muerte de seis
millones de judíos, cuatro millones de ellos en los campos. Si nos remitimos
ahora a los trabajos más recientes y a las estadísticas más fiables -ese es
el caso de la obra de Raul Hilberg, “La destrucción de los judíos de
Europa”, edición francesa, Fayard 1988, llegamos a aproximadamente un millón
de muertos en Auschwitz. Un total corroborado por el conjunto de los
especialistas, los que actualmente se han puesto de acuerdo en un número de
víctimas que oscila entre 950.000 como mínimo y 1,2 millones como máximo.”
Fuente: Le Monde, 23 de julio de 1990.

No obstante, después de haber reducido oficialmente el número de víctimas en
Auschwitz-Birkenau de 4 millones a 1 millón, se sigue repitiendo la cifra
global: 6 millones de judíos exterminados, según una extraña aritmética de:
6 – 3 = 6. The American Jewish Year Book, Nº 5702, edición del 22 de
septiembre de 1941 al 11 de septiembre de 1942, vol. 43, publicado en
Filadelfia por The Jewish Publication Society of America, indica en su
página 666 que después de la máxima expansión alemana hasta Rusia, y
contando los judíos que se habían quedado en Alemania, en 1941 quedaban en
la Europa bajo control de Berlín tres millones ciento diez mil setecientos
veintidós judíos (3.110.722) Tomando como base esa cifra, ¿cómo se podían
exterminar a seis millones?

Esta serie de evaluaciones se refiere sólo al campo de Auschwitz. Una
demostración del mismo género podría hacerse para otros campos.

 Por ejemplo, ¿cuántos muertos hubo en Majdanek?:

 

*1 millón quinientos mil, según Lucy Dawidowicz en The War against the Jews,
Penguin Books, 1987, p.191.

*Trescientos mil, según Lea Rosch y Eberhard Jaeckel en Der Tod ist ein
Meister im Dritten Reich, Hoffmann und Campe, 1991, p. 217.

*Cincuenta mil, según Raul Hilberg (op. cit.)

Buchenwald. El escritor español Jorge Semprún, que recibió el premio
Jerusalén en 1997, fue uno de los prisioneros del campo de Buchenwald,
cercano a Weimar. En una de sus novelas autobiográficas, Aquel domingo
(Planeta, Barcelona, 1980) Semprún relata un hecho curioso. Hacia finales de
la guerra, cuando ya había comenzado el desplazamiento de las tropas
alemanas hacia el oeste, llega a Buchenwald un contingente de judíos
polacos. Semprún dialoga con uno de esos hombres:

 “Le pregunté de dónde venían. Me dijo que llevaban viajando meses, con
breves paradas en toda suerte de lugares. Hacía tiempo que habían marchado
de Polonia. Estaban en un campo pequeño, cercano de Czestochowa; un día
oyeron el estampido de los cañones, el ruido de la guerra se acercaba. Y,
una mañana, al amanecer, los alemanes se marcharon. Estaban solos, ya no
había alemanes que los vigilaran. Ni centinelas en las torres de
observación. Era extraño, una trampa seguramente. Entonces se reunieron,
dirigidos por los veteranos abandonaron el campo del que se habían marchado
los alemanes, caminaron hasta la ciudad más próxima, en filas apretadas, en
orden, nadie abandonó la columna. En la ciudad había una estación de
ferrocarril, convoyes alemanes que escapaban hacia el oeste. Se presentaron
a los alemanes, dijeron: aquí estamos, nos han olvidado. Hubo que discutir,
los alemanes no querían saber nada de ellos. Pero, al final, los alemanes
los metieron en un tren. Partieron a su vez hacia el oeste.

-Pero, ¿por qué? -pregunto yo desconcertado.

Me mira como si yo fuera lelo (estúpido). Me explica.

-¿Los alemanes se marchaban, no? -me dice.

-¿Y qué?

Menea la cabeza. La verdad es que no comprendo nada. Me explica,
pacientemente:

-Si los alemanes se marchaban es que llegaban los rusos, ¿no?

La cosa me parece irrefutable. Muevo la cabeza en señal de asentimiento.

-Sí -le digo-, ¿y qué?

Se inclina hacia mí, irritado, en un brusco rapto de cólera. Casi grita.

-Los rusos- me grita-, ¿es que no sabe usted que los rusos detestan a los
judíos?” (Aquel domingo, pgs. 249-250).

 Este libro de Semprún constituye un ejemplo extraordinario sobre cómo
funcionó todo este proceso de evolución del Holocausto. Semprún escribió
este libro hacia finales de los años 70, en plena fiebre anticomunista; por
lo tanto, no se menciona en ninguna línea de sus casi 400 páginas la
existencia de “cámaras de gas” en Buchenwald. Otra cuestión muy importante
que emerge del libro de Semprún es el tema del “doble comando” dentro de los
campos. Desde una época muy temprana, las autoridades alemanas comprenden
que no podían controlar a una población concentracionaria tan importante.
Por lo tanto delegan en la estructura gobernada por el partido comunista
alemán gran parte de su gestión administrativa.

 Curiosamente, el gran estafador y mitificador Elie Wiesel relata en sus
memorias algo similar: tanto él como su padre prefieren continuar bajo la
protección de sus “verdugos” alemanes, entre Auschwitz y Buchenwlad, antes
que caer en manos del ejército soviético de “liberación” (La Nuit, 1956,
citado por Robert Faurisson en la segunda parte de Un grand faux temoin, en
Archive Faurisson, op.cit.).

 
El arma del crimen

Las mismas variantes turbadoras que existen sobre el número de víctimas
surjen, pero aún más intensamente, cuando se habla sobre los medios de dar
muerte a los judíos (jurídicamente: “el arma del crimen”).

*El New York Times del 3 de junio de 1942 habla de un “edificio de
ejecución” donde se fusilaban 1.000 judíos por día.

*El 7 de febrero de 1943, el mismo periódico habla de “estaciones de
envenenamiento de sangre” en la Polonia ocupada.

*En diciembre de 1945, en su libro Der letzte Jude aus Polen, Europa-Verlag,
Zurich, New York, p. 290 y ss., Stefan Szende hace entrar a los judíos en
una inmensa piscina a la que se pasa una corriente de alta tensión para
ejecutarlos. El autor concluye: “El problema de ejecución de millones de
hombres quedaba resuelto”.

*El Documento de Nuremberg P.S. 3311, del 14 de diciembre de 1945, indica en
un acta que las víctimas eran escaldadas en “cámaras de vapor ardiente”.

*Dos meses y medio más tarde (en febrero de 1946), el mismo tribunal
reemplaza las cámaras de vapor de agua hirviente por cámaras de gas. En
1946, Simón Wiesenthal añade una variante a las cámaras de ejecución: éstas
contenían zanjas para recoger la grasa de los judíos asesinados con el fin
de elaborar jabón con ella. Cada pastilla de jabón llevaba la inscripción de
RJF (“pura grasa judía”)(11). En 1958, en su libro La Noche, no hace ninguna
alusión a las cámaras de gas, pero en la traducción alemana (ediciones
Ullstein), la palabra “crematorio” no se traduce por Krematorium, sino por
“cámara de gas” (Robert Faurisson, Un grand faux temoin, segunda parte,
op.cit.).

 Hubo otras versiones: aquella de la muerte por cal viva repartida en los
vagones, versión del polaco Jan Karski que es autor del libro Story of a
secret State, The Riverside Press, Cambridge.

Pero las dos versiones más mediatizadas por la televisión, el cine, la
prensa y los libros de textos escolares son la ejecución por Zyklon B y la
matanza en camiones mediante una manipulación de gases de escape de sus
motores Diesel.

Pero en definitiva no se encargó ningún informe pericial, ni por el Tribunal
de Nuremberg, ni por ningún otro tribunal que tenía que juzgar en lo
sucesivo a los criminales de guerra, para determinar definitivamente cuál
había sido el arma del crimen.

Es en este punto donde aparece el ejemplo deplorable del campo de Dachau. La
película que “probaba” las atrocidades nazis proyectada en Nuremberg en el
curso del proceso mostró una sola “cámara de gas”. Esa era la de Dachau.
Posteriormente se organizaron visitas para turistas y colegiales a Dachau.
Actualmente, una pancarta discreta indica que allí nadie pudo haber sido
muerto por gas, ya que la “cámara de gas” no fue nunca acabada.

A los visitantes o peregrinos se les dice que las matanzas por gas tuvieron
lugar en el este, fuera del territorio alemán de antes de la guerra. Un
comunicado del ya citado Martín Broszat, de obediencia judía, miembro del
Instituto de Historia Contemporánea de Munich, publicado el 19 de agosto de
1960 (Broszat fue nombrado Director de ese Instituto en 1972) en Die Zeit
reconocía en efecto: “Ni judíos ni otros detenidos encontraron la muerte por
gas, ni en Dachau, ni en Bergen-Belsen, ni en Buchenwald”. Contradiciendo
así una vez más las “decisiones” de Nuremberg que se fundaron en la
existencia de “ejecuciones por gas” en los campos. Esta revelación tenía aún
mayor importancia, ya que una serie de “testimonios” de “testigos oculares”
habían afirmado la existencia de cámaras de gas en los campos y porque la
puesta en escena “reconstituyendo” la “cámara de gas” de Dachau era el
documento que más impresionaba a los visitantes.

Ante el Tribunal de Nuremberg, Sir Harley Shawcross menciona, el 26 de julio
de 1946, “cámaras de gas no sólo en Auschwitz y Treblinka, sino también en
Dachau…” (TMI, tomo 19, p. 4563.). “El aniquilamiento masivo de judíos por
gas comenzó en 1941-1942… sobre todo en el territorio polaco ocupado (pero
en ningún lugar del antiguo Reich): en Auschwitz-Birkenau, en Sobibor, en
Treblinka, Chelmno y Belzec.”

El carácter singular de la masacre de los judíos fue cuestionado por primera
vez en 1980 por un célebre periodista israelí, Boaz Evron: “… Como si esto
fuese una cosa que se sobreentiende, cada invitado notable es llevado de
visita obligatoria a Yad Vashem (museo israelí que conmemora el “Holocausto”
construido a base de fotos, como todos sus museos) … para que comprenda
bien los sentimientos y la culpabilidad que se esperan de él Pensando que
el mundo nos odia y nos persigue, nos creemos exentos de la necesidad de ser
contables de nuestros actos a ese respecto”. El aislamiento paranoico en
relación con el mundo y con sus leyes podía llevar a determinados judíos a
tratar a los no judíos como sub-hombres, rivalizando así con el racismo de
los nazis. Evron pone en guardia contra la tendencia de confundir la
hostilidad de los árabes con el antisemitismo nazi. “No se puede separar a
la clase dirigente de un país de su propaganda política, ya que ésta
representa parte de su realidad”, escribía. “Así, los gobernantes actúan en
un mundo poblado de mitos y de monstruos que ellos mismos han creado”.
Fuente: Boaz Evron: “El genocidio: un peligro para la nación” – Eton 77, Nº
21, mayo-junio de 1980, p. 12 y ss.

Por tanto hubo “testigos oculares” de “ejecuciones por gas” en los campos
tanto del Oeste como del Este (es lo que se llama la “memoria” sobre la que
se funda el mito del “Holocausto”). Para que se mantenga y se consolide en
la mente de millones de personas cuya buena fe es indiscutible, fue generada
ex profeso la confusión entre “hornos crematorios” y “cámaras de gas”.
Naturalmente existían en los campos pequeños hornos crematorios para
intentar frenar la expansión de las epidemias de tifus. El horno crematorio
no es un argumento suficiente: existen hornos crematorios en todas las
grandes ciudades, en París, en Londres, en todas las capitales importantes y
sus incineraciones no significan, desde luego, la voluntad de exterminar a
las poblaciones. Jorge Semprún, en el libro ya citado, menciona
permanentemente al crematorio de Buchenwald, pero en ningún momento, a lo
largo de sus casi 400 páginas, se refiere a las “cámaras de gas” ni a
ninguna otra arma del crimen. Por el contrario, se sobreentiende que ese
crematorio estaba para incinerar cuerpos de personas que habían muerto por
enfermedades como el tifus u otras de rápida propagación en grandes
poblaciones subalimentadas.

 Por tanto hubo que añadir a los hornos crematorios las “cámaras de gas” para
establecer el dogma de la exterminación por el fuego. Siguiendo las huellas
de los quemaderos de la Inquisición.

 Pero el argumento no se sostiene. Desgraciadamente para los mitómanos, a más
de cincuenta años de finalizado el conflicto, no aparece por ningún lado el
primer requisito, elemental para demostrar la existencia del mito: presentar
la orden estableciendo la aniquilación de los judíos. En los archivos, tan
minuciosamente llevados por las autoridades alemanas, que fueron
requisitados en su totalidad por los Aliados después de la derrota de
Hitler, no se encontraron ni los presupuestos referentes a esta empresa, ni
las directrices concernientes a la construcción y el funcionamiento de esas
cámaras, en una palabra, nada de lo que hubiese permitido emitir un dictamen
sobre el “arma del crimen” como en cualquier investigación judicial de
rigor. Nada de todo eso fue presentado.

Hay que señalar que después de haber reconocido oficialmente que no habían
existido homicidios por gas en el territorio del antiguo Reich, a pesar de
los testimonios de innumerables “testigos oculares”, el mismo criterio de
subjetividad de los testimonios aún no ha sido aceptado en lo referente a
los campos del Este, concretamente de Polonia. Incluso cuando estos
“testimonios” están tachados por las más legítimas sospechas.

La puesta en escena del Museo de Dachau permite engañar no sólo a miles de
niños que se llevaban allí para enseñarles el Dogma del Holocausto, sino
también a los adultos, como p.e. el Padre Morelli, un dominico, que escribió
Tierra de angustia (Ed. Bloud et Gay, 1947, p.15): “He puesto mis ojos
llenos de espanto sobre la siniestra ventanilla por la cual los verdugos
nazis podían ver de igual manera cómo se retorcían las pobres víctimas del
gas”. Y no hablemos de los antiguos deportados de Buchenwald o Dachau que se
dejaron sugestionar por la leyenda tan cuidadosamente alimentada. Un gran
historiador francés, Michel de Boüard, decano honorífico de la Facultad de
Caen, miembro del Instituto y antiguo deportado de Mauthausen, declaraba en
1986: “En la monografía sobre Mauthausen que he dado, hablo en dos ocasiones
de cámaras de gas. Llegado el tiempo de la reflexión, me he preguntado:
¿dónde he adquirido la convicción de que había una cámara de gas en
Mauthausen? No ha sido durante mi estancia en el campo, ya que ni yo ni
nadie sospechábamos que podía existir una cámara de gas; es por lo tanto un
`lastre’ que he recibido después de la guerra, cuando esto se admitía.
Después he señalado que en mi texto -mientras que apoyo la mayoría de mis
afirmaciones con referencias- no hay ninguna relativa a una cámara de
gas…”. Fuente: Ouest-France, 2 y 3 de agosto de 1986, p.6.

Ya antes escribía Jean Gabriel Cohn-Bendit: “Luchemos para que se destruyan
esas cámaras de gas que se muestran a los turistas en los campos donde, como
se sabe ahora, no existía ninguna, no vaya a ser que no se nos crea de que
estamos seguros”. Fuente: Libération del 5 de marzo de 1979, p.4

En la película que fue proyectada en Nuremberg ante el tribunal y todos los
acusados, la única cámara de gas que aparece es la de Dachau. El 26 de
agosto de 1960, el Sr. Broszat volvía a escribir en Die Zeit (p. 14) en
nombre del Instituto de Historia Contemporánea de Munich, de obediencia
sionista: “La cámara de gas de Dachau no fue jamás acabada y no ha
funcionado nunca”.

Después del verano de 1973, una pancarta frente a las duchas explica que:
“esta cámara de gas, camuflada como sala de duchas, no fue nunca puesta en
servicio”. Añadiendo que los prisioneros condenados a la ejecución por gas
fueron trasladados al Este. Pero la “cámara de gas” de Dachau es la única
que fue presentada en fotografía a los acusados de Nuremberg como uno de los
lugares de exterminación masiva, y los acusados se lo creyeron, a excepción
de Goering y Streicher.

 
Conversaciones con Ernst Nolte

 Los siguientes son conceptos de Ernst Nolte, Puntos de discusión.
Controversias actuales y futuras alrededor del nacionalsocialismo(12).

“La crítica de números excesivamente altos no es sólo una característica de
la literatura de los revisionistas radicales, pues ya Gerald Reitlinger
había evaluado el número total de las víctimas de la solución final en 4,5
millones refutando así el número de los 6 millones, que Martin Broszat
llamaba “simbólico”. Una corrección prácticamente oficial de las
indicaciones numéricas se ha realizado recientemente, cuando el número de
“cuatro millones” en la lápida conmemorativa del campo de Auschwitz se
redujo a un millón. El conocido experto israelí Yehuda Bauer admitió, en
principio, esta reducción, no obstante, resulta misterioso por qué
estableció en sus publicaciones anteriores el número de las víctimas de
Auschwitz entre un millón y tres millones y medio, manteniendo el número
total de víctimas en 5,8 millones” (p. 312).

 “Después de la guerra, a la vista de tantas víctimas, es comprensible que
para las víctimas potenciales aun mucho más numerosas y las no víctimas sólo
podía existir una opinión: que el nacionalsocialismo haya cometido los
crímenes más horrendos de la historia del mundo, es más, que el “mal
absoluto” había llegado a existir. Frente a crímenes singulares, es decir
crímenes únicos, incomparables incluso frente al “mal absoluto”, la ciencia
se tiene que callar. Su principio más elemental está en tela de juicio: que
todos los fenómenos humanos guardan una relación con otros fenómenos, que
deben comprenderse a partir de estas relaciones, que todas las reacciones
espontáneas y emocionales – por muy poderosas que sean- deben distanciarse
del pensamiento científico objetivo y que en ningún caso deben adoptarse
“simplemente” (p.15).

 Estuve reunido con Ernst Nolte un total de unas ocho horas en Brunsmark, un
pequeño pueblo alemán de Schleswig-Holstein, los días 20 y 24 de junio de
1997. Para mí fue una experiencia particularmente interesante porque no sólo
viajé a Alemania para ese encuentro con el célebre historiador. Volví a ese
país que tanta influencia tuvo sobre mis propias percepciones culturales,
con grandes expectativas centradas en el futuro político europeo. La última
vez había estado sólo en Ost-Deutchland, en Berlín Oriental y otras ciudades
de la ex República Democrática, en 1989, pocos meses antes de la caída del
muro. Curiosamente, mis anfitriones me habían llevada a Buchenwald, que ya
se había convertido en un grotesco “museo de la memoria”. Y, por supuesto,
no vi ningún “arma del crimen”, ni siquiera convertida en chatarra de la
memoria. Créase o no, había en el Buchenwald que yo visité una extensa
galería fotográfica -la “memoria” siempre queda reducida a una fotografía-
que incluía a criminales de guerra, hasta llegar al mismísimo general
Pinochet. No había en ella, por supuesto, ningún “soviético”.

 Las muchas preguntas y respuestas que nos hicimos y que nos dimos
respectivamente, Nolte y yo, en esas ocho horas de conversaciones, sirvieron
para definir dos posiciones distintas y sobre todo, dos situaciones
diferentes. Nolte es un profesor universitario alemán, es decir, un
intelectual orgánicamente dependiente de una institucionalidad de posguerra,
que ha llevado al límite un pensamiento sin romper en ningún momento con esa
institucionalidad. No hay en Nolte ni una molécula de “subversión cultural”.

 En cuanto a las definiciones, afirma que lo sucedido en la Alemania
nacionalsocialista en torno a la “cuestión judía” no fue ciertamente un
“Holocausto”, pero sí un “genocidio específico”. Ni la mitofilia ni el
revisionismo “negacionista” son posiciones aceptables para Nolte. Una porque
transforma en absoluta una situación que en definitiva es “histórica”, es
decir, “humana”. La otra porque “niega” hechos que, según él, efectivamente
ocurrieron, aunque no en la escala que sostienen los constructores del Mito.
Pero sobre todo es inaceptable -reconoce- que sobre esa construcción se
elaboren políticas en el presente. Sin embargo, el “terrorismo” árabe tiene
su parte de culpa, según Nolte, ya que provoca “reacciones” desmedidas por
parte de los judíos. En definitiva, se debería confiar y apoyar el
crecimiento político de los judíos “racionalistas”.

Traté de explicarle mi posición. La organización actual del judaísmo,
jerárquica y vertical, no acepta “críticas”. Reacciona contra el crítico de
manera total, totalizadora. Por lo demás, no es posible hablar de la
sociedad israelí como si fuese un bloque. Su crisis interior es cada vez más
aguda y, en este momento, es necesario replantearse la cuestión de las
“guerras civiles judías”. La reciente experiencia de la OLP de buscar el
reconocimiento judío-norteamericano por encima de todo, está conduciendo al
pueblo palestino a la derrota más dramática de su historia.

 Sobre la tesis de mis últimos dos libros, preguntó:

 -¿Tiene usted pruebas para afirmar que los atentados de Buenos Aires fueron
efectivamente autoatentados, y no una acción del terrorismo árabe?.

 Le respondí:

-No soy yo quien debe aportar las pruebas, sino la acusación judicial. Mi
trabajo es hacer un análisis político de la coyuntura argentina, y
relacionarlo con el proceso de crisis que en esos momentos se vivía dentro
del Estado de Israel, que en definitiva condujo al asesinato de Rabin y al
triunfo electoral de Netanyahu. Mi trabajo es asegurar que existe una
completa continuidad racional entre todo un conjunto muy amplio de
situaciones complejas que ocurren casi simultáneamente en puntos muy
distantes del planeta. Y de asegurar además que esa continuidad racional sea
realmente explicativa, en el sentido lógico del término, en el sentido de
una lógica histórica. De hecho, quienes tenían que aportar pruebas aún no
las han aportado. Han transcurrido cinco y tres años, respectivamente, de
ambos atentados. Al día de hoy no existe ningún acusado de estar implicado
directamente en los sucesos. Existen sólo pruebas circunstanciales
insostenibles contra algunos detenidos. Pero lo que sí existe es un estudio
de ingeniería, realizado por la Academia Nacional de Ingeniería y solicitado
por la Corte Suprema de Justicia de mi país, que afirma sin vacilaciones que
la explosión de 1992 ocurrió dentro del edificio de la Embajada de Israel. Y
como usted comprenderá ningún “terrorista árabe” tiene la capacidad mágica
de introducir un volumen tan grande de explosivos en ninguna Embajada de
Israel en ninguna parte del mundo. Además existen sospechas razonables,
basadas en estudios técnicos impecables, de que la segunda explosión también
ocurrió dentro del edificio de la AMIA. Y, por supuesto, se sabe que no son
los primeros casos de terrorismo intrajudío desde 1947.

El profesor Nolte quedó atónito ante mi afirmación de que no sólo no hay
acusaciones concretas sino que tampoco hay detenidos directamente
relacionados con los atentados, en un caso donde se juega la credibilidad de
los más importantes servicios de inteligencia occidentales, además de la del
propio Mossad, que son los principales “acusadores”.

Pero su sorpresa no terminó allí. En un principio él estaba convencido de
que lo mío era un típico “antisemitismo de izquierda”. Cuando en la segunda
reunión había terminado de leer los originales de mi libro tuvo algunas
dificultades de interpretación. Una gran parte de mi elaboración conceptual
no encajaba dentro de sus esquemas. Desarrollé mi visión del peronismo
original y del relevante papel que había jugado Eva Perón. Y señalé
conexiones ideológicas importantes entre el peronismo y la Weltanschauung de
algunas corrientes islámicas contemporáneas, especialmente la similar idea
de “revolución social”, no tanto orientada a la desestructuración cuanto a
la reestructuración de lo existente.

Nolte por su parte insistió en la necesidad de comprender la historia
alemana de este siglo como un proceso “lógico” y no como el resultado de la
ingerencia de factores “demoníacos”. En ese punto estuvimos plenamente de
acuerdo. También en el segundo encuentro ya había leído todas las citas de
sus obras que se mantienen en la versión final del presente libro. Aprobó la
meticulosidad con que fueron hechas, aunque me pidió que informara al lector
que esas citas no expresaban la totalidad de su pensamiento sino sólo una
parte -aunque significativa- del mismo.

Afirmó que mi trabajo respondía a los cánones científicos y académicos
universalmente aceptados en lo que respecta a la calidad de las citas y a su
articulación con el propio pensamiento, al que calificó de “necesario”,
aunque diferente al suyo. Señaló el hecho de que ambas formas de trabajar
son “necesarias”, aunque subrayó que él no buscaba la confrontación sino el
“diálogo”.

-¿Con quién?, pregunté.

-Con los intelectuales más representativos del “racionalismo judío”,
insistió.

En otro contexto, Nolte comete los mismos errores de interpretación que
Edward Saíd: pensar que con el judaísmo puede existir un diálogo entre
iguales. Un diálogo similar al que existió entre Nolte y yo durante aquellas
intensas ocho horas.

Fue a partir de ese momento cuando comprendí el significado de Nolte dentro
de la cultura alemana de posguerra y, especialmente, el valor de su trabajo
dentro de una sociedad hiper-opresiva, en la cual el pensamiento libre sobre
“ciertos temas” está no sólo prohibido sino además duramente penalizado.
Quedé abrumado cuando habló de su soledad, de que su “mundo intelectual”
estaba en Italia y no en Alemania.

Después de meditar durante días la experiencia de mis encuentros con Ernst
Nolte comprendí su posición dentro de la cultura institucional alemana.

Antes escuché a mis amigos, que me hablaron de los estudios de sus hijos, a
los que siguen machacando -en cada escuela alemana, en cada Gymnasium, en
cada Universidad- con la imagen de los “seis millones” (exactamente dentro
de los cánones elaborados por las películas de Hollywood), y a ellos mismos,
aceptando la culpa alemana como una situación de hecho por ahora
inmodificable.

Luego pude ver la construcción del nuevo Berlín, una “Brasilia” que surge
como continuación del plan urbano diseñado en tiempos de Federico el Grande
y sus sucesores, integrando una arquitectura ultramoderna de “capitalismo
avanzado” en el antiguo diseño de la ciudad. Ese nuevo Berlín será sin duda,
a partir del año 2000, la inmensa capital de Europa, pero estará habitada
por hombres y mujeres que desconocen su propia historia. Será un gran centro
urbano sin alma. Pero determinará una clara orientación hacia el Este. Será,
en definitiva, una contradicción para la que hoy no existen soluciones.

Dentro de los límites de la opresión cultural alemana, dentro del molde de
la horrorosa cultura alemana de posguerra, Ernst Nolte desarrolló una obra
extraordinariamente positiva. Fue y es atacado porque muchos no le
perdonarán el grave “delito” de haberse introducido, aunque sea en parte, en
un territorio prohibido. Escribió un libro capital, La guerra civil europea,
que constituye un texto cuya lectura es absolutamente imprescindible para la
comprensión del mundo contemporáneo, y no sólo del mundo occidental
contemporáneo. La guerra civil europea marca un antes y un después en la
historiografía europea. La arquitectura de la obra es magnífica, porque está
impulsada por una idea renovadora: el estudio relacional entre dos procesos
históricos complejos, el soviético y el nacionalsocialista, durante un
período afectado por un cataclismo histórico. No por una simple lucha
política y militar. Lo que estuvo en juego fue el intento prometeico de
construir un “nuevo hombre”. Hoy el escenario está cubierto de sombras, nada
más que de incertidumbres. A partir de Nolte, ya no será posible acercarnos
a la historia de este siglo como si en ella se hubiese dirimido un duelo
entre el bien y el mal. Su trabajo nos demuestra, sobre todo, que la
historia de este siglo aún no ha sido escrita. Y ello justo en un momento en
que nuevos actores se aproximan al escenario.

Sin embargo, tanto Nolte como Alemania siguen viviendo, incomprensiblemente,
bajo el signo de la “fatalidad” histórica. Aceptan la acción destructora del
Mito como un cataclismo natural que erosiona día a día la salud moral de la
sociedad y, por lo tanto, su capacidad espiritual para enfrentarse con el
futuro. Para una mayoría de la población y para un número insólitamente alto
de sus intelectuales, siguen siendo válida la sentencia escrita en la
fachada principal de la “Iglesia del Recuerdo” de Berlín, conservada
semidestruida desde los bombardeos británicos producidos en la noche del 23
de noviembre de 1943.

“En memoria de Guillermo I, Rey de Prusia y Emperador alemán, se construyó,
bajo el reinado del Emperador Guillermo, la primera
‘Kaiser-Wilhelm-Gedächtniskirche’ con donaciones procedentes de todo el
pueblo alemán. Durante la Guerra Mundial -en la noche del 23 de noviembre de
1943- fue destruida en un bombardeo aéreo. La torre de la iglesia será un
recordatorio del juicio de Dios que en los años de guerra cayó sobre nuestro
pueblo.”(13)

Una acción genocida practicada contra el pueblo alemán por agentes
históricos muy concretos, y a partir de la utilización de estrategias y de
tecnologías militares también muy concretas, es recordada como una pura
culpa alemana, como la venganza del “destino” contra Alemania, como el
“juicio de Dios”.

Esta situación opresiva que vive hoy la Alemania “castigada” por un Dios
yahvítico, expresa puntualmente la hegemonía teológica que desde la
finalización de la segunda guerra civil europea ha logrado sobre todo
Occidente la Biblia Judía o Antiguo Testamento.

Es ese Libro que ha inaugurado el concepto de culpa colectiva. La culpa
colectiva está relacionada estrechamente con la idea bíblica del pecado
original, es decir, con la idea de que existen pecados que se transmiten por
la vía de la herencia, generación tras generación. Esos pecados, además,
adquieren su verdadero significado en la vida colectiva -y no tanto en la
individual. El pecado original hace de un grupo de hombres, culpables sin
culpa propia. “La culpa, concebida de esta manera, que es la ortodoxa, es
como la deuda de sangre dentro de un sistema de linajes. La paga cualquier
persona del linaje… La ley de la sangre es una ley que tiene vigencia
entre los judíos. La noción de pureza e impureza, vinculada a creencias
religiosas, también. En el Deuteronomio se lee que no entrarán en la casa de
Dios ni los bastardos, ni los ammonitas y moabitas, incluso en la décima
generación. En el mismo libro se ordena al israelita a que no dé sus hijos a
los hijos de otra gente, que no tome las hijas de aquellos como esposas.
Mezclar la raza santa con otras es manchar su sangre, según el Libro de
Esdras”(14).

Sobre la culpa así concebida, Daniel Jonah Goldhagen, un judío
norteamericano de origen alemán, en un libro que llegó a ser un best-seller
en la propia Alemania durante 1997(15), llega a decir que los alemanes son
una “raza antropológicamente distinta”, proclives al crimen a nivel masivo.

“El Holocausto representa una ruptura radical con toda la historia humana
anterior, con toda forma anterior de práctica política humana. Constituye un
conjunto de acciones y una orientación de la imaginación completamente
extrañas, tanto de los fundamentos de la civilización occidental moderna, la
del Iluminismo, cuanto a las reglas éticas y sociales, cristianas o laicas,
que gobernaron hasta ahora a las sociedades occidentales. De allí que se
pueda pensar que el estudio de la sociedad que ha producido ese evento no
imaginado, e inimaginable, exige el cuestionamiento de la hipótesis de una
semejanza entre esa sociedad y la nuestra. Se debe reexaminar la creencia
según la cual esa sociedad participa de las orientaciones económicas
racionales, que son la base de concepciones tanto cultas como populares
sobre la naturaleza de nuestras sociedades. Ese nuevo examen revela que si,
efectivamente, una parte de la sociedad alemana en cuestión es un reflejo
exacto de la nuestra, existen, sin embargo, en su seno zonas importantes de
diferencia absoluta… En toda la historia alemana, la cuestión del
antisemitismo de los alemanes es ciertamente lo que le otorga una gran
necesidad a una tal reevaluación antropológica” (p.38).

 
La construcción y la destrucción del Mito

Mitófilos y “revisionistas”. Memoria versus Historia

 Existe ya en Alemania, en Inglaterra, en Francia y en los Estados Unidos,
una extensa bibliografía sobre el “Holocausto” y su contexto. Lo que llama
poderosamente la atención del observador, es que lo que en verdad no existe,
al menos hasta el día de hoy, es ninguna respuesta racional de los mitófilos
-judíos o no judíos- ni a los revisionistas anglo-alemanes ni a los
“negacionistas” franceses, como ellos mismos los llaman.

Ello demuestra fehacientemente que la construcción del mito, el laborioso
trabajo de los mitófilos, desde su padre fundador Elie Wiesel, no tiene
ninguna estructura sólida, documental (documentada, en los términos
racionales que exige la ciencia histórica), sino que se realizó
exclusivamente a base de Memorias de judíos célebres y, lógicamente,
supervivientes o amigos de supervivientes.

El célebre historiador judío-francés Pierre Vidal-Naquet(16) percibe el
problema de la contradicción que se plantea entre la “memoria individual” y
la historia documental. Admite que la memoria “puede cortarle el paso a la
historia” (documental o documentada). El problema es que la memoria actúa en
un ámbito puramente individual. Es la subjetividad de la historia. Y plantea
una pregunta para la cual no tiene respuesta: “¿Cómo se pasa de esta intensa
subjetividad a la historia? Existe una historia que se construye contra la
memoria. Quien haya emprendido la redacción de sus recuerdos sabe que corre
el riesgo constante de caer en el error, que los meses y los años se
confunden. Dado que se puede verificar, el documento escrito y fechado se
impone al recuerdo subjetivo”.

En cambio, el razonamiento de los revisionistas alemanes y norteamericanos,
y el de los “negacionistas” franceses (según son calificados por el
establishment judío-francés), tiene un desarrollo documental claro y
explícito, en total correspondencia con la ciencia histórica.

Los mitófilos judíos y no judíos han tenido que admitir que las cifras de
muertos originalmente instaladas en la conciencia occidental por el poder
formidable de los mass media no se corresponde, ni remotamente, con la
realidad. Es que la idea de los “seis millones” venía siendo elaborada por
el sionismo de Londres (Consejo Mundial) mucho antes de comenzar la “segunda
guerra civil europea”. Era el “número cabalístico” que ese sionismo
necesitaba para impulsar la construcción de un Estado judío en una tierra
usurpada, en Palestina (mejor dicho, Canaán), con el único argumento “legal”
de la “palabra de Dios” expuesta en un libro claramente falsificado por los
escribas hebreos: El Antiguo Testamento. Era el dato básico que finalmente
conmovería al Occidente anglo.

Holocausto, recordemos, fue una palabra exclusivamente inventada por, pero
sobre todo para judíos(17) en la etapa pre-yahvítica, la etapa de los
sacrificios a los dioses finalmente expulsados del Templo, para que los
“hechos” que pretende representar el concepto estén eternamente ubicados en
el reino de la mitología. Ya hemos visto que Nolte utiliza el latín
“numinosum” (numen) que designa, según el Diccionario de la Lengua Española
editado por la Real Academia), un nivel “donde habitan los dioses adorados
por los gentiles”; es decir, un “lugar” mucho más allá del alcance de la
crítica humana y, en todo caso, apriorísticamente favorable a los
“gentiles”, ya que allí habitan sus dioses.

Cuando esa “crítica humana” (“revisionista” o “negacionista”) escapa al
control admitido por la torturada conciencia occidental, se la reprime, es
decir, se le aplican controles administrativos. De hecho hoy no existe -ni
podrá existir jamás- una “crítica de la crítica”, porque la mitofilia es una
pura “memoria”, carente en absoluto de estructrura documental sólida. En
Alemania, ya lo hemos visto, la dictadura cultural del judaísmo es total, y
actúa bajo la forma de la autocensura previa y, también, bajo la forma de la
represión institucional. En Francia (Ley Gayssot-Fabius, del 13 de julio de
1990), y en otros países judaizados, como la Argentina, por ejemplo, existen
leyes humanas legisladas por humanos “representantes del pueblo”, que son
las encargadas de canalizar esa represión, cuando la misma se desarrolla por
cauces no violentos, es decir, cuando en el “proceso” al “disidente” no
intervienen bandas armadas judías organizadas por el Mossad y destinadas a
reprimir físicamente al “provocador”.

La discusión cuantitativa sobre el Holocausto tiene sentido en los tiempos
que corren. Tiene una enorme significación saber el número exacto de muertos
judíos y las causas exactas de su muerte. Ya que ello nos llevará hacia lo
que hoy verdaderamente importa, que es evaluar el enorme daño que ha
provocado el Mito del Holocausto, y no la supuesta realidad que ese mito
pretende expresar.

Pierre Vidal-Naquet, en la obra ya citada, p.276, concuerda en la
inexistencia de “cámaras de gas”; admite a regañadientes que los estudios
realizados por químicos de diversos países y distintos orígenes ideológicos
-especialmente por los científicos a-ideológicos- son de suma importancia, y
que todos ellos son de hecho “negacionistas”. No hay restos de gas en las
ruinas de los campos. Ningún experto en gases está hoy en condiciones de
afirmar que las famosas cámaras hayan realmente existido. P. Vidal-Naquet,
al aceptar el dato científico, dice que esos estudios son algo así como la
arqueología de la historia reciente. “Sería un grave error poner mala cara
ante una conquista científica como el hecho que a las cifras de un
testimonio tan importante se les debe aplicar un coeficiente de división por
cuatro (seis millones dividido por cuatro). Al renunciar a las cifras falsas
no se atenúa el crimen de los nazis. El problema del número exacto de las
víctimas no es esencial”.

Nosotros pensamos que sí es esencial que un historiador judío tan importante
como Pierre Vidal-Naqué admita el hecho de que hay que dividir por cuatro.
Entre 6 millones de muertos y 1,5 millones sí hay una diferencia esencial.
La primera cifra corresponde a un proyecto que nunca existió y que luego se
transformó en Mito, la segunda a bajas relativamente normales dentro de una
guerra terrible, en la cual los judíos fueron oficialmente parte
beligerante.

Al Mito de los “seis millones” se lo ha sacralizado “hasta el punto de
convertirlo en objeto de ritos, celebraciones y toda una orquestación
religiosa. El historiador sabe reconocer lo sagrado como objeto de estudio;
no puede participar de él, bajo pena de caer en la impostura. El
razonamiento encerrado en sí mismo es signo de mito, no de historia” (Pierre
Vidal-Naquet, op.cit., p.266).

Occidente sigue tratando al mundo árabe, por ejemplo, como si hubiese sido
socio del Tercer Reich, cuando en rigor de verdad en aquellos años no
existía un mundo árabe políticamente organizado; es decir, un mundo árabe
propiamente dicho, tal como se lo percibe en la actualidad. Occidente sigue
pensando que el monoteísmo del Islam, que hoy abarca a más de mil millones
de fieles en todo el mundo, es una vulgar super-banda de forajidos -como
dice Samuel Huntington- cuyo único objeto es destruir a los “pobres judíos”
y a la totalidad del “mundo occidental”, nada menos.

Vista desde un ángulo occidental, la historia contemporánea (desde la última
posguerra civil europea) del mundo árabe comienza en la Alemania de los años
30. Este es un desafío aceptable para nosotros, y es por ello que hemos
insistido en el análisis del Mito del Holocausto, es decir en la
implantación en Oriente Medio del Estado judío, que es un hecho totalmente
ajeno a la evolución “natural” de la historia árabe, propiamente dicha.

Toda esa perversión de la conciencia occidental, que luego se canaliza a
través de políticas aberrantes, es decir, equivocadas, tiene un único y
mismo origen: el Mito del Holocausto. Eso es lo que hoy realmente importa:
destruir ese maldito Mito que ya ha provocado, sobre un pueblo inocente y
totalmente ajeno a los hechos originales desarrollados durante la segunda
guerra civil europea (suponiendo siempre que ellos hayan realmente
existido), más daño, sangre y sufrimiento de los que hipotéticamente provocó
el antijudaísmo del nacionalsocialismo, aun en las hipótesis más favorables
a los mitófilos.

El mito del “Holocausto” y la potencia militar del Estado judío.

La continuidad de una acción diplomática europea en sus “gestiones de paz”
(Moratinos, 1997)(*), como si el mundo árabe y el Estado Judío tuviesen el
mismo nivel de responsabilidad en este larguísimo conflicto(18), y aun
después del re-inicio práctico de la rejudaización de Jerusalén (abril de
1997), y de la apropiación de hecho de más de la mitad de Cisjordania por
parte del Estado Judío(19), constituye una evidencia decisiva del enorme
empuje inercial logrado por la acción psico-teológica combinada entre los
Estados Unidos e Israel, actuando sobre la (mala) conciencia europea(20).
Así, “… el retorno de Israel a la Tierra Santa aparece como el evento
central de una aventura humana de dimensiones universales” (Corm, op.cit. en
nota 1). Europa percibe -y es obligada a percibir- que en el Retorno de
Israel está en juego no sólo la supervivencia psíquica y moral del pueblo
judío, sino también la de la humanidad.

El progreso de la potencia y de la seguridad israelí a partir de 1967 fue un
proceso paralelo al desarrollo de la construcción del mito del Holocausto en
el mundo occidental. “La victoria de 1967, que permite la conquista de la
parte árabe de Jerusalén y la Cisjordania, aparece como un signo de
asentimiento divino. La crítica al Estado de Israel y a su política en
resguardo de sus vecinos árabes, en la medida en que ese Estado se erige en
una gran potencia regional, deviene de más en más difícil” (Corm, p. 234).
La construcción del mito necesitó del fortalecimiento militar del Estado de
Israel a partir de 1967. Hubo, con prolongada anterioridad, un tiempo de
preparación. Cristalizó después de más de veinte años desde la finalización
de la segunda guerra civil europea.

El significado que pretende otorgarle el judaísmo a Auschwitz y a Treblinka
se estructura en los Estados Unidos de América y no en Europa. El resultado
de esta operación de guerra psicológica se llamó, en los comienzos ya de la
década de los 70, Holocausto. Hasta los comienzos de los años 60, el
Holocausto no tenía ninguna significación incluso para la propia sociedad
israelí. Sólo en 1959 el parlamento israelí define “… las reglas de
observación del Día del Holocausto, reglas destinadas por la Knesset a
reavivar la memoria ante la indiferencia general del público. Hasta ese
momento no había en las calles de Israel ningún signo visible de
conmemoración. Ese día funcionaba como cualquier otro día, las radios no
difundían ningún programa especial. Los escritores hebreos en los años 50
ignoraron simplemente el Holocausto. Los programas escolares no hicieron
mención de él hasta los años 60″(21).

Ese era el panorama interno de Israel hasta los años 60. Pero una cosa muy
distinta era la utilización del “Holocausto” hacia afuera. “El símbolo del
Holocausto representa la deuda del mundo con Israel… (ya que) hasta los
mejores amigos del pueblo judío se limitaron en proporcionar a los judíos
europeos una ayuda poco significativa para su salvación… en consecuencia
todo el mundo libre… debe ayudar a Israel en el plano diplomático, militar
y económico”(22). El ya citado escritor israelí Boaz Evron señala: “La
‘conciencia del Holocausto’, declinante en la década de 1950, fue reavivada
por el juicio a Eichmann. Aunque, ciertamente, se hubiera reavivado, de
todos modos, hay una diferencia entre la reavivación espontánea -causada por
el deseo de comprender el pasado y, desde éste, el presente-, y la ‘campaña
de reanimación’ de la propaganda oficial con sus consignas vacías y una
distorsionada visión del mundo, cuyo verdadero objetivo no es enfrentar el
pasado sino manipular el presente. El Holocausto fue utilizado como una
poderosa herramienta por los líderes israelíes y conductores judíos del
exterior para organizar y poner un control policial a la comunidad judía en
la diáspora, primero y por encima de todo en los Estados Unidos. Esto se
hizo explotando y cultivando el sentimiento de culpa de los judíos
norteamericanos por no haber hecho más para impedir el Holocausto…”

Y continúa Boaz Evron, en el trabajo que estamos citando(23) editado en mayo
de 1980: “Ese sentimiento de culpa es manejado de diversas maneras. Israel
es presentada a los judíos norteamericanos como expuesta a permanentes
peligros de aniquilación por parte de los Estados árabes que la rodean, pese
al hecho de que Israel es mucho más fuerte que ellos y no enfrenta ningún
peligro militar de su parte. De este modo se da a estos judíos la
posibilidad de mitigar su culpa al permitirles apoyar política y
económicamente a Israel ‘para impedir un segundo Holocausto’… La
transferencia de fondos judíos (y no judíos) norteamericanos desde los
Estados Unidos a Israel se hace sin que los donantes tengan nada que decir,
ni siquiera el derecho a criticar, sobre la manera en que dichos fondos son
gastados… La memoria del Holocausto constituye uno de los principales
medios para que el régimen israelí establecido controle a la judería de la
diáspora, utilizándola como un instrumento de la política exterior israelí,
y también como un medio de presión moral sobre el mundo no judío…
Identificar a los nazis con los árabes, en general, y con los palestinos, en
particular, juntamente con la continua memorización del peligro del
Holocausto, causa una reacción histérica en el israelí medio”.

Gran parte del Holocausto se fundamenta en las memorias personales de Elie
Wiesel (Ver: Un grand faux temoin: Elie Wiesel, Robert Faurisson, 1988 y
1992, en Archive Faurisson, op. cit.), a quien en 1979 el entonces
presidente norteamericano Jimmy Carter, primer jefe de Estado de ese país en
visitar Israel, nombra presidente de una comisión para la edificación de un
monumento en memoria de los supervivientes del Holocausto. Pocos años antes
de esa fecha comienza a desarrollarse en los Estados Unidos(24), el
principal aliado israelí, una campaña febril. Se emiten programas
televisivos, films, publicaciones, etc. Por una ley del Congreso
norteamericano se crea el Consejo de la memoria del Holocausto, con
capacidad para crear un museo y dirigir programas de investigación y de
educación. En su versión original el Holocausto es, claramente, el resultado
de la política exterior norteamerica sobre el Oriente Medio, que luego se
universaliza en la escala exacta que tiene la presencia del judaísmo en la
casi totalidad del “mundo occidental”.

Raul Hilberg, en sus trabajos: La destruction des Juifs d’Europe y La
politique de la mémoire, señala, sin embargo, que la imagen del Holocausto
construida por el judaísmo a la medida exacta de las necesidades
estratégicas de Washington, recién arraiga en la sociedad norteamericana a
partir de la guerra de Vietnam. Sólo a partir de allí, según Hilberg, surge
una nueva generación americana en “… busca de certidumbres morales”. Fue
así que el Holocausto devino “… en el mal absoluto a través del cual se
podía medir y juzgar todas las otras transgresiones en el comportamiento de
las naciones”(25). Se convirtió en una formidable herramienta estratégica
para establecer un orden mundial unipolar, ya que ella predice la capacidad
que de inmediato se autoadjudica la potencia hegemónica para administrar la
justicia en el mundo(26).

Fue también, y sobre todo, el instrumento utilizado por los EUA para
establecer y consolidar su hegemonía estratégica sobre Europa. Elie Wiesel
fue galardonado con el premio Nobel de la paz en 1986. Parafraseando al gran
García Márquez(27), el recordado autor de Cien años de soledad, podríamos
decir que si hubiese existido un premio Nobel de la guerra psicológica,
también lo hubiese ganado el señor Wiesel. En su discurso en la Casa Blanca,
aceptando presidir la Comisión creada por Jimmy Carter, es el propio Elie
Wiesel quien se encarga de ubicar al Holocausto recién construido en un
punto inalcanzable en el horizonte de la humanidad. No sólo en el mal
absoluto, en el sufrimiento de los sufrimientos, en lo único; sino también
en lo absolutamente irrebatible, en el “numinosum”, en un nivel ubicado
mucho más allá de la crítica humana(28).

La vinculación entre los Estados Unidos e Israel, sustentada en el mito del
Holocausto, llega a extremos patológicos en el campo militar (reforzamiento
del potencial judío en Oriente Medio). La ayuda militar norteamericana al
Estado judío es de unos 5.000 millones de dólares anuales, cifra que le
permite a Israel mantener un nivel permanente de superioridad militar en la
escala regional. Pero el hecho verdaderamente aberrante es que los EUA
permitieron, el 11 de mayo de 1995, que Israel no firmara el Tratado de No
proliferación Nuclear (TNP). De tal manera que ese país, con la complicidad
explícita de Washington, es la única potencia nuclear “autorizada” en la
región, ya que todos los países árabes son signatarios del TNP(29).

 
La hermenéutica posmoderna o la judaización del cristianismo

 El proceso de canonización del Holocausto culminó recién 20 años después de
finalizada la segunda guerra civil europea. Pero ya en 1947 se descubren,
milagrosa pero sobre todo oportunamente, los llamados “Manuscritos del Mar
Muerto”, en las cuevas de Qumrán, en un territorio que sería finalmente
absorbido por el Estado judío (Desierto del Néguev) a partir de la
Resolución 181 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, “recomendando
un plan de partición de Palestina” (22 de noviembre de 1947). El
descubrimiento no podía ser más oportuno, ya que coincidió con la fundación
del Estado de Israel, y por ello no se puede dejar de pensar que ha sido un
verdadero milagro yahavítico, ya que a partir de esos documentos se impulsa,
con renovado vigor, la idea por la cual el judaísmo constituye el marco
obligado de referencia del cristianismo primitivo. “Los descubrimientos del
Mar Muerto y los estudios de los últimos años han contribuido a redescubrir
la matriz en la que se gestó el cristianismo: el mesianismo apocalíptico
judío y, más en general, el conjunto de las tradiciones del judaísmo”(30).

Los análisis existentes sobre el texto bíblico y los comparativos entre los
textos del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento son de una complejidad
tal que es imposible reproducirlos en este lugar. Sin embargo, en todos esos
procesos analíticos hay un punto en el cual se plantea una divergencia
capital entre visiones diferentes, y resulta evidente, aun para los no
especialistas, que esa divergencia en las interpretaciones tiene también una
correspondencia directa con las proyecciones estratégicas de las distintas
coyunturas políticas.

La “historia” de Israel que relata el Antiguo Testamento es, en un sentido
estricto, una historieta. No es una historia sino una mitología, como
siempre fue entendido por el catolicismo tradicional. El mismo método
mitificador fue utilizado en este siglo para canonizar al “Holocausto”. Es
por ello que la crítica al judaísmo debe incluir al Antiguo Testamento. Debe
partir de la Torah. Es decir, debe partir de una definición de judaísmo que
se atenga a la realidad: es un hecho totalizador y totalitario: teológico,
racial, económico, histórico y estratégico. Y ello, afortunadamente, es muy
bien percibido por las corrientes católicas y cristiano-orientales
resistentes al posmodernismo.

Las “palabras de Jesús” constituyen una ruptura total con la tradición
judía. El misterio de Jesús no debe ser considerado como una tentativa de
reformar el judaísmo desde una supuesta secta judía (la de los cristianos):
Jesús aporta un elemento absolutamente diferente que no puede ser
reconciliado con el judaísmo. Jesús revela un Dios que es esencialmente
distinto al que nos muestra el Antiguo Testamento. El hijo de Dios y la
Virgen María han sido y volverán a ser la frontera infranqueable entre
judaísmo y cristianismo.

Es a partir de la finalización de la segunda guerra civil europea que
comienzan a ser rechazadas las interpretaciones bíblicas de la escuela
alemana, según las cuales las raíces del cristianismo son helénicas y no
judías. Interpretación que estuvo en correspondencia más o menos estrecha
con la mayoría de los teólogos de las Iglesias cristianas orientales,
quienes han reconocido en los textos griegos del Nuevo Testamento el
sustrato arameo de la lengua hablada por Jesús y sus discípulos, incluidas
las palabras arameas exactas pronunciadas por Jesús en su agonía.

En definitiva, como en otros tantos campos de la ciencia y de la vida
política misma, la marcha del mundo a partir de la última posguerra
aconsejaba la creación de un nuevo monoteísmo (“monoteísmo de mercado”, lo
llama Roger Garaudy) a partir del acercamiento, absorción y reestructuración
del cristianismo por el judaísmo. Tarea que es una imposibilidad teológica,
pero que, sin embargo, ha avanzado mucho en el plano político e
institucional.

No es la primera manipulación teológico-estratégica que el judaísmo realiza
sobre el cristianismo. Muchos intelectuales del mundo árabe y musulmán
destacan que las llamadas “cruzadas de la cristiandad” fueron operaciones
militares ejecutadas por los cristianos pero planificadas y financiadas por
los judíos europeos, que buscaban ubicarse detrás de los ejércitos
cristianos para retornar a la Tierra Santa.

Primero el mundo de la posguerra y, luego, con mucha más fuerza aún, el
mundo de la posguerra fría, necesitaron y necesitan una cosmovisión que
unifique los elementos dispersos, es decir, una ideología que allane el
camino para la implantación de una nueva dominación del mundo. Los
seguidores de Yahvé llegan al monoteísmo a partir de una larga lucha contra
el “mundo disperso” y “desorganizado” de la cosmología cananea. Lo que
sorprende del Génesis es su voluntad de organizar el “caos” cosmológico
cananeo.

El mundo cultural cananeo, y en especial la literatura religiosa de Ugarit,
está dominado por grandes fuerzas cósmicas que están en lucha constante
entre sí: el Mar (Yammu) contra Ba-alu (la Tierra), la fecundidad contra la
infertilidad, etc. La religión cananea no era “monoteísta” en el sentido de
que tampoco es monoteísta, sociológicamente hablando, la práctica cotidiana
de un católico occidental, para quien cada santo o virgen tiene un ámbito de
influencia sobre determinados aspectos concretos de la vida.

El judaísmo es violentamente monoteísta en la exacta medida que es
monogenista y monolingüista: un solo dios, un solo pueblo, una sola lengua.
El origen de esta vocación de unidad es sin duda la situación subordinada
que ocupan las tribus hebreas incultas y nómadas que llegan al complejo
mundo cultural cananeo o palestino, cuyo origen histórico está datado con
las primeras manifestaciones del homo sapiens sobre la tierra sirio-cananea;
(hace unos 200.000 años el hombre de Neandertal reemplazó al Homo erectus;
hace unos 40.000 años -Paleolítico superior- el Homo sapiens -nosotros-
reemplazó al hombre de Neandertal). En ese espacio sirio-cananeo se puede
hablar de civilización propiamente dicha desde hace 16.000 años. Lo que
significa ocho veces el tiempo transcurrido entre el nacimiento de
Jesucristo y nuestros días(31).

Las tribus hebreas nómadas que habían llegado a Canaán o Palestina, recién
en el siglo VI-V aC. comienzan a elaborar las primeras tradiciones orales
que mucho más tarde desembocarían en el Antiguo Testamento. Sin embargo,
éste está fechado como si los acontecimientos fundacionales de la historia
de Israel ocurrieran en el siglo XIII-XII aC, es decir, hace unos 3.500
años. Los primeros documentos escritos judíos, que luego conformarían el AT,
son traducidos al griego (única versión que ha llegado hasta nuestros días)
recién a partir de los siglos III-II aC., en coincidencia con la expansión
demográfica de los restos del Imperio persa sobre el Mediterráneo
oriental(32), en la etapa alejandrina. Entre el Milenio XVI y el Siglo III
aC. se forja una gran cultura y una gran cosmovisión, la cananea o
palestina, que, para calificarla en términos posmodernos, era esencialmente
“plural” y diversa. El monoteísmo judío se elabora para destruir esa
larguísima tradición cultural existente.

Los autores del Génesis son los que sostienen, contra la cultura que los
había albergado en épocas anteriores, y por motivos obviamente políticos
(hegemonías territoriales o, mejor, etnoterritoriales) la idea totalitaria
de: un solo dios, un solo pueblo, una sola lengua. Y son esos escribas
hebreos del Génesis quienes dicen que la diversidad es el producto del
pecado. “En el mundo cananeo no existe el deseo de reducción de los dioses a
la unidad… ni por supuesto a la unidad de la pareja humana, ni la
reducción a la unidad de la lengua, como ocurre en la Biblia”(33).

El reduccionismo bíblico esconde una voluntad profunda de dominación. La
tendencia a la explicación por la unidad de origen es un primer intento de
dominación de elementos dispersos. La dispersión del mundo de la posguerra
fría (dioses, razas y lenguas distintas) hace de él un mundo incontrolable.
Su dominación o control exige la unidad de concepción, una idea religiosa
basada en el Genos, que evite la poligénesis etnocultural y el policentrismo
político. Es por ello que hoy también la diversidad (religiosa, racial y
lingüística) es el pecado. En ambos tiempos hay de por medio un relato
sacerdotal, que centra todo en el orden litúrgico, entendido como reflejo
del orden cósmico(34).

Hoy el cristianismo institucional se somete. “Si la racionalidad crítica de
la Ilustración desarrolló y perfeccionó los métodos de la interpretación
literal, filológica e histórica, en la pretensión de alcanzar una exégesis
objetiva y libre de perjuicios, es preciso que la hermenéutica poscrítica y
posmoderna recupere la sensibilidad hacia el símbolo y la alegoría… como
causa de aproximación a la verdad… de los textos bíblicos…”(35).

Dos procesos canonizados van en paralelo: el del Holocausto y el de la
hegemonía teológica del judaísmo. Ambos tienen el mismo objetivo: asegurar
la dominación de los dominadores en este “nuevo orden mundial”(36).

Surje así el hoy llamado, en Occidente, “pensamiento único”, que en esencia
es una refundación del pensamiento científico, en el sentido de lograr una
“indiferenciación del mundo”. Las ciencias llamadas “humanas”, que hasta
este momento habían funcionado a base del estudio de las diversidades o
identidades, se transforma en el pensamiento de la unidad, de lo
indiferenciado, de lo único (un dios, un pueblo, una lengua -la del
imperio)(37).

Cuando la llamada comunidad internacional “recomienda” un “plan de
partición” de Palestina (Resolución 181 del 29 de noviembre de 1947), apenas
había finalizado la segunda guerra civil europea, cuyas causas y desarrollo
objetivo aún no han sido analizados en profundidad por el pensamiento
histórico occidental. Lo que hoy se nos muestra como historiografía
contemporánea europea es, en el mejor de los casos, una visión gravemente
deformada de los hechos históricos, propiamente dichos. Aquí también la
historiografía debe ser renovada al ritmo de los acontecimientos y
percepciones actuales.

Bajo esta perspectiva deformada, la comunidad internacional, en 1947,
recomienda la “partición” del territorio histórico y geográfico de
Palestina, el antiguo Canaán pre-bíblico. La Resolución 181 es un extenso
documento que debería ser releído con atención en los tiempos que corren.
Aun así, sobre la base de esa “recomendación”, pocos meses después, el 14 de
mayo de 1948, se produce la “declaración de la independencia del Estado de
Israel”, el primer hecho consumado de esta fatídica historia. En esa fecha
se inicia el proceso de expansión geopolítica jamás realizado por Estado
alguno en los tiempos modernos, proceso expansivo desarrollado a base de un
presupuesto teológico que llevó a ese mismo Estado a incumplir innumerables
veces con resoluciones condenatorias de la misma “comunidad internacional”
que lo hizo nacer, al menos en teoría.

La Resolución 181 fue uno de los resultados de la segunda guerra civil
europea, visto desde la óptica del bando vencedor de esa guerra. Recordemos
lo obvio: en esa guerra no existe ningún tipo de participación del mundo
árabe-musulmán, excepto como teatro de operaciones de ejércitos europeos y
de las fuerzas de los EUA. Sin embargo, se penaliza a ese mundo con la
instalación del Estado de Israel en uno de sus espacios geohistóricos
vitales: el cananeo-palestino.

Posiblemente -mirando la cuestión con un exceso de buena voluntad- en la
mente de los representantes occidentales y de los del “socialismo real”
(votan afirmativamente: Bélgica, Bielorrusia, Canadá, Dinamarca, EUA,
Francia, Luxemburgo, Holanda, Ucrania y URSS) en la Asamblea General de las
Naciones Unidas de esos tiempos, existía la intención de cerrar un período
de guerra, que había sido extremadamente cruel, en especial para algunos de
ellos. Sin embargo, lo que objetivamente hicieron, fue iniciar el tiempo de
una nueva guerra, esta vez no sólo europea-occidental, sino literalmente,
mundial.

La misma existencia del Estado de Israel es hoy el detonante de esa guerra,
y su espacio abarcante será el de las juderías en todo el mundo que
responden a los impulsos, muchas veces contradictorios, emergentes de ese
Estado.

No existe otra manera para frenar esa guerra que desarticular a ese Estado,
que es la fuente de poder de bandas terroristas que actualmente asolan
innumerables países. Inicialmente tal proceso de desarticulación debería ser
intentado a partir de los mismos mecanismos por los cuales se creó ese
factor de perturbación mundial.
________________________________________

1.- Georges Corm, Le Proche-Orient Éclaté – II. Mirages de la paix et
blocages identitaires 1990-1996, La Découverte, París, marzo de 1997, pgs.
227 y 228. Al texto

2.- Edward Saíd, Gaza y Jericó, Pax Americana, Txalaparta, Navarra (España)
1995. Al texto

3.- Saíd, op. cit. Al texto

4.- Sobre el cual, también, naturalmente, se ha tejido ya una “leyenda
negra” personal (Jacob Heilbrunn, “Germany’s new right”, en Foreign Affairs,
vol. 75, num. 6, noviembre-diciembre de 1996, pag. 80). Al igual que otros
muchos escritores alemanes descendientes de la Escuela de Frankfurt “…
Heilbrunn señala como principal fuente de los nuevos males (alemanes) al
historiador berlinés Ernst Nolte, a quien califica de ‘espíritu rector’ de
la nueva derecha (alemana)”. Ver: Jochen Thies, “La nueva derecha alemana,
un espejismo”, en Política Exterior, vol. XI, número 56, Madrid, marzo-abril
de 1997, pag. 57. Ernst Nolte, Lehrstück oder Tragödie?. Hay una traducción
española bajo el título “Después del comunismo”, Ed. Ariel, Barcelona, 1995.
Der Europäische Bürgerkrieg 1917-1945. Nationalsozialismus und
Bolschewismus. Hay traducción española: “La guerra civil europea 1917-1945.
Nacionalsocialismo y Bolchevismo”, FCE, México, 1994. Streitpunkte. Heutige
und künftige Krontroversen um den Nazionalsozialismus, Propyläen, Frankfurt
Main, 1994 (no hay traducción española). A lo largo de todo este trabajo
utilizaremos el concepto de “segunda guerra civil europea” en reemplazo del
corriente “segunda guerra mundial”, porque el escenario bélico del Pacífico
oriental es totalmente independiente del escenario europeo-norafricano. No
sólo no hubo nunca operaciones conjuntas germano-japonesas, sino que la
declaración de guerra de Japón a los EUA sorprende a Berlín. El llamado Eje
no fue más que un diseño ideológico post factum sobre el papel. Al texto

5.- Genocidio: Destrucción metódica de un grupo étnico por exterminación de
sus individuos. Holocausto: Sacrificio usado contra los judíos, en el cual
la víctima es consumida por el fuego (Diccionario Larousse). La diferencia
de los conceptos hace que el martirio de los judíos sea irreductiblemente
distinto al de cualquier otro grupo humano: por su característica
sacrifical, supuestamente, está integrado a un proyecto divino, que finaliza
con la creación del Estado de Israel que sería la respuesta de Dios al
Holocausto. Un genocidio -o, más bien, un hipergenocidio- sobre el cual
nunca se habla en Occidente, es el cometido por los Estados Unidos contra el
pueblo de Irak. En primer lugar, durante la desigual acción militar, los
armamentos americanos -y occidentales, en general- produjeron -según fuentes
oficiales norteamericanas- más de 100.000 muertos entre las tropas iraquíes.
Luego, y sólo durante los primeros siete meses de 1991, 50.000 niños
iraquíes murieron por diarreas, mala alimentación y deshidratación por
rotura en los sistemas de agua potable, según el New England Journal of
Medicine, editado en 1992. En 1995 un estudio de la FAO indica que el
aberrante embargo impuesto a Irak por Occidente, que aún se mantiene, había
causado la muerte, haste ese momento, de un total de 560.000 niños, desde el
fin de la Guerra del Golfo. Un grupo francés, integrado por Lucie y Raymond
Aubrac, Jean-Claude Carrière, Jean-Pierre Chevènement, Régis Debray, Gisèle
Halimi y Sami Nair, definió esta situación como “genocidio frío en Irak”.
Para no escapar al objeto de esta investigación no hablaremos aquí sobre los
grandes genocidios históricos, como el de los esclavos negros africanos o el
de los indígenas americanos, ni tampoco sobre los genocidios que actualmente
se multiplican en numerosas regiones de África carentes de interés económico
para Occidente. Naturalmente existe una relación directa entre las matanzas
de negros e indígenas y las actividades comerciales de los judíos y los
criptojudíos de la época, tal como ya hemos expuesto. Al texto

6.- Recordemos que una vez Napoleón dijo: “Cuando yo incendio una aldea,
todo el mundo lo condena, pero cuando Inglaterra destruye un país, nadie
habla de ello”. Al texto

7.- Un hecho prácticamente desconocido en Occidente es que, entre 1947 y
1949, los israelíes victoriosos en su “guerra de la independencia” fuerzan
el exilio de unos 800.000 palestinos. Fue esta primera acción trágica de
depuración racial cometida por el Estado de Israel la que determina el
engranaje de los siguientes cincuenta años de guerras y de conflictos
regionales (ver: Tom Segev, Le Septième Million, Liana Levi, París, 1995).
Esta “limpieza étnica” fue un hecho histórico comparable con los 5.000.000
de alemanes “desplazados” hacia el Oeste, una vez finalizada la II guerra
civil europea. Un nuevo acto de depuración racial, o limpieza étnica -si se
prefiere-, es lo que reemplazará al “plan de paz” de Madrid-Oslo, por
decisión unilateral del sacrosanto (mesiánico) Estado de Israel. Israel
conservará en sus manos más de la mitad del territorio de la Cisjordania,
incluyendo el importante recurso hídrico del Valle del Jordán. Se creará
asimismo un “corredor” entre Jerusalén y Gush Etzión, entendidas como áreas
estratégicas para la seguridad del Estado de Israel. También se impedirá la
existencia de fronteras comunes entre una Palestina reducida casi a la nada
geográfica, y Jordania, para evitar el paso de refugiados palestinos y el
reforzamiento de su exhausta demografía. Y, por supuesto, la Gran Jerusalén
será el Heartland de la capital del pueblo judío. Y todo ello lo aceptará el
Occidente cristiano. Las represalias de Israel contra el Líbano fueron y son
de una envergadura espectacular, y se realizan contra una población y un
Estado que carece de los medios de defensa adecuados. “El total de víctimas
de las represalias (israelíes) en el Líbano (entre 1969 y 1982) estuvo entre
los 70.000 y los 80.000 muertos, sin hablar de las destrucciones, de los
sufrimientos, de la ocupación del 10 ó 12 % del territorio nacional”
(Georges Corm, L’existence du Liban dérange les israéliens, en Revue
d’études palestiniens, Nº 8, verano de 1996). Al texto

8.- Véase: Ernst Nolte, “Die Endlösung der Judenfrage in der Sicht des
radikalen Revisionismus”, en Streitpunkte… op. cit, cap. 15, p. 304 y ss.
Al texto

9.- Dada la enorme responsabilidad que tuvo la dirigencia judío-sionista
(Consejo Mundial) de Londres con su “declaración de guerra” al III Reich. La
declaración fue firmada por Chaim Weizmann, presidente de la Agencia Judía
para Palestina, y está fechada el 1 de septiembre de 1939. Fue publicada por
“The Times” de Londres, el 5 de septiembre. Al texto

10.- En una fecha tan temprana como el 16 de septiembre de 1919, Aldolf
Hitler leyó un informe sobre los judíos ante el comité de un pequeño partido
bávaro de sólo 55 miembros llamado Partido Obrero Alemán (DAP). En ese
informe, que transcribe su biógrafo Werner Maser (Hitler: leyenda, mito,
realidad) plantea la necesidad de la “expulsión inmediata de los judíos”. En
ningún momento de su vida Hitler planteó otra cosa que no fuese expulsión.
Algo muy diferente a exterminación. Y algo muy diferente también a
persecución, que es una “enfermedad infantil” del “antisemitismo afectivo”.
Pienso que la clave política del discurso está en la siguiente frase: Lo
importante es que entre nosotros está viviendo una raza extraña que no es
alemana… que, sin embargo, posee los mismos derechos políticos que
nosotros. El texto reproducido por Werner Maser es el siguiente: “Gran parte
de nuestro pueblo refleja claramente la antipatía que siente hacia el
peligro que supone la existencia de los judíos en nuestro suelo; ahora bien,
las causas de esa antipatía no hay que buscarlas en la comprensión de los
desastrosos efectos que la actividad consciente o inconsciente de los judíos
en conjunto causa a nuestra nación, sino en que ella suele ser una
consecuencia del contacto personal, de la impresión que el judío nos causa
como individuo… Esto hace que parezca que el antisemitismo no es nada más
que un fenómeno afectivo y, sin embargo, no hay nada más erróneo. Los
sentimientos no deben y no tienen que influir para nada en el antisemitismo
como movimiento político, sino los hechos… En primer lugar, los judíos son
una raza y no una comunidad religiosa. El judío no se llama a sí mismo
alemán, polaco o americano judío, sino judío alemán, polaco o americano. De
los demás pueblos, sólo han tomado el idioma… Ni siquiera la fe mosaica es
un elemento decisivo para determinar la valía del judío… Gracias a su
educación milenaria, practicada casi siempre en círculos muy estrechos, el
judío ha sabido conservar su raza y su idiosincracia con más fuerza que
muchos de los pueblos bajo cuyo dominio ha vivido. Lo importante es que
entre nosotros está viviendo una raza extraña que no es alemana y que
tampoco está dispuesta a sacrificar sus peculiaridades, sus sentimientos,
sus ideas o sus aspiraciones, pero que, sin embargo, posee los mismos
derechos políticos que nosotros. Los sentimientos del judío se manifiestan
no sólo en lo material sino también en lo espiritual. La danza alrededor del
becerro de oro se convierte en una lucha despiadada por aquellos bienes que
en nuestra opinión no son los más elevados ni los más deseables. El valor
del individuo ya no lo determina su carácter ni la importancia de sus
prestaciones para la comunidad, sino única y exclusivamente la magnitud de
su fortuna… El nivel de la nación ya no se mide por la suma de sus fuerzas
morales y espirituales, sino por la dimensión de sus bienes materiales. Esta
manera de pensar trae como consecuencia un afán inconmesurable de dinero y
de poder que la refuerza todavía más y que hace perder toda clase de
escrúpulos a los judíos a la hora de elegir los medios idóneos para la
consecución de sus objetivos. En el Estado autocrático imploran la
protección de la ‘majestad’, del gobernante, para luego utilizarla a modo de
sanguijuela con sus pueblos (agreguemos que esta es la figura prototípica
del usurero judío en la España visigoda y cristiana, nota del autor). En el
Estado democrático solicitan la protección de la masa, y se inclinan ante la
‘majestad del pueblo’, aunque en realidad sólo reconocen la majestad del
dinero. Con su adulación bizantina, el judío destruye el carácter de los
gobernantes convirtiendo en vicio el orgullo nacional y la fuerza de un
pueblo, para lo cual no duda en utilizar la hipocresía y la desvergüenza. En
esta lucha emplea aquella opinión pública que resulta fácil influir…
mediante la prensa. Su poder es el poder del dinero, que en sus manos
aumenta y se multiplica de un modo asombroso en forma de intereses… Todo
aquello que impulsa a los hombres a superarse a sí mismos, sea religión,
socialismo o democracia, el judío lo utiliza como un medio para obtener
dinero y satisfacer su afán de poder. Su actividad actúa en el pueblo como
una tuberculosis. De todo ello resulta lo siguiente: el antisemitismo
puramente afectivo encontrará su máxima expresión en las persecuciones. El
antisemitismo racional, sin embargo, deberá intentar combatir y suprimir los
privilegios y prerrogativas que los judíos poseen como extranjeros de una
manera legal y organizada. La meta final tiene que ser la expulsión total de
los judíos”. Al texto

11.- El “caso” de los jabones alemanes fabricados con la grasa de los
prisioneros asesinados en las “cámaras de gas” es una de las infamias más
aberrantes de las tantas elaboradas por la imaginería judía. El señor
Wiesenthal gana el máximo premio en el concurso de “tergiversación de la
realidad”, que fue una de las tareas predilectas del judaísmo a lo largo de
toda su historia. Y es asimismo el reflejo del odio profundo de los judíos
al pueblo alemán, capaz -según ellos- de las más insólitas aberraciones. Los
hechos reales son los siguientes. Apenas iniciada la guerra, Alemania
comenzó a carecer de materias primas tanto industriales como de consumo
humano. Esas materias comenzaron a ser severamente racionadas. Los jabones
de consumo eran producidos por un organismo administrativo central que se
llamaba Reichs Industriefett (RIF), es decir, Industrias del Reich para las
materias grasas (Fett=grasa). Las siglas RIF estaban impresas en cada una de
las valiosas pastillas de jabón que durante los años de la guerra utilizó
todo el pueblo alemán. El señor Wiesenthal transforma “apenas” una letra,
convierte una “I” en una “J”; sólo eso, una nimiedad. Entonces la original
RIF se convierte en RJF y lo “traduce” al mundo entero: Reines Judenfett
(Pura Grasa Judía). Consecuencia: la morbosidad de los alemanes es
monstruosa. Es un pueblo a quien la “humanidad” debe condenar a perpetuidad.

(Véase también: Robert Faurisson: Le savon juif, en
http://www.abbc.com/aaargh/fran/archFaur/RF8703xx3.html. Al texto

12.- Ernst Nolte, Streitpunkte. Heutige und künftige Kontroversen um den
Nazionalsozialismus, Propyläen, Frankfurt Main, 1994 (no hay traducción
española). Al texto

13.- La vieja ‘Gedächtniskirche’ fue inaugurada en 1895. En 1961, se
construyó la nueva ‘Gedächtniskirche’ bajo la dirección de Egon Eiermann. Al
texto

14.-  Julio Caro Baroja, Los Judíos en la España Moderna y Contemporánea,
Istmo, Madrid, 1987, Vol 1. p.177. Al texto

15.-  Cuyo título en español es “Los verdugos voluntarios de Hitler”.
Utilizamos la versión francesa: Les bourreaux volontaires de Hitler, Seuil,
París, 1997. Al texto

16.-  Pierre Vidal-Naquet, Los judíos, la memoria y el presente, FCE, Buenos
Aires, 1996. Al texto

17.-  El tema de la “muerte por el fuego” es altamente significativo. Se
origina en los llamados “quemaderos” de la Inquisición y es, indudablemente,
el elemento simbólico que une a los Tribunales del Santo Oficio con el
“Holocausto”, en la fantasía de la conciencia occidental. Al texto

* Esta situación se ha modificado, sólo parcialmente, hacia comienzos de
1998. Al texto

18.-  Que es lo que implícitamente sostuvo el Papa Católico Romano en Beirut
el 11 de mayo de 1997, quien equiparó la ocupación israelí del sur del
Líbano con la presencia de fuerzas sirias en ese país, absolutamente vitales
para la defensa del mundo árabe en general. El tono empleado por el Papa
polaco contrasta notoriamente con el del Secretario general de Hezbollah,
Hasán Nasrala. Ver: Norberto Ceresole, Geopolítica del Conflicto en el
Mediterráneo Oriental y el Asia Central. Esta obra será publicada
próximamente. Al texto

19.-  Según mapas ya elaborados por el Estado Mayor del ejército judío, el
“Estado de Palestina” futuro sólo estaría asentado en varios bantustanes
dentro del 40% de lo que hoy es el espacio cisjordano. Al texto

20.- La decisión del gobierno israelí es no sólo de continuar con la
instalación de nuevos asentamientos, en la Jerusalén ocupada y en el West
Bank (Cisjordania), sino que además ha puesto a punto un proyecto para
“crear una nueva situación demográfica” en todas las regiones ocupadas. La
pregunta es: ¿Cuánto tiempo necesitará la “conciencia europea” para
recuperarse del shock del mito del Holocausto y volver a pensar la realidad,
que indica a cada paso las verdaderas dimensiones del proyecto judío
nacionalista en Medio Oriente y otras regiones del mundo? La Europa
cristiano-occidental debería asimismo prestar más atención a las opiniones
de las Iglesias cristiano-orientales, que recientemente se han reunido en
Damasco, pocos días antes de la llegada del Papa romano a Líbano. El Papa
Shnuda III, cabeza de la Iglesia de Alejandría y Patriarca de la Iglesia
copto-ortodoxa de Egipto, sostuvo que la paz en Oriente Medio y las
relaciones con el pueblo judío resultan inaceptables con una Jerusalén
ocupada. “Una normalización en estas condiciones es una contradicción… Los
judíos diferencian la `patria’ de la `residencia’. No puede haber
normalización sin un Estado palestino, lo que es imposible bajo ocupación
israelí. El problema del Líbano, que recibe agresiones permanentes por parte
de Israel, no es una reconciliación interior ya lograda. El problema del
Líbano es su frontera con Israel. Es aceptable que exista una seguridad
israelí, pero asimismo debe haber una seguridad para el Estado palestino,
para Líbano, para Siria y para todos los Estados de la región. Israel no
tiene derecho a permanecer en el Golán por razones de seguridad, ya que ello
afecta a la seguridad de Siria. Los reclamos territoriales israelíes son
inaceptables”. (Declaraciones del Papa Shnuda III a la televisión siria, el
9 de mayo de 1997, reproducidas por “Syria Times”, 10 de mayo, p, 1).
Sabemos que en última instancia existe un enfrentamiento teológico entre las
Iglesias cristiano-orientales y Roma, que es abarcante de una discusión aún
no definida sobre el origen -judío o arameo- de Cristo. Ese enfrentamiento
está en el núcleo de la actual crisis política y estratégica entre la
Iglesia cristiana original oriental, y su posterior desarrollo occidental
romano-imperial. Al texto

21.- Charles S. Liebman y Eliezer Don-Yehiya, La religion civile en Israël,
en Religion et Politique en Israël, Cerf, París, 1990, p.79. Al texto

22.- Op. Cit. p. 82. Al texto

23.- Boaz Evron, El Holocausto: un peligro para la nación, ETON 77 -revista
mensual en lengua hebrea-, mayo-junio de 1980. Nosotros utilizamos la
versión española editada por Estudios Árabes, año 1, Nº3, Buenos Aires,
julio-septiembre de 1982. Al texto

24.- Véase: Historia de una invasión. Cómo nació y se mantiene el Estado de
Israel. En Roger Garaudy, Palestina, tierra de los mensajes divinos,
Fundamentos, Madrid 1987, pgs. 315 y ss. Al texto

25.- Raul Hilberg, La politique de la mémoire, Gallimard, París 1996, p.
117,118. Al texto

26.- Entre otras formas, produciendo un hipergenocidio sobre el pueblo
iraquí, como advertencia “simbólica” a todo intento de rebeldía árabe. Al
texto

27.- “Lo más increíble de todo es que Menahem Beguin sea Premio Nobel de la
Paz… (lo que) le ha permitido la ejecución metódica de un proyecto
estratégico que aún no ha culminado, pero que hace pocos días propició la
masacre bárbara de más de un millar de refugiados en un campamento de
Beirut. Si existiera el Premio Nobel de la Muerte, este año lo tendría
asegurado sin rivales el mismo Menahem Beguin, y su asesino profesional el
general Ariel Sharon”. Gabriel García Márquez, en el “Expreso”, de
Guayaquil, el 3 de octubre de 1982. Al texto

28.- Véase: las memorias de Elie Wiesel: … Et la mer n’est pas rempli,
Seuil, París, 1996. Al texto

29.- Edwin S. Cochran, Deliberate Ambiguity: an analysis of Israel’s nuclear
strategy, The journal of strategic studies, Vol. 19, Nº 3, Londres,
setiembre de 1996, pgs. 321-342. El autor, oficial del ejército de los
Estados Unidos de Norteamérica, sostiene que Israel (el hiperjudaísmo
mesiánico gobernante) dispone actualmente del equivalente a unas 300 grandes
cargas nucleares estratégicas, distribuidas en diferentes sistemas de armas
tácticas: proyectiles lanzables desde aeronaves, sistemas de misiles
tierra-tierra y munición de artillería. Al texto

30.- Julio Trebolle Barrera, La Biblia Judía y la Biblia Cristiana,
Introducción al Estudio de la Biblia, Trotta, Madrid, 1993, p. 45. Véase
también: César Vidal Manzanares, El judeo-cristianismo palestino en el siglo
I. De Pentecostés a Jamnia, Trotta, Madrid, 1995. “Las relaciones entre
ambas religiones no pueden ser descritas precisamente como históricamente
plácidas, pero, aun así, no puede negarse que Jesús fue un judío, que lo
fueron sus apóstoles y primeros seguidores durante décadas, que tanto el uno
como los otros utilizaron categorías de pensamiento eminentemente judías y
que dirigieron, inicialmente, su predicación al pueblo de Israel. El origen
de la ruptura y el desarrollo de la misma no se produjo… a partir de unas
coordenadas gentiles sino, por el contrario, en un marco judío…” (p. 23). 
Al texto

31.- La Siria prehistórica. Las huellas más antiguas dejadas por el hombre
en Siria, “homo erectus”, se han encontrado en la costa mediterránea, en el
valle de Oronte. Estos hallazgos tienen una antigüedad de aproximadamente un
millón de años, un período que corresponde al principio del Paleolítico
Inferior. Todavía no se sabe con certeza si otras regiones de Siria hayan
sido habitadas en una fecha tan temprana. No obstante, parece ser cierto que
el hombre llegó al interior del país, a las zonas desérticas del Eufrates,
hace 600.000 años. Podemos observar que con el tiempo los emplazamientos y
los vestigios se multiplican y se diversifican y que la presencia del hombre
se desarrolla, como lo muestran las artesanías líticas que en aquella época
son extraordinariamente ricas y variadas. De esa época datan las primeras
huellas de cabañas construidas al aire libre y los primeros hogares
(hornos). Hace 250.000 años, Siria ha conocido nuevas poblaciones y
civilizaciones que han coexistido en los mismos espacios. En el Paleolítico
Medio, hace aproximadamente 200.000 años, el hombre de Neandertal sustituyó
al homo erectus. Los vestigios son mucho más ricos y variados. Se encuentran
en emplazamientos al aire libre, pero también en grutas y refugios bajo las
rocas, como p.e. en la región de Palmira y en los alrededores de Damasco y
en la gruta de Deideriyeh, en el valle de Afrin. En esta última, se ha
encontrado el esqueleto de un niño neandertaliense de 2 años de edad. Es el
esqueleto más completo que se ha hallado hasta la fecha. Corresponde a los
restos humanos más antiguos encontrados en Siria. Hace 40.000 años, al
principio del Paleolítico Superior, el Homo Sapiens, el antepasado directo
del hombre moderno, sustituye al hombre de Neandertal. En esta época, y no
se sabe todavía por qué, la presencia humana llega a ser más escasa y más
pobre. Sólo a partir de la última fase del Paleolítico Superior, con la
llegada de los Kebarienses, hace 16.000 años, Siria se convierte de nuevo en
el centro de una importante y rica presencia del hombre. Hace
aproximadamente 12.000 años, los Natufienses sustituyen a los Kebarienses.
Al principio del 9º milenio aC., en la época del Neolítico Pre-Cerámico,
Siria fue el centro de un cambio revolucionario. Aparecen los primeros
pueblos sedentarios. Se cultiva por primera vez el trigo y la cebada y se
domestican las cabras, las ovejas y las vacas. Construcción de las
viviendas: de diseño redondo o rectangular. Renovaciones en todos los
ámbitos: técnicos y económicos, pero sobre todo en el ámbito de la ideología
y la religión. En diversos emplazamientos, desde el Eufrates hasta Damasco,
se han encontrado huellas sobre los cultos rendidos a la Diosa Madre y al
Toro y a los antepasados. Durante todo el 8º y 7º milenio, las comunidades
neolíticas seguían transformándose económica y socialmente. Los pueblos se
construían más grandes, a veces fortificados como Halula y Jaada a orillas
del Eufrates. El proceso neolítico se completa en Sira en el 7º milenio con
el invento de la cerámica. Durante el 6º milenio, una nueva cultura original
se expande sobre gran parte de Próximo Oriente (cultura Halaf). Durante el
5º milenio, la cultura Obeid sustituye a los Halaf, y todavía no hay ningún
dato ni arqueológico ni mucho menos histórico sobre la presencia de tribus
hebreas en el espacio geográfico sirio-cananeo (Fuente: Syrian-European
Archaeology Exhibition, Damasco, 1996). Al texto

32.- Para el especialista inglés E.O. James, profesor de Historia de las
Religiones de la Universidad de Londres, la influencia del zoroastrismo
persa sobre la conformación del judaísmo en Canaán fue decisiva. “Surgió
entonces en la literatura judía un nuevo género, el llamado apocalíptico,
cargado de huellas inequívocas de las principales doctrinas del zoroastrismo
sobre el cielo y el infierno, el juicio después de la muerte y el fin del
mundo, la jerarquía angélica, un dualismo del bien y el mal bajo dos
ejércitos opuestos con sus respectivos caudillos, Miguel y Satanás, y un
reino mesiánico en el que prevalecería el bien” (E.O. James, Historia de las
religiones, Alianza, Madrid, 1975, p. 137). Es en el Libro de Esdras, del
Antiguo Testamento, donde con más claridad se ve la enorme influencia que
tuvo la cultura persa-zaratustrana sobre el proceso de construcción del
“Segundo Templo”. Al texto

33.- Jesús-Luis Cunchillos, Visto desde Ugarit, El desciframiento de la
escritura cuneiforme y otros relatos, Ediciones Clásicas, Madrid, 1994, pgs.
182, 183, 184. Al texto

34.- El vespertino francés Le Monde (2/3 de noviembre de 1997, p. 3) publicó
un artículo sobre el reciente simposio celebrado en el Vaticano, bajo el
título: “Juan Pablo II avanza un paso más hacia el arrepentimiento con
respecto a los judíos. (El Papa) empieza a reconocer la especificidad de la
shoah” (Holocausto). Por la trascendencia del discurso papal, se transcribe
a continuación un resumen exhaustivo. “El día en que los polacos comprendan
que la ‘reina de Polonia’ (María) era judía, habrá menos antisemitismo y un
progreso en la teología cristiana”. Esta “ocurrencia fuera de lugar” fue
recogida en los pasillos del simposio sobre “Las raíces cristianas del
antijudaísmo”, por Le Monde. Ello “ilustra mejor que cualquier discurso la
dificultad del examen de conciencia con que la Iglesia católica está
comprometida”, comenta Le Monde. Antes de elaborar el documento sobre la
shoah (Holocausto) que el Papa había prometido a los judíos hace 10 años (y
que debe entregar antes de que acabe este milenio), tiene que intentar
convencer a su propio equipo de que el judaísmo y el cristianismo son parte
de la misma historia y que el reconocimiento del pueblo judío como “pueblo
elegido” por Dios forma parte de la identidad de cada cristiano. En su
discurso del 31 de octubre (de 1997), el Papa Juan Pablo II invitó a sus
fieles (obispos, teólogos e historiadores) a esa “revolución mental”. El
simposio se celebró estrictamente a puerta cerrada, con la exclusión de
cualquier representante judío, lo que, como comenta Le Monde, puede hacer
pensar en un retorno a los peores métodos de la Iglesia preconciliar. “Pero
el Papa había deseado que este examen de conciencia se hiciese primero `en
familia’ para recordar lo que los errores de interpretación del Nuevo
Testamento han podido acarrear como estereotipos contra los judíos
(calificados como ‘pueblo deicida’ hasta el Concilio Vaticano II en los años
60), debilitando así cualquier resistencia ulterior a la persecución de los
judíos, hasta la shoah (Holocausto)”. Esta “revisión” de la historia
cristiana no es compartida unánimemente, y si en el simposio de Roma se ha
conseguido un consenso, esto se debe -como dijo uno de los participantes- “a
que no se había invitado a ningún teólogo conservador o árabe.” Un teólogo
conservador vería en este examen de conciencia un ataque insostenible a la
tradición de la Iglesia, y un teólogo árabe una nueva concesión del Vaticano
a Israel. Jamás el tono del Papa condenando el antisemitismo y todas las
“teorías racistas” había sido tan firme, ni había confesado tan claramente
la responsabilidad de la enseñanza y de la tradición cristiana. El Papa ha
dado también un paso más hacia el reconocimiento de la especificidad de la
shoah, distinta de otros genocidios porque “se trata de un odio que arremete
contra el plan de salvación de Dios en la historia de los hombres”. Sin
embargo, el Papa supo poner ciertas barreras infranqueables -p.e. la
apertura de los archivos de Pio XII solicitada recientemente de nuevo por el
Centro Simón Wiesenthal- saliendo en defensa de la memoria de su predecesor.
Según Juan Pablo II, Pio XII defendió “la ley de la solidaridad humana y de
la caridad hacia todos los hombres independientemente del pueblo a que
pertenecían”. Igualmente recordó que también la Iglesia “había sido apuntada
directamente” por los ataques nazi que acabaron en el genocidio. Estas
puestas a punto serán acogidas de manera diferente en la comunidad judía.
Pero se buscará en vano la causa del proceso que se ha hecho ayer al Papa
polaco por querer “anexionar cristianamente” la shoah. En los veinte años de
su pontificado, el discurso de Juan Pablo II sobre el judaísmo se ha
consolidado y centrado en lo esencial: el antisemitismo “deforma”, dice, “el
rostro de la Iglesia. El cristianismo y el judaísmo forman parte de la misma
historia de salvación. ‘El amor’ del judío no es sólo una exigencia de
justicia y de caridad, sino que es ordenado por el designio mismo de Dios
sobre la humanidad”. Recordando el “lazo vital (del cristianismo) con el
Antiguo Testamento, sin el cual el Nuevo Testamento es vaciado de su
sentido”, el Papa añade: “Aquellos que consideraban el hecho de que Jesús
era judío y que su mundo era el mundo judío como simples hechos culturales y
contingentes que podrían ser sustituidos por otra tradición religiosa (…),
no sólo desconocen el sentido de la historia de la salvación, sino, más
radicalmente, arremeten contra la verdad misma de la Encarnación”. “La
Iglesia”, concluye Juan Pablo II, “condena con firmeza todas las formas de
genocidio, así como las teorías racistas que las han inspirado y que han
pretendido justificarlas. El racismo es una negación de la identidad más
profunda del ser humano creado a la imagen y semejanza de Dios. A la maldad
moral de cualquier genocidio se añade, con la shoah, la maldad de un odio
que arremete contra el plan de salvación de Dios. La Iglesia se sabe también
directamente apuntada por este odio”.

También el periódico libanés L’Orient-Le Jour, en su edición del 1 de
noviembre de 1997 (p. 14), se ocupa del mismo tema: “Juan Pablo II condena
‘los sentimientos de hostilidad’ de los cristianos hacia los judíos, que han
impedido una resistencia contra las persecuciones antisemitas nazi”. “Estos
sentimientos”, dijo el Papa, “han contribuido a adormecer muchas
conciencias”. “De modo que, cuando se desencadenó en Europa la ola de
persecuciones inspiradas por un antisemitismo pagano (…), la resistencia
espiritual de muchos no ha sido la que la humanidad tenía derecho a esperar
de los discípulos de Cristo”, añadió.

Durante siglos, la idea de que el pueblo judío era culpable de la muerte de
Cristo ha circulado no sólo en la cultura cristiana, sino incluso en los
textos litúrgicos, lo que fue borrado en la época de Juan XXIII, en el
Concilio Vaticano II en los años ’60. Sin embargo, el Pontífice ha subrayado
en su discurso, pronunciado en francés, que hubo “cristianos que hicieron
todo para salvar a los perseguidos hasta poner en peligro su propia vida”.
El Papa evocó “la elección divina” del pueblo judío, “convocado y conducido
por Yahvé, creador del cielo y de la tierra”. “Su existencia” (la del pueblo
judío), continuó, “no es por lo tanto un puro hecho natural o cultural
(…). Es un hecho sobrenatural”. Insistió, además, en el deber de los
cristianos de albergar “sentimientos fraternales” hacia los hijos de Israel.
La reunión debe aportar al Papa “un material de calidad científica
indiscutible que pueda servir al examen de conciencia de los cristianos que
él ha invitado con ocasión del gran Jubileo del año 2000”, indicó el teólogo
del Papa, el dominico francés Georges Cottier. Una vez más, el Centro Simón
Wiesenthal, de Viena, especializado en la caza de antiguos nazis, aprovechó
la ocasión del simposio para reclamar la apertura de los archivos del
Vaticano sobre el pontificado de Pio XII. Pero el Padre Remy Hoechman,
secretario de la comisión del Vaticano para las relaciones con los judíos,
respondió que este tema no figuraba en el orden del día del simposio. Al
texto

35.-  Julio Trebolle Barrera, op. cit, p. 608, 609. La insistencia en el
símbolo y en la alegoría se debe a que: “La cultura israelita anterior al
exilio, si se compara con los restos del Oriente Próximo antiguo, se
caracteriza por la pobreza de datos. No sólo las grandes culturas de Egipto
y Mesopotamia, sino también el resto de la franja siropalestina han
proporcionado a la investigación arqueológica unos restos mucho más
significativos que Israel. Sin embargo, en Israel ha habido una
investigación más intensa que en cualquier otra región de Oriente Próximo y
puede que del mundo. Si la historia política y cultural de Israel tuviera
que ser reconstruida sobre la base de estos hallazgos arqueológicos,
tendríamos sobre ella una visión muy escueta y pobre… Los fenómenos
políticos, culturales y de población son de escasa envergadura, comparados
con las áreas vecinas, sobre todo en la Edad de Hierro… Tratándose del
período de los ‘orígenes’ de Israel, la divergencia entre el relato bíblico
y la realidad histórica es prácticamente total, por la falta de fuentes
creíbles, las distancias en el tiempo (entre la redacción del Antiguo
Testamento y los hechos a los que se refiere) y las fuertes interferencias
de las intensiones ‘fundadoras’. A fin de cuentas nuestra documentación
arqueológica y contextual referente a este período es más fiable que la que
los autores del siglo VI (aC, los escribas hebreos del AT) tenían a su
alcance: antiguas historias de cariz legendario, genealogías transmitidas de
memoria y etiologías”. Mario Liverani, El Antiguo Oriente: historia,
sociedad y economía, Crítica, Barcelona, 1995. Al texto

36.- El progresivo proceso de control institucional del judaísmo sobre el
cristianismo lo relata David Rosen en su trabajo La familia de Abraham:
pasado, presente y futuro. David Rosen, rabino, coenlace ante el Vaticano de
la Liga Contra la Difamación y director de la sede en Israel de Relaciones
Interreligiosas. Participa en el Comité de Enlace Judeo-Católico
(interreligioso), así como en la Comisión Bilateral Permanente entre el
Estado de Israel y la Santa Sede que negoció el acuerdo bilateral. Es
profesor de Estudios Judíos en el Centro de Jerusalén para Estudios de
Oriente Próximo y ex rabino principal de Irlanda. Política Exterior, Vol.
XI, Madrid, Julio/Agosto 1997, Núm. 58. Al texto

37.- La antropología, en estos tiempos de posmodernidad, al igual que muchas
otras ciencias llamadas “humanas”, ha sufrido un proceso de re-fundación
ideológica acorde con la búsqueda de un mundo in-diferenciado. El canon, ya
lo hemos visto, señala a toda diferenciación como un pecado; o más bien ella
está originada por el pecado (Génesis, La Torre de Babel).

 

( Fonte: www.aaargh.codoh.info )

LA FALSIFICACION DE LA REALIDAD – La Argentina en el espacio geopolitico del terrorismo judio – (7) por Noberto Ceresole

22 Ott

LA FALSIFICACIÓN DE LA REALIDAD

La Argentina en el espacio geopolitico del terrorismo judio

1998

 

Noberto Ceresole 

CAPÍTULO 6

EL ESTADO DE ISRAEL:

ORIGEN DEL TERRORISMO JUDÍO

 Naturalmente el Estado de Israel ha incrementado la rejudaización física de
Jerusalén, al mismo tiempo que aplica los llamados “Acuerdos de Paz”
(Madrid-Oslo), que en su momento fueron jubilosamente consensuados por la
totalidad de la llamada “comunidad internacional” (1).

No es casual, obviamente, que esos hechos coincidan con los mayores
esfuerzos realizados en Occidente para continuar simulando que la política
del Estado de Israel -y de las organizaciones de la judería sólidamente
implantadas en muchos países del mundo- se desarrolla en un plano puramente
angelical, o “celestial” (en el estricto sentido bíblico de pueblo y Estado
“elegidos”).

Desde hace muchos años, en el mundo Occidental es imposible realizar
cualquier crítica política al Estado de Israel o al judaísmo en general. En
estas cuestiones toda crítica se transforma en blasfemia, y el crítico es
sencillamente estigmatizado, demonizado y, finalmente, reprimido. Ello tiene
una lógica profunda que se explica a partir de la sustitución de lo político
por lo teológico, que es lo que está ocurriendo en esta etapa de refundación
ideológica del Estado de Israel. A esta etapa la denominamos nacional-judía
o hiperjudía (2).

La política del Estado de Israel está ya totalmente inscrita dentro del
nacional-judaísmo, o del hiperjudaísmo, lo que significa, en primer lugar,
que la ideología hegemónica de ese Estado tiene ahora, en un nivel
cualitativamente distinto al de la etapa sionista, un fundamento religioso,
es decir, bíblico.

Una ideología -única en su caso- basada en una interpretación sui generis
del Antiguo Testamento, lo que incluye la existencia de un proyecto de ley
en Israel (aprobado hacia fines del mes de febrero de 1997) que castiga con
penas de hasta un año de prisión “…la posesión, la impresión, la difusión
y la importación de informes o materiales que contengan elementos que
persuadan a un cambio religioso” en el Estado Judío. La Biblia Cristiana o
Nuevo Testamento entra dentro de esa categoría bibliográfica. A partir de la
aprobación definitiva de la ley la práctica del cristianismo devendrá en un
delito en la “Tierra Santa” (3).

En segundo lugar se le asigna -en esa ideología de Estado- a los patriarcas
y profetas fundadores de los pueblos judíos, cristianos y musulmanes, un rol
exclusivamente judío. Ellos son considerados por los actuales dirigentes de
Israel, como los padres exclusivos de la nación judía, hecho que transforma
a ese Estado y a esa sociedad en algo totalmente diferente del resto del
mundo (4), y al judaísmo nacional israelí (hiperjudaísmo) en algo
contradictorio y hasta opuesto a los otros dos grandes monoteísmos
abrahámicos.

El hiperjudaísmo, por ejemplo, es lo que ha convertido a uno de los profetas
del Antiguo Testamento o Biblia Hebrea, Josué, en el campeón del
nacionalismo judío. Desde 1990 cada soldado judío lleva en su mochila un
ejemplar de la Biblia (Antiguo Testamento) donde se ha adjuntado un mapa del
Eretz Israel que incluye no solamente Judea y Samaria (Cisjordania), sino
Jordania y el famoso espacio del Nilo al Éufrates. El prefacio a esa Biblia
Nacional que es para el hiperjudaísmo el Antiguo Testamento fue redactado
por el rabino general de las fuerzas armadas judías Gad Navon, quien subraya
que Josué es, por así decirlo, el primer jefe militar del nacionalismo judío
(5).

Estamos en presencia de una gran complicación teológica y política. Años
atrás -durante la etapa de la guerra fría- el concepto sionista era
extremadamente útil, porque servía para caracterizar una política, la del
Estado de Israel, diferenciada de una religión, el judaísmo. ¿Qué hacer ante
el hecho consumado por el cual el judaísmo -una religión- ha sido
transformado en ideología oficial de un Estado, es decir, en una política?
Toda crítica concreta adquiere así las dimensiones de crítica teológica, que
además afecta decisivamente a los otros dos grandes monoteísmos: el
cristianismo y el Islam. Las tres religiones aceptan a los mismos patriarcas
y profetas con excepción de Cristo y Mahoma -los judíos-, y Mahoma, los
cristianos (6).

De esta forma la política del Estado de Israel pretende lograr el blindaje
religioso y cultural más invulnerable. ¿Cómo decir, por ejemplo, que ese
Estado ha cometido y comete acciones criminales? De hecho ya no estamos
hablando de sionistas sino de judíos, los “hermanos mayores”, como indica
oficialmente la Iglesia Católica Romana desde hace casi una década, del
monoteísmo del mundo antiguo.

Dentro de la Iglesia Católica la polémica sobre los “hermanos mayores” es
muy antigua. En determinados momentos ella tuvo relación con la existencia
de numerosos cuadros eclesiásticos de origen converso. Julio Caro Baroja, en
el Cap. 10, Vol. 2 de Los Judíos en la España Moderna y Contemporánea, hace
relación al problema en “los jesuitas y los conversos” (p.227).

El hecho es que una lectura sin prevenciones -sin “interpretaciones” previas
– de los principales libros que componen la Biblia Hebrea o Antiguo
Testamento nos muestra a patriarcas y a profetas judíos sosteniendo
proyectos políticos y métodos de acción que corresponden exactamente a las
interpretaciones que en la actualidad hace el hiperjudaísmo en esta
refundación ideológica del Estado de Israel (7). Y esta realidad es la que
mejor explica la unidad de acción estratégica que hoy existe entre los
Estados Unidos de América e Israel, que surge y se fundamenta en dos
lecturas similares del Antiguo Testamento (la judía y la
evangélico-calvinista).

Aunque con diferencia de grado e intensidad, el Estado de Israel y los
Estados Unidos de América (EUA) son los únicos poderes fácticos del mundo
cuyas acciones se sustentan en “grandes principios”. Los (norte)americanos
son maestros en proclamar la moralidad perenne de su política exterior; y
ello emerge de una lectura muy especial -evangélico-calvinista- de la Biblia
Hebrea (Antiguo Testamento) (8). Por esa razón el mito del “Holocausto” se
convierte en la piedra angular de la política exterior norteamericana a
partir de su derrota militar en Vietnam, y en la base de un chantaje
permanente de Israel a Occidente en su conjunto (Ver: Capítulo 7, El Mito
del Holocausto y la Conciencia Occidental).

De una lectura sin interpretaciones del Antiguo Testamento surge un
indudable sentimiento de superioridad nacional y racial: “Se es más hombre
en tanto que se es más judío”. “Lo judío es lo que más próximo está de la
humanidad”. Y así sucesivamente. El origen de esta lectura es ciertamente
talmúdico, pero recién en esta contemporaneidad pos-sionista existen las
condiciones militares para que la misma se transforme en un hecho
estratégico de gravitación extraordinaria.

El Talmud es el gran libro sagrado del judaísmo, donde se ponen por escrito,
a partir del siglo II d.C., sus tradiciones orales. La Ley oral es
indispensable en el judaísmo, tanto o más que la Torah o Biblia Hebrea, ya
que esa tradición (oral) pretende extraer su legitimidad del propio Moisés.
En los dos libros del Talmud y en la Mishnah (9) es donde se manifiesta con
toda su claridad la violencia anticristiana del judaísmo. Jesús es un
traidor que merece eterna condenación (“Cuál es el castigo de este hombre?:
excrementos en ebullición -B. Guit 56b-57a). Toda la historia del judaísmo
pos-talmúdica es una militancia anticristiana. Es por ello que no se debe
entender al cristianismo como “antisemitismo”, como propone la hermenéutica
católica posmoderna, sino a la inversa, al judaísmo como anticristianismo,
como ya sostuvo Lutero en 1543 (ver nota 33).

Por eso es que hoy todo ataque a la política del Estado de Israel, se
convierte en una escisión trascendente, en una fractura teológica entre el
crítico y lo criticado: se abre un foso insalvable entre un “nosotros” y un
“ellos”. El crítico se transforma así en “extranjero”, en el sentido del
Libro de Josué, lo que significa: en enemigo.

La lectura que hoy hace el hiperjudaísmo del Antiguo Testamento no es una
lectura tribal. En realidad es una lectura imperial acorde con el papel que
aspira a jugar el Estado de Israel y una gran parte de la comunidad judío
(norte)americana en la construcción de un nuevo orden mundial globalizado,
con un cristianismo institucional que ya actúa como el hermano menor del
judaísmo.

Sólo falta reducir a los núcleos “duros” del Islam y del nacionalismo árabe.
Y ello está planificado como una operación militar que puede provocar una
catástrofe irreversible. Invito a los lectores a leer a Moisés explicando a
sus tribus cómo conquistar la tierra prometida, imaginándolo de pie sobre un
arsenal nuclear, táctico y estratégico. Imaginemos la metodología política
de Moisés realizada con las tecnologías militares actuales, “armas de
destrucción masiva”, casi todas a disposición del ejército judío.

Este proceso de refundación ideológica del Estado de Israel hace que toda
investigación crítica se convierta en algo “abominable” que proyecta al
autor hacia la clandestinidad y hacia la “blasfemia” y, en el campo
puramente terrenal, hacia la cárcel, o por lo menos hacia la marginalidad
más absoluta. No obstante, Israel sigue siendo un Estado criminal,
cualquiera sea la ideología con que se recubra, pertenezca ésta al reino de
lo terrestre o al reino de lo “celeste”. Un Estado criminal desde su misma
fundación sionista -es decir, nacionalista, europea, blanca, laica,
racionalista y “civilizadora”- en un territorio usurpado y ocupado a sangre
y fuego. Al mejor estilo “Antiguo Testamento”.

La cobertura ideológica de base religiosa (talmúdica) que hoy explicita ante
el mundo el Estado de Israel es de una gravedad aterradora. Los otros dos
grandes monoteísmos originariamente pos-judíos quedan, en principio,
atrapados en la red. Salvo que se sostenga, como lo hacen los musulmanes a
partir del Corán, que los textos bíblicos en sus actuales versiones son, en
su mayor parte, apócrifos. Por lo demás resulta francamente artificial la
anterior pretensión “progresista” -es decir, infantil- pretender escindir
sionismo y judaísmo, y definir “malo” a uno y “bueno” a otro.

La Biblia judía es un discurso ideológico que emite la propia divinidad. Por
lo tanto su texto es un texto sagrado. A partir del propio texto Dios se
dirige al lector. Él es el destinatario del mensaje. Si esto es cierto hay,
por lo tanto, en la lectura nacionalista del judaísmo, un núcleo
irreversible de perversidad. Esa perversidad, esa “abominación” que produce
“desolación” (San Juan, Apocalipsis), es la que provoca los sucesivos
choques de la comunidad judía contra el resto del mundo en estos últimos 32
siglos, si aceptamos como válida la mitológica datación bíblica por la cual
la aparición de las primeras tribus hebreas en Palestina (tierras cananeas)
ocurre hacia el siglo XII-XI aC.

Ahora, por primera vez desde sus mismos orígenes, el judaísmo ha adquirido
una posición geoestratégicamente dominante en la historia, por lo menos en
las grandes áreas de la política occidental y del mundo antiguo. Esa
posición dominante comienza con la victoria Aliada en la “segunda guerra
mundial” y la inmediata fundación del Estado de Israel. En la actualidad el
poder judío se sustenta internacionalmente desde el control de los
principales órganos de poder del Estado Norteamericano, y a partir del lobby
judío-norteamericano, que es hegemónico en el plano cultural, político y
financiero. El supuesto esplendor de la etapa davidiana de la prehistoria
mítica de Israel queda totalmente opacado ante la situación actual, ya que,
supuestamente, el poder político del Rey David sólo llegó a significar, en
el mejor de los casos, la existencia de un pequeño espacio geográfico
periférico totalmente ignorado por las grandes civilizaciones de la época.

El poder fáctico de que hoy dispone el Estado de Israel -y que en gran parte
le ha sido transferido y conquistado por -y dentro de- esa otra gran
potencia bíblica que son los Estados Unidos de América, a través de ese
“Tercer Estado” que es el lobby judío (norte)americano- tiene como lógica
contrapartida una dimensión ideológica a escala “religión fundadora”. Por
primera vez, la ideología se engancha con el poder y la palabra con los
hechos. Ahora el judaísmo es una política de Estado, sustentada por una
potencia que dispone de un poder de alcance global.

De esa confluencia entre poder ideológico y poder fáctico surge una gran
capacidad de acción, que no se corresponde ciertamente ni con la cantidad de
judíos que habitan hoy en el planeta -unos 15 millones de personas, es
decir, una pequeña “mancha” demográfica- ni con las insignificantes
dimensiones espaciales del Estado de Israel, ni con ninguna otra medición
fáctica del poder, en términos estrictamente sociológicos, geopolíticos y/o
económicos.

En definitiva, existe una mutación política, cultural y estratégica que
sufre el judaísmo en estos tiempos, desde la existencia del Estado de
Israel. El nacional-judaísmo ha reemplazado al sionismo (en su versión
nacional-revisionista y/o en su versión socialdemócrata) como ideología
fundacional de un hecho político. Es esa cosmovisión ultraviolenta del
judaísmo pos-sionista quien está organizando el estallido de una guerra
mundial de exterminio con epicentro en Oriente Medio y con proyecciones
sobre Asia Central.

Esta nueva ubicación de Israel en un mundo al que se intenta globalizar, se
corresponde con la lógica de una guerra civil interior potencial que está
ocurriendo dentro de la sociedad israelí -incluyendo en ese concepto
(sociedad israelí), por supuesto, a las ramas más importantes de la judería
en el mundo. Esta guerra civil potencial tiene, lógicamente, una relación
muy estrecha con la evolución de lo que se había llamado hasta este momento
“Plan de Paz”.

El asesinato del señor Rabin y las investigaciones que sobre él se
realizaron y aún se realizan, fueron revelando una trama increíblemente
compleja. Los sectores judíos que pueden ser definidos como fundamentalistas
no sólo conspiraron -con prolongada anterioridad al asesinato propiamente
dicho- contra la concepción original del “Plan de Paz” (“paz por
territorios”): están asimismo estructurando una fuerza -ideológica y física-
a escala internacional, con el objeto de desatar una guerra “definitiva”,
una guerra de exterminio que tendrá por escenario principal el Oriente Medio
(Siria, en primer lugar) y “zonas contiguas” del Asia Central (Irán). Esa
“guerra definitiva” es una “solución final” para exterminar y/o transferir a
la población palestina y árabe del Eretz Israel (Gran Israel, o territorio
de Israel, con fronteras definidas -“desde el Nilo al Éufrates”- a partir de
relatos bíblicos considerados “sagrados” por los fundamentalistas judíos) y
lograr así una pureza étnica que el nacional-judaísmo considera
imprescindible para la realización de su Plan Mesiánico.

A partir de esa guerra, el lobby judío (norte)americano pretende alcanzar un
espacio económico ampliado -en Oriente Medio y Asia Central- según objetivos
globalizadores. Lo intentó alcanzar bajo gobierno social-sionista, que
pretendió convertir al Estado de Israel -vía “plan de paz”- en el cerebro
tecnológico y financiero de un espacio árabe-musulmán totalmente
domesticado, por medios “pacíficos” (políticos y diplomáticos) (10). Ese
proyecto social-sionista ya no es viable porque la sociedad israelí
-incluidos los sectores más poderosos de la diáspora judía- no es una
sociedad occidental normal, como ingenuamente pensó el propio Occidente
hasta hace muy poco tiempo. En su interior se produjo una mutación profunda
que tendrá alcances estratégicos trascendentes que afectarán a la totalidad
del “mundo occidental”.

Esa guerra ya está pre-diseñada a partir de numerosos ensayos sobre el
terreno. El exterminio y la expulsión de grandes masas poblacionales de
árabes y de musulmanes será un elemento constitutivo esencial en el nuevo
conflicto que se está diseñando. Habrá asimismo una fuerte represión en el
interior de la sociedad israelí, en la dirección de eliminar del mapa
político y físico a todas las versiones del “liberalismo laico judío”.

Este conflicto interior no es nada nuevo en la historia del judaísmo. Se
planteó en Alemania entre sionistas y “asimilados” con anterioridad y
durante la “segunda guerra mundial”. Fracciones del sionismo, especialmente
las “revisionistas” (así llamadas posteriormente porque querían “revisar” el
mapa de Palestina luego de la “partición” de 1947) negocian con la jefatura
del Tercer Reich, por lo menos hasta 1942, la transferencia a Palestina sólo
de judíos sionistas, dejando a los judíos asimilados para su posterior
traslado a campos de concentración de la Europa del Este. Paralelamente
miles de alemanes de origen judío, pero no asumidos como tales, pelearon
valientemente en la Wehrmacht por la victoria del III Reich.

Como veremos en el capítulo siguiente, la llamada “solución final” no
consistió en el exterminio físico y planificado de los judíos europeos. Por
supuesto que hubo asesinatos en masa de judíos y de no judíos. Ello sucedió
en todos los frentes y en todos los bandos en pugna. Lo que pretendemos
señalar es que todos los documentos existentes hasta el día de hoy
demuestran con claridad que el objetivo del nacional-socialismo era excluir
a la población judía del Tercer Reich, y no exterminar a esa población, como
sostiene la teoría del Holocausto o el Mito de los “seis millones”.

No se niega la existencia de crímenes cometidos por el nacional-socialismo
alemán. Se sostiene que esos crímenes no son de naturaleza distinta a otros
crímenes cometidos por otros Estados o grupos humanos a todo lo largo de la
historia humana, incluyendo la segunda guerra mundial. En ese sentido no
hubo “Holocausto”, es decir, un plan ritual de exterminio -por parte del
victimario- y una aceptación (necesidad teológica) de ser exterminados, por
parte de las víctimas.

Posteriormente, la “teoría del Holocausto” se constituyó en el gran elemento
mítico e ideológico justificativo no sólo de la creación del Estado de
Israel; sobre todo propició -muy enfáticamente- la “necesariedad” de los
crímenes continuos, sistemáticos y progresivos cometidos por ese Estado,
contra Palestina, Líbano y el mundo árabe-musulmán en general. Se pretendió
fijar en la conciencia mundial la idea de que el “Holocausto” era superior e
irreductible a cualquier otro sufrimiento o sacrificio humano en la
historia. Ello permitió sostener que “la creación del Estado de Israel era
la respuesta de Dios al Holocausto”, y que sus crímenes eran un acto de
fidelidad al “gran elector”. Al Dios que señala e identifica a su pueblo.

Ahora ese “Estado Divino”, habitado por un “Pueblo Elegido”, planea y
ejecuta una guerra de destrucción y de exterminio, un verdadero genocidio
contra los pueblos musulmanes (en principio, árabes y persa), siempre
protegido por el escudo ideológico del “mito de los seis millones”.

Esa guerra de exterminio, en la escala regional, implicará, en primer lugar,
al ejército de Siria, y a los movimientos políticos y militares de
resistencia nacional como Hezbollah (Líbano) (11). El objetivo de los mandos
fundamentalistas del ejército judío -que en ningún momento fueron ajenos a
ninguna de las crisis relacionadas con el llamado “Plan de Paz”- será
destruir con la mayor rapidez posible a las fuerzas de Damasco y, luego de
tener las manos libres -en un tiempo muy corto- arrasar -utilizando armas
nucleares, si fuese necesario- a la República Islámica de Irán. Los
territorios bíblicos del Eretz Israel estarían así disponibles para el
“pueblo elegido”.

El nacional-judaísmo o hiperjudaísmo es, en verdad, una combinación
sanguinaria entre mesianismo religioso pos-sionista, militarismo de alta
tecnología y capitalismo globalizante. La realización plena y efectiva de
cada uno de los elementos de ese trípode pasa inexorablemente por el
desarrollo de una guerra ya iniciada cuyas líneas principales podrían ser
las señaladas anteriormente. En estos días estamos viendo, en Palestina,
algunos aspectos preliminares de esa guerra. Algunos ensayos en pequeña
escala, como lo son asimismo los bombardeos cotidianos al Líbano.

Que exista ese plan mesiánico-militar orientado a crear una gran zona de
globalidad capitalista en lo que hoy es uno de los grandes “agujeros negros”
(12) de la política mundial (grandes “vacíos” que desestabilizan la
concepción globalista del “Nuevo Orden Mundial”); que exista ese Plan no
quiere decir que el mismo se realizará indefectiblemente. Son numerosas y
activas las fuerzas resistentes que actuarán en dura oposición a su
desarrollo.

Shimon Peres vuelve a la carga con una de las ideas más peligrosas para la
supervivencia del pueblo palestino y, también, para la del mundo
árabe-musulmán: el proyecto laborista de la “confederación judío-palestina”.
El proyecto pretende constituirse en el núcleo de un programa de gobierno
alternativo al de la coalición Likud-partidos religiosos, actualmente
gobernante. Se trata de hacer efectiva la “alternancia en el poder”,
mecanismo común en las llamadas “democracias normales” occidentales y, con
ello, continuar simulando que la sociedad israelí es una “sociedad normal”,
según parámetros occidentales.

¿En qué consiste la idea de la “confederación judío-palestina”?

En esencia plantea la necesidad de construir un mercado económico en todo el
espacio árabe musulmán del Oriente Medio. Ese espacio económico tendría como
centro o núcleo al propio Estado de Israel, quien sería el encargado de
suministrar su “capacidad tecnológica”, entendida como motor de la totalidad
de ese espacio económico. La “confederación judío-palestina” hubiese sido la
conclusión lógica de los Acuerdos de Oslo, de no haber mediado la victoria
electoral de Netanyahu y la creciente hegemonía del fundamentalismo judío,
dentro de las fronteras del Estado de Israel. La totalidad del proyecto está
expuesta en un libro firmado por Shimon Peres cuyo título en castellano es:
Oriente Medio, Año Cero (Grijalbo, Barcelona, 1993).

Dado que las cuestiones económicas están en el centro del proyecto, europeos
y norteamericanos siguen convencidos que la “solución” de la cuestión
palestina está dentro de la idea de “confederación”. Ello significa que la
“confederación” sería el mecanismo adecuado para impulsar la dinámica de la
paz. Una vez que israelíes, palestinos y árabes desarrollen la confianza
mutua, a partir de un desarrollo económico concreto y ordenado dentro de un
mismo espacio, los problemas políticos más espinosos quedarían resueltos
casi automáticamente.

La “confederación” deberá, naturalmente, poseer un centro o eje: la unidad
de intereses entre israelíes y palestinos, primero, y entre israelíes,
palestinos y jordanos, de inmediato. Una especie de Benelux medio-oriental
para el desarrollo de proyectos económicos conjuntos. Así, la paz será la
consecuencia de un acuerdo sobre cuestiones económicas de fondo. Una vez
pactada la cooperación económica, todos los demás problemas (soberanía,
tierra, Jerusalén, Estado Nacional Palestino, etc.) encontrarían el marco
adecuado de solución.

Para los laboristas israelíes -que cuentan con el apoyo de los europeos y,
en parte, de los norteamericanos- la idea de la “integración económica” es
la base y la condición de la “seguridad”. Exactamente lo contrario a como lo
ve Netanyahu. La integración económica es el principal componente del
proceso de paz. La seguridad de Israel se ampliaría de esta manera a un
marco regional: se habla de una “seguridad regional” para combatir al
“terrorismo”. La lucha por la reconquista de la dignidad del hombre es una
cuestión que no puede ser separada del actual combate mundial de los pueblos
-de todos los pueblos- contra una globalidad indiferenciadora y
crecientemente perversa. El hiperjudaísmo es una parte constituyente
esencial del globalismo que separa a la población mundial trazando una
frontera infranqueable entre “elegidos” y humillados. Pero dentro de la
“confederación” los palestinos encontrarían, por fin, un lugar en el mundo,
aceptando la soberanía judía en lo económico, lo tecnológico y lo político.
Ya no sería necesario desangrarse en esas luchas estúpidas por la dignidad,
como diría el señor Shimon Peres.

 El lobby judío-norteamericano

 Por una cuestión de geografía, pero también de teología, son los palestinos,
los libaneses, los sirios y otros pueblos árabes y musulmanes los más
próximos y por lo tanto los más afectados por el gran tigre nuclear israelí.
Que ha sido creado, alimentado y -hasta el día de hoy- mantenido por los
intereses del capitalismo globalista y por la gran influencia mundial del
lobby judío-norteamericano, que presiona sobre un gobierno
(social-demócrata) norteamericano crecientemente judaizado en su estructura
decisional más íntima. No sólo desde el punto de vista teórico e histórico
existe una total interdependencia entre capitalismo y judaísmo.

El lobby judío-norteamericano no es sólo la “carta del triunfo” de los
Estados Unidos en toda la región del Oriente Medio y Asia Central . Entre
los Estados de Israel y de EUA existe en verdad un “tercer Estado” que es el
lobby judío-norteamericano, quien fue el que realmente impulsó al actual
gobierno de Netanyahu. Ese Tercer Estado es en verdad una suma de las
capacidades de los otros dos, ya que está en condiciones de sintetizar los
poderes fácticos (económico-tecnológicos de los EUA) con la fuerza teológica
(cultural) del hiperjudaísmo que se ha adueñado de los resortes del Estado
de Israel  (13).

En su último libro (Les États-Unis avant-garde de la décadence), Roger
Garaudy utilizando datos del “New York Times” y de “Forbes” estima que el
lobby propiamente dicho -independientemente de la importante presencia judía
dentro del poder ejecutivo norteamericano- abarca a unos 45 senadores y a
200 representantes (diputados) de un total de 435. Los judíos
norteamericanos, que sólo son el 2,6% del total de la población, representan
al 20% de los millonarios de ese país. Ellos están permanentemente
dispuestos “… a recompensar los votos favorables a Israel según las
directivas de la AIPAC, American Israel Public Affairs Committee” (Garaudy,
op. cit).

En los EUA residen actualmente unos 5.500.000 de judíos, una cantidad casi
igual a los ciudadanos judíos residentes en Israel, luego del “retorno”
ruso. Refiriéndose al acceso al poder de Netanyahu, Elisabeth Schemla señala
que los principales responsables, los que financiaron ese hecho, fueron los
millonarios que integran “…una parte importante de la comunidad judía de
los Estados Unidos” (L’Express, Nº 2361, 3-9 de octubre de 1996). El dato
relevante es que el lobby judío norteamericano sigue apostando tanto por el
Partido Demócrata como por el Partido Republicano en los EUA (14) . En un
reportaje aparecido en la misma publicación antes mencionada, Shimon Peres
define a Benjamín Netanyahu como un “…heredero de Jabotinsky y del
revisionismo”. “Pero yo diría -continúa Peres- que es un revisionista en
edición americana”.

En enero de 1998 Netanyahu viaja una vez más a Washington, pero ahora con la
decisión de apoderarse de casi toda la Cisjordania. Encuentra a un Clinton
muy debilitado por sus “escándalos sexuales”, a un vicepresidente Gore cada
vez más ansioso de agradar a Israel y a los votantes judíos en los EUA, pero
sobre todo a un movimiento fundamentalista evangélico en crecimiento
constante. Parte de la comunidad judía norteamericana es liberal y está
fuertemente ligada al Partido Demócrata. La otra mitad, aproximadamente, de
la comunidad judía en los EUA, apoya al fundamentalismo judío de Jerusalén.
El problema básico de ambos partidos, del demócrata y del republicano, está
localizado en los votos de la comunidad judía norteamericana. ¿Cómo
compensar una eventual pérdida de votos judíos liberales? Pues como hizo
Netanyahu, pactando con el “sector sionista” del fundamentalismo evangélico,
furiosamente opuesto al Partido Demócrata. Este pacto reciente entre el
fundamentalismo judío y el fundamentalismo evangélico es una operación
estratégica, pero sobre todo teológicamente lícita: son dos “pueblos del
Libro” que con más insistencia histórica han sostenido posiciones
expansionistas e imperialistas.

 
La nueva forma ideológica del lobby judío-norteamericano

“Sólo los Estados Unidos pueden dirigir el mundo. Estados Unidos sigue
siendo la única civilización global y universal en la historia de la
humanidad. En menos de 300 años nuestro sistema de democracia
representativa, libertades individuales, libertades personales y empresa
libre ha puesto los cimientos del mayor boom económico de la historia.
Nuestro sistema de valores es imitado en el mundo entero. Nuestra tecnología
ha revolucionado la forma de vida de la humanidad y ha sido la principal
fuerza impulsora de la globalización…”

“La revolución política y cultural que está ahora en proceso en Estados
Unidos -marcada por la llegada de un nuevo Congreso republicano a
Washington- está encaminada, por encima de todo, a acabar con la decadencia
de nuestro sistema mediante la renovación del compromiso con los valores y
principios que han hecho que la civilización norteamericana sea única en el
mundo”.

Senador Newt Gingrich, Los Estados Unidos y los desafíos de nuestro tiempo.

Una lectura atenta del recorrido de Benjamín Netanyahu en su última y breve
visita a Washington (enero de 1998, 48 horas) nos muestra un “mapa” político
del lobby judío-norteamericano muy distinto al habitual. Sin duda alguna el
“golpe de Estado” que ciertos sectores republicanos idearon contra el
gobierno de William Clinton no fue en absoluto ajeno a ese “cambio de
recorrido”. El Sheik palestino Ahmed Yasin fue aún más lejos en esa
suposición: acusó al gobierno israelí de estar “detrás del escándalo” que
ata las manos del presidente Clinton en un momento crucial en el desarrollo
del “plan de paz”.

Nadie mejor que la inteligencia israelí para saber qué pasa en los EUA. Para
el Mossad, el “coloso” americano es una casa de cristal. Es evidente que
Netanyahu sabe muy bien que hay un gobierno débil en Washington: es un
momento muy oportuno para forzar las reglas del juego, precisamente cuando
la administración demócrata -plagada de altos funcionarios judíos- todo lo
que tiene que hacer, hasta el fin de sus días, es cuidar, meramente, el
cargo. Es el momento para humillar a ese gobierno, que quiso imponer, con
timidez exquisita, algunas reglas de juego en Oriente Medio (todas ellas,
naturalmente, orientadas a no perder el apoyo de los gobiernos árabes
“leales”, incluida la ANP).

Una parte de la propia comunidad judía norteamericana quedó fuera del juego
dentro del nuevo circuito político inaugurado por el fundamentalismo judío
israelí. Toda la diáspora está ya dividida. Los judíos laicos-liberales,
comenzando por los judíos laicos-liberales de la propia Israel, ya no son
auténticos judíos. Fue dentro de ese contexto que Yehudi Menuhin declaró a
Le Figaro que “el nazismo está progresando en Israel”. Lo sorprendente no es
la declaración en sí de Menuhin, sino la difusión que la misma tuvo en
medios occidentales que hace pocos meses atrás jamás la hubiesen siquiera
mencionado. La relación entre el fundamentalismo judío de Israel, el
gobierno demócrata de los EUA y los judíos liberales norteamericanos se
venía deteriorando aceleradamente en los últimos tiempos. Las “nuevas
relaciones” que inaugura Netanyahu en Washington no son más que la
culminación de ese proceso.

Los judíos liberales norteamericanos lanzan contra Benjamín Netanyahu una
acusación principal, en su nombre y en nombre de la propia administración
demócrata, dentro de la cual ellos se habían “infiltrado” con inusitada
profundidad. Acusan al fundamentalismo judío israelí de mantener algo así
como relaciones carnales con el fundamentalismo evangélico-calvinista, los
“cristianos proisraelíes” de los EUA. “El director de la Liga
Antidifamatoria, Abe Foxman, calificó el comportamiento de Netanyahu de
`alcahuetería grosera’, concretamente en el caso de `tipos’ como el
reverendo Jerry Falwell, con quien Netanyahu se entrevistó a solas durante
varias horas antes de entrar en la Casa Blanca. Foxman dijo que `la
principal preocupación de Netanyahu debería ser Israel, teniendo en cuenta
que los judíos norteamericanos están en total desacuerdo con los
fundamentalistas cristianos en la mayoría de los temas sociales'” (The
Jerusalem Post). En realidad el señor Foxman debió haber dicho que algunos
judíos norteamericanos liberales de la costa este, están en desacuerdo con
los fundamentalistas cristianos.

De todas formas “ese tipo”, Jerry Falwell, uno de los líderes más agresivos
del movimiento fundamentalista evangélico, anunció a la prensa y en
presencia de Netanyanhu: “Estamos pidiendo por fax, por teléfono y por
correo electrónico a los 200.000 pastores evangélicos de América que
utilicen sus púlpitos y su influencia para apoyar al Estado de Israel y a su
primer ministro”.

Es lógico, no existe nada más afín, desde el punto de vista teológico, que
el fundamentalismo judío y el fundamentalismo evangélico. Ambos basan su
accionar sobre un mismo Libro: el Antiguo Testamento. El actual territorio
norteamericano fue conquistado -ante indígenas e ibéricos (se empleó un
método diferente ante franceses y rusos)- de la misma manera que los
antiguos cananeos fueron expulsados de Palestina a partir de 1948: en nombre
del Israel bíblico y con una metodología extraída del Libro de Josué. Sobre
esa convergencia teológica operan ahora otros factores no menos importantes:
el neo-aislacionismo republicano exige un Estado de Israel fuerte en Oriente
Medio.

 Sobre el fundamentalismo evangélico-calvinista.

 En Los Estados Unidos de Norteamérica el fenómeno socio-cultural
contemporáneo más importante es la emergencia de distintas modalidades de un
fundamentalismo de raíz evangélico-calvinista. La plena vigencia de esta
realidad tiene múltiples manifestaciones (15).

En el plano político-económico resultan obvias las relaciones entre
fundamentalismo evangélico-calvinista y neo-aislacionismo estratégico,
porque la alternativa fundamentalista dentro de los Estados Unidos,
producida en función de factores absolutamente endógenos, es una situación
en su totalidad indesligable del crecimiento político del ala más extrema
del “republicanismo” norteamericano. Inclusive la eclosión de un terrorismo
endógeno (Oklahoma) de raíz fundamentalista en la tradición del evangelismo
calvinista no pudo haberse manifestado -bajo ninguna circunstancia- antes de
que se lograra esa hegemonía (no tanto política cuanto cultural)
conservadora, que es una expresión profunda y crecientemente hegemónica de
la sociedad norteamericana actual.

Son muy pocos los analistas del sistema político norteamericano que
relacionan el retorno masivo del conservadurismo republicano a los más
importantes resortes de poder de ese país, con el largo y profundo proceso
de transformaciones culturales y religiosas que vienen experimentando las
bases de la sociedad norteamericana en, por lo menos, las últimas dos
décadas. La clave de la nueva situación que se avecina puede ser ilustrada
gráficamente mediante la imagen del iceberg: las escaramuzas que vemos en la
superficie de la política norteamericana no son más que reflejos, efectos
casi secundarios de”Un movimiento de fondo que ha llevado a ciertas capas
de la sociedad estadounidense a formular en categorías evangélicas o
fundamentalistas el rechazo a los <valores seculares>, que consideran
dominantes y nefastos, y el anhelo de un cambio profundo de la ética social”
(Gilles Kepel, La revancha de Dios).

A diferencia de lo ocurrido en la “era Reagan” (que, vista a la distancia,
puede ser definida como una simple alteración de la política económica) lo
que hoy se propone la nueva dirigencia evangélico-republicana es refundar lo
que ellos llaman la civilización (norte)americana.

El programa que contiene los objetivos políticos inmediatos del Partido
Republicano está contenido en un texto sugestivamente titulado Contrato con
América. Tal Contrato se basa fundamentalmente en:

* La reducción al máximo del aparato del Estado;

* la supresión de casi todos los programas sociales;

* la rebaja de los impuestos a los sectores superiores de la pirámide
social;

* el endurecimiento de la acción contra la delincuencia;

* el impulso decisivo a los valores religiosos tradicionales (oración
obligatoria en las escuelas);

* la restricción casi absoluta de todo tipo de “ayuda exterior”;

* el endurecimiento de la política hacia Rusia y el aceleramiento de la
entrada en una OTAN norteamericanizada de los países de la Europa Central;

* la redefinición del rol de los Estados Unidos en la ONU (los eventuales
“cascos azules” norteamericanos no actuarán nunca bajo la conducción de
ningún general extranjero), etc.

 

Se trata sólo de medidas de corto plazo, muchas de las cuales ya han sido
adoptadas por el Partido Demócrata. Los principales dirigentes políticos y
religiosos que avalan el Contrato prevén un lapso de diez o doce años para
vencer a las “élites progresistas, esa pequeña facción de liberales
contraculturales que están aterrorizados ante esta gran oportunidad de
renovar la civilización americana” (Gingrich). La búsqueda de la nueva
identidad norteamericana pasa hoy por un retorno decidido al individualismo
y al calvinismo radical, con raíces en el valor del colono (la analogía
entre el colono americano descendiente del Mayflower, y el colono
judío-americano en Palestina es alucinante), en la confianza en el poder del
individuo, en la fe sobre un sueño de éxito en una tierra de promisión.

El nuevo conservadurismo norteamericano no es más que la expresión política
superficial de un movimiento religioso y cultural profundo orientado a
enterrar la “mentalidad liberal” y el “humanismo secular”. Por debajo de los
movimientos políticos están los movimientos religiosos y culturales que, por
primera vez, son los que impulsan a los primeros.

Por eso son tan importantes algunas cuestiones como la del rezo en las
escuelas. A partir de allí los movimientos evangelizadores de base esperan
lograr una nueva articulación entre la familia y la sociedad civil,
impugnando la política educativa “sin Dios” que impulsa el Estado secular
liberal.

Los activistas más destacados del movimiento tras la fachada política son
los evangélicos, que han realizado en las últimas décadas una práctica
social y educativa de gran significación en la sociedad norteamericana.
Hacia finales de los años 60″Esa práctica se ejercía en diferentes niveles,
de la parroquia a la constitución de redes nacionales que se valen de los
grandes medios -primero la radio y la prensa, luego la televisión- para
difundir un mensaje de resocialización, de reconstitución de comunidades
creyentes que, más tarde, de mediados de los 70 en adelante, apuntará a la
transformación política de América por medio de la recristianización”.
(Gilles Kepel, op.cit).

No es en absoluto una casualidad que el terrorismo en los Estados Unidos de
Norteamérica (Oklahoma), endógeno, fundamentalista, conservador y
aislacionista, eclosione en los espacios tradicionales de la “América
profunda”, y se manifieste en contra de las grandes megalópolis
“internacionalizadas” (en verdad, multirraciales, con altos crecimientos en
la tasa demográfica) de ese mismo país. La estructura ideológica del
terrorismo fundamentalista norteamericano responde con absoluta exactitud al
modelo que expone David Rapoport en su Terrorismo sagrado: “La tarea
fundamental es deshacerse del enemigo interno porque, sin apóstatas, los
enemigos externos son impotentes”.

En este caso el Enemigo Interno Nº1 es un Estado Federal “globalizado”. Ese
Estado Federal -cosmopolita y multirracial (o poliétnico)-, dada la
evolución actual de su base económica-productiva no tiene otra alternativa
que erradicar “los elementos fundacionales de los Estados Unidos” en función
de la globalización internacionalista. Allí aparecen los “guerreros de la
tradición”, quienes representan “el período fundacional” (de la nación
norteamericana) en el cual Dios (en su versión original calvinista y, luego,
evangélica) estaba en contacto directo con la comunidad de los
colonos-peregrinos.

El paralelismo con los colonos judíos fundamentalistas, proviene de dos
lecturas similares del Antiguo Testamento. Tal la base teológica y
estratégica común entre un Estado de Israel pos-sionista y una sociedad
norteamericana en avanzado proceso de “re-cristianización”. Sobre ese
proceso emergen los nuevos “amigos de Israel”. Es evidente que el lobby
judío-(norte)americano, ese Tercer Estado, tiene una influencia decisiva
sobre la política exterior de un gobierno (norte)americano asimismo
fuertemente judaizado, y no sólo en lo que atañe directamente al Oriente
Medio. Sabe de la gran fuerza emocional del Mito del Holocausto, tanto como
un padre conoce las virtudes y defectos de su hijo. Netanyahu ha demostrado
que sus alianzas políticas pueden ser establecidas simultánea o
alternativamente con los dos partidos. Su influencia también es determinante
sobre hechos que ocurren en otras regiones del mundo que puedan tener
repercusiones desde y hacia el Oriente Medio. Pero asimismo ese lobby tiene
una importancia creciente en el control que sobre la política norteamericana
ha adquirido el gobierno judío de Jerusalén; por descontado en el plano de
las transferencias financieras y tecnológicas, pero asimismo a partir de un
componente religioso y territorial de naturaleza fundamentalista,
representado por los colonos judíos de origen (norte)americano, cuyo modelo
es el famoso asesino, hoy reverenciado como un profeta, Baruch Goldstein.

 
El islamismo “radical”

Dentro de este contexto, la resistencia nacional libanesa -Hezbollah- es
acusada sistemática y periódicamente por la Inteligencia israelí de ser la
autora de cuanto “atentado terrorista” -real o ficticio- ocurra en el mundo.
Para comprender y explicar la magnitud del despropósito es necesario
describir, siquiera someramente, qué es y cómo actúa el movimiento libanés
de resistencia nacional llamado Hezbollah, o “Partido de Dios”.

En primer lugar hay que decir que Hezbollah es un enemigo temible para el
Estado judío. Combate duramente, dentro de su propia patria, la invasión y
el control territorial de Israel en el Líbano, que incluye el robo, o desvío
de aguas de uno de los principales ríos de la región, el Litani. Asimismo, y
a diferencia de la OLP que operaba desde el Líbano (precisamente, hasta su
expulsión por la invasión israelí de 1982), Hezbollah es un movimiento no
sólo estrictamente libanés, sino además integrado en su inmensa mayoría, por
chiíes originarios y habitantes actuales del Sur del Líbano y del Valle de
la Bekaa.

Bruno Étienne (El islamismo radical) sintetiza de la siguiente manera el
origen libanés de Hezbollah, que es anterior a la irrupción de la revolución
iraní: “La toma de conciencia de los chiíes libaneses es imputable en gran
parte al Imam Musa Sadr (desaparecido en 1978 en Libia) y a los exiliados
iraníes encuadrados por Mustafá Chamram… así como a Abu Charif,
organizador militar del movimiento AMAL y futuro responsable de los
Guardianes de la Revolución. En 1967 (es decir, mucho antes de la revolución
iraní) el Imam Musa Sadr había fundado el Alto Consejo Islámico y el
Movimiento de los Desheredados, al-Mahrumin. Ese movimiento sería la base de
Afwat al-muqawuamat al-lubnaniya (cuyas siglas son Amal, que a su vez quiere
decir “esperanza”, en árabe)… En menos de cinco años, cuando Occidente aún
no se ha enterado de su existencia, el movimiento se escinde en ramas
antagónicas… En 1980, Hussein Musawi funda el Amal islámico en la Bekaa;
luego Abbas Musawi crea los `hizbolai’ en Baalbek, con Subhi Tufayli
(Étienne, El Islamismo radical, p.225-226).

Hezbollah es asimismo el principal partido político del Líbano de hoy, por
lo menos en términos de organización, ideología y capacidad de convocatoria.
Pero sobre todo es un partido legal en el Líbano. Más aún. Como tal partido
libanés es el único autorizado legalmente a mantener una milicia, un
ejército, al margen del ejército nacional, pero en muchos casos colaborando
con él.

La función específica de las fuerzas armadas dependientes de Hezbollah es
recuperar los territorios ocupados por Israel en el Sur del Líbano.
Sucesivos gobiernos en Beirut, incluido el actual del señor Rafic Hariri,
comprendieron que la organización militar de Hezbollah es la única con
capacidad para mantener -al menos como proyecto de futuro- la soberanía
libanesa sobre un territorio que pretende ser anexado por un Estado vecino,
el Estado judío.

Junto con su capacidad militar, el movimiento de resistencia nacional
Hezbollah mantiene un bloque muy importante de diputados en el congreso
nacional, en Beirut. Con los sistemas de alianzas políticas existentes,
aproximadamente un tercio del total de diputados se encuadra dentro de la
estrategia de Hezbollah.

Hezbollah es también una especie de Estado dentro del Estado, en lo que
concierne a salud pública, educación, asistencia social y otros temas a los
cuales la administración central no puede acceder luego de 15 años de
destructora guerra civil y de permanentes agresiones militares exteriores
israelíes.

Finalmente Hezbollah está insertado y en cierta medida depende de un sistema
de relaciones internacionales y regionales muy complejo y extremadamente
delicado. Mantiene, por supuesto, una relación no sólo ideológica muy
profunda con Irán desde su origen como movimiento. Pero además con Siria,
que es un Estado laico, de quien depende en lo que respecta al suministro de
material militar. Pero sin duda alguna su sistema de relaciones
internacionales es mucho más amplio, en la región y fuera de ella.

Al ser Hezbollah sólo una pieza -aunque crecientemente autónoma- de un vasto
sistema de alianzas políticas y militares que funciona relativamente bien en
una de las zonas más inestables del mundo, es comprensible que su
comportamiento internacional deba ser necesariamente moderado. De otra
manera dejaría de ser -para algunos Estados- un aliado necesario, y se
transformaría en un riesgo inútil.

Es por ello que en la actualidad ha logrado establecer sólidas relaciones
políticas con por lo menos dos gobiernos europeos de primer nivel. Francia y
Alemania. Es obvio que en ninguno de los escenarios en los que actúa la
diplomacia de Hezbollah está ajena la presencia iraní y, en el caso alemán,
la influencia creciente sobre Bonn de la comunidad chiíta residente en ese
país. Fue precisamente el jefe del servicio de inteligencia alemán quien
actuó de intermediario en el intercambio de restos mortales y de prisioneros
de ambas partes, entre Israel y Hezbollah, en julio de 1996. Esa presencia,
y otros hechos que sería largo enumerar en este momento, nos habla de una
madurez creciente en los movimientos internacionales de Hezbollah.

Dentro de ese marco, ¿cómo una organización de tal envergadura podría
aventurarse a realizar atentados terroristas fuera de su teatro natural de
operaciones, que es el sur del Líbano, y que no aportan nada significativo
desde el punto de vista militar a su guerra de liberación nacional? Dado su
crecimiento político, militar e internacional, lo que arriesga perder será
siempre mayor de lo que se proponga ganar.

He conversado con muchos observadores y periodistas europeos que llevan
años, y aún décadas, analizando el Medio Oriente con base en Beirut. Me
sorprendió que la opinión fuera coincidente, a pesar de que muchos de ellos
mantenían una relación francamente hostil con Hezbollah. Las acusaciones de
culpabilidad lanzadas por Israel y sus aliados norteamericanos sobre
Hezbollah en relación con diferentes acciones terroristas no provienen de
ninguna “prueba” existente, sino de la intrínseca peligrosidad que esta
organización representa para el Estado judío, a partir de su demostrada
capacidad para ejercer una presión militar constante sobre su frontera norte
(Galilea), a través de la “zona de seguridad”.

De allí que, cuanto mayor sea la conflictitividad de toda la región, y ese
es desgraciadamente el camino, mayores serán las necesidades de Israel de
eliminar a Hezbollah, quien le causa bajas reales en combates reales en
operaciones militares cada vez más difíciles de controlar para el Estado
judío. Sobre esta realidad se fabrican las acusaciones.

 
Las guerras civiles judías: del social-sionismo al nacional-judaísmo

Yahveh golpeará a Israel como las aguas agitan una caña, y arrojará a Israel
de esta tierra buena que dio a sus padres, y los dispersará al otro lado del
río… Y entregará a Israel a causa de los pecados que cometió Jeroboam e
hizo cometer a Israel.
Libro primero de los reyes (14, 15-16).

 La conformación del nacional-judaísmo en tanto ideología de Estado (del
Estado de Israel, y de vastos sectores de las comunidades judías de la
diáspora) es un hecho absolutamente nuevo en la historia del judaísmo, si
exceptuamos los tiempos de los orígenes, en los cuales la imbricación entre
la religión judía y las políticas nacionalistas de las tribus hebreas era
total. Más aún, la religión judía fue la condición de la existencia nacional
de esas tribus.

Pierre Vidal Naquet (Los judíos, la memoria y el presente, FCE, 1996, p.25 y
ss.) va a los orígenes del Estado judío y constata, no sin asombro, que las
guerras civiles judías, esto es, los conflictos armados entre grupos judíos,
están en la naturaleza de todas las proyecciones políticas del judaísmo. Y
no sólo eso. Constata que esos conflictos interiores, que se derivan de la
adopción de un mesianismo religioso en tanto ideología de Estado, cobran
formas extremas en momentos críticos.

 En primer lugar está la división de los judíos sitiados en Jerusalén por la
tropas romanas comandadas por Tito. Pierre Vidal-Naqué marca una
diferenciación esencial entre el relato de Tácito y el de Flavio Josefo.
Ambos señalan la existencia de un sangriento conflicto intra-judío, aún en
el mismo momento del sitio, pero mientras Tácito (Historias, V, 12) ve una
reconciliación final entre los bandos (que según él eran tres), Flavio
Josefo no hace referencia en ningún momento a una reconciliación final:
“Porque no cesaba la sedición y la revuelta dentro de la ciudad (Jerusalén
sitiada por los romanos), aunque veían el campo de los romanos estar muy
cerca de los muros; pero el primer asalto e ímpetu que los romanos quisieron
hacer, ellos se calmaron algún poco; mas luego volvieron a su antigua
enfermedad, y dividiéndose en partes otra vez, cada uno por sí peleaba,
haciendo todo lo que los romanos, que los tenían cercados, deseaban”.

 Muchos historiadores israelíes fundamentalistas niegan, naturalmente, esta
interpretación histórica, de la cual surge la idea de que existe una
relación directa entre el ejercicio del poder político estatal basado en el
mesianismo religioso y las guerras civiles judías. No hubo guerra civil
judía entre la caída del Segundo Templo y la fundación del Estado de Israel
en 1948, por la sencilla razón de que no existió ningún poder político judío
-Estado- durante ese período.

 En este punto conviene recordar a un gran escritor judío, Ahad Ha’am, uno de
los mayores críticos del sionismo. Se enfrentó con Theodor Herzl ya en el
Primer Congreso Mundial Sionista (Basilea, Suiza, 1897). Un día después de
la apertura de ese Congreso escribió: “Ayer, en Basilea, me encontré
solitario entre mis hermanos, como alguien que guarda luto en una boda…
Este nuevo entusiasmo es artificial y la consecuencia de esperanzas
traicioneras será la desesperación… La salvación de Israel (del pueblo
judío) se realizará por los profetas y no por los diplomáticos… Una cosa
tengo clara: hemos destruido más de lo que hemos construido. Quién sabe si
esto no ha sido el último gesto de un pueblo que está muriendo. No puedo
borrarlo de mi mente… Existe un solo objetivo al que podemos acercarnos
realmente, que es el objetivo moral, nuestra autoliberación de la esclavitud
interior…”

 Muchos años después, cuando Ahad Ha’am se había establecido en Palestina,
viendo los sangrientos resultados obtenidos por el sionismo, envió dos
cartas abiertas de protesta al diario Haaretz, de las que transcribimos
algunos fragmentos: “¡Judíos y sangre! ¿Existe mayor contradicción que
ésta?… ¿Qué hemos rescatado de nuestra destrucción sino las enseñanzas de
nuestros profetas que hemos llevado en el largo camino de nuestro exilio
para iluminar nuestra oscura vida? Nuestra sangre fue derramada en todos los
rincones del mundo a lo largo de miles de años, pero nosotros no derramamos
la sangre de nadie…¿Qué debemos decir ahora que estamos asesinando a
árabes inocentes por venganza? Dios mío, ¿Es este el final? … ¿Es este el
sueño de un retorno a Sión, manchar su tierra con sangre inocente? Y ahora
Dios me hace sufrir de haber vivido para ver con mis propios ojos que estaba
equivocado… si éste es el Mesías entonces no quiero ver Su llegada”.

 Moshe Menuhin, que es quien recoge estos textos en su libro Jewish critics
of Zionism, los comenta de la siguiente manera: “Después de la Declaración
Balfour (1917) no ha habido jamás ninguna base común sobre la que sionistas
y críticos judíos del sionismo hayan podido encontrarse intercambiando sus
pensamientos. La máquina sionista difama, denigra y reprime a cualquiera que
se atreva a criticar las acciones de los sionistas en la Israel sionista y
fuera de ella; pero los críticos judíos del sionismo realmente honrados
siguen atacando frontalmente las injusticias e hipocresías del sionismo
político. Su número es, por desgracia, trágicamente pequeño. Los judíos se
casan en su mayoría entre ellos y están asimilándose a su ‘nacionalización’,
están, con sus cerebros lavados, soportando la horrible causa del
nacionalismo ‘judío'”.

 A partir de la caída del Segundo Templo comienza una polémica muy dura entre
religiosos y secularistas judíos, sobre la cual existe una extensa
bibliografía que no vamos a repetir aquí. Lo que sí nos interesa en este
momento -con el objeto de introducirnos en el concepto de nacional-judaísmo-
es señalar brevemente algunas de las dimensiones de esa polémica a partir
del nacimiento del sionismo, en tanto ideología secular del judaísmo entre
finales del siglo XIX y el declinar de la llamada guerra fría, hacia fines
de los años 80 del siglo XX.

 Ya hemos dicho, en otro trabajo (16) que la disolución del sionismo
-entendido como una cosmovisión temporal del judaísmo y construido según la
óptica estrictamente euro-nacionalista del siglo XIX- es uno de los
subproductos del fin del mundo bipolar. Pero lo importante es que dentro de
la sociedad israelí ese macroproceso coincide con una serie de situaciones
internas que se fueron desencadenando desde los Acuerdos de Camp David.

El nacionalismo sionista que nace con Jabotinsky es indudablemente
mesiánico; sin embargo, no era, con todo, un nacionalismo religioso, o un
mesianismo religioso, en el sentido en que ambos conceptos “mesianismo” y
“religión” se han imbricado en los últimos tiempos. El de Jabotinsky,
Menahen Beguin, Shamir, etc., era un nacionalismo sionista que estuvo en
histórica -es decir, en permanente- oposición al sionismo laborista o
socialsionismo laico. El nacional-sionismo, que termina corporizando Menahen
Beguin, utiliza muchos conceptos bíblicos, pero como ejemplos o modelos de
comportamiento político y militar, no como Weltanschauung fundamentadora.

Para Jabotinsky la religión judía era una institución pública “… con una
eminente función conservadora… La Torah ha preservado a la nación a través
de sus múltiples tribulaciones… Las autoridades públicas tienen el deber
de acondicionar las circunstancias para el ejercicio del culto… (porque)
la religión es un factor de sedimentación, de unificación nacional” (17).
Naturalmente Jabotinsky está hablando de una “nación” sin Estado. Esto
quiere decir que el nacional-sionismo, en la relación entre Dios y Tierra
Prometida, privilegia la idea de Tierra. Primero la Tierra. El actual
nacional-judaísmo previlegia la idea de Dios: con Dios hacia la conquista de
la Tierra Prometida. Del Estado de los Judíos a la Tierra de Israel.

Los elementos políticos y estratégicos que producen el empuje desde uno
hacia otro nacionalismo son perfectamente visibles: la entrega del Sinaí a
Egipto, la destrucción de la OLP en el Líbano y el surgimiento de las
primeras expresiones de resistencias religiosas en el mundo árabe (Líbano),
la creciente influencia del hiperjudaísmo (norte)americano, la crisis del
social-sionismo laborista, etc.

Las distintas corrientes religiosas judías, hasta aproximadamente los años
80, se manifestaban de manera hostil al nacionalismo sionista secular, a
excepción del Gran rabino de Palestina Abraham Isaac Kook (1865-1935), quien
desde los comienzos apoyó la tarea de los pioneros social-sionistas. “Los
nacionalistas laicos no saben lo que ellos representan. El espíritu de
Israel se encuentra absolutamente ligado al espíritu de Dios. De allí que un
judío nacionalista, con sus falsas intenciones seculares, está, a pesar de
él, imbuido de un espíritu divino, a pesar de su propia voluntad” (18) .

Dentro del sionismo religioso se produce una seria fractura a partir de los
Acuerdos de Camp David, representada por el fracaso del grupo Gush Emunin,
fundado por el hijo de Abraham Isaac, Zvi Yehuda Kook (1891-1980). Para
muchos israelíes quedó claro que los acuerdos con Egipto, fundados en la
filosofía “paz por territorios” (en este caso el Sinaí), constituían un
antecedente de primera magnitud para la construcción posterior de un Estado
Palestino independiente en Cisjordania (19).

Todos esos acontecimientos, sumados al amargo sabor que produjo la Guerra de
Yon Kipur, condujo a cada vez más amplios sectores religiosos a revalorizar
la “tierra prometida”, los “espacios bíblicos”. Ello sentó las bases para
una confluencia con los nacionalistas seculares provenientes, en lo
fundamental, del nacional-sionismo (aunque no pocos se incorporaron desde el
social-sionismo). No sólo en Israel sino también en el judaísmo
internacional (diáspora) había emergido una nueva realidad cultural: el
nacional-judaísmo. Es decir, el judaísmo religioso como ideología de un
Estado nacionalista y expansivo.

La lucha contra el llamado “Plan de Paz” es decisiva en este proceso de
convergencia, que ya había fracasado en 1977 con la victoria electoral del
Likud. Pero en aquella época estaban vigentes los síntomas del malestar
nacional de 1973 (Yon Kipur), lo que entre otras cosas provocó la crisis del
Gush Emunin. Pero las ideas de ese grupo han cristalizado en la actualidad,
con esta nueva victoria del Likud, en medio de la fractura nacional que ha
provocado el “Plan de Paz” (20).

Con anterioridad a la fundación del Estado de Israel, las “guerras civiles”
entre las distintas facciones judías tenían como marco al sionismo, es decir
a las distintas corrientes del sionismo secular. Las corrientes religiosas
estaban fuera de esas contiendas. Los nuevos conflictos, en cambio, son de
naturaleza diferente. La actual “frontera” divide los “territorios” del
judaísmo entre “culturas” no sólo diferentes sino antagónicas; y no como en
el pasado reciente entre culturas meramente contradictorias, unas de otras,
aunque todas provenientes de un mismo tronco (nacional-sionismo versus
social-sionismo). Los antagonismos intrajudíos de la etapa sionista fueron,
en algunos momentos, de una violencia extraordinaria. Ello nos puede dar una
pauta de lo que serán los antagonismos de la nueva etapa entre culturas
pertenecientes a “judaísmos” diferentes.

Durante las décadas anteriores a la creación del Estado de Israel (Partición
de Palestina) sucesos extremadamente graves ocurren entre diferentes
facciones del sionismo, que en esos momentos era la fuerza hegemónica del
judaísmo. Esos sucesos terminan en un combate a muerte entre la Haganá
(fuerza paramilitar socialsionista) y otras organizaciones armadas judías,
como el Irgún de Menahen Beguin, y el llamado Grupo Stern, minusvalorizado
por la bibliografía oficial sionista con la denominación de “Banda Stern”.
La línea divisoria de ese combate intrajudío -de esa guerra civil limitada
anterior a la conformación del Estado- fue trazada alrededor de la edición
por los británicos del famoso Libro Blanco de 1939. En lo fundamental, esa
política británica establecía límites a la migración de judíos hacia
Palestina, hecho que contradecía la misma naturaleza del sionismo. Sin
embargo, la reacción contra el Libro Blanco fue absolutamente diferente en
relación a los grupos ya mencionados, y esa diferencia provocó un claro
enfrentamiento militar entre distintas facciones, cuyo resultado final
hubiese sido muy distinto si diferente hubiese sido el resultado final de la
“segunda guerra mundial”.

En líneas generales, y sin entrar ni en detalles ni en particularidades
históricas específicas, la principal agrupación armada del socialsionismo,
la Haganá, fue el producto de una intensa cooperación con las fuerzas
británicas de ocupación: “En colaboración con los británicos…, Ben Gurion
y los socialsionistas moderados pudieron montar un ejército clandestino muy
rápidamente, bajo la protección del británico, e incluso armado parcialmente
por éste…” (21). Los grupos armados opuestos al socialsionismo planteaban
en cambio una guerra abierta contra el imperio británico, “… guerra que
habría de llegar tanto hasta la propia Inglaterra metropolitana como hasta
el resto del Imperio” (22). Este pensamiento era en general sostenido, hasta
el momento de su muerte en 1940, por la línea revisionista de Zeev
Jabotinsky, padre espiritual de Menahen Beguin, y tenía como principal
impulsor a un personaje al que hoy la historiografía oficial israelí
pretende ocultar y hasta ridiculizar: Abraham Stern.

Una vez publicado el Libro Blanco de 1939, no sólo las fuerzas del grupo
Stern sino la totalidad del revisionismo sionista -incluyendo a los grupos
que posteriormente conformarían el Irgún de Menahen Beguin- plantean una
“guerra sin cuartel” contra el Imperio Británico. En este punto la lógica se
impuso: esa guerra no se podía desarrollar sin el apoyo de la Alemania
Nacionalsocialista.

Esta cuestión nos vuelve a introducir en el “mito del antifascismo sionista”
(23), que pretende ocultar que los grupos dirigentes sionistas alemanes
mantuvieron una permanente negociación y una “política de compromiso y de
colaboración con Hitler”. Esas negociaciones de los dirigentes sionistas no
se limitan a los alemanes sino que implicaban también a polacos y a otras
nacionalidades, que para desarrollar esas negociaciones, conformaron los
“Consejos Judíos” (Judenräte). El objetivo de esas negociaciones era
desarrollar la salida de los judíos de la Mitteleuropa hacia Palestina,
política que era muy bien vista no sólo por Hitler sino también por la
totalidad de la dirigencia nacional-socialista, incluidos Himmler y
Heydrich. “Una minoría fuertemente organizada de dirigentes sionistas tenía
la preocupación única de crear un Estado judío potente” (24). Lo que
representaba en la práctica una cosmovisión racista similar a la del
nacionalsocialismo. Así, la primera evidencia que surgía era la existencia
de un enemigo común representado por los británicos. Y la segunda es el
escaso interés que ambas partes, en estas negociaciones, tienen en la suerte
de las masas de judíos “integrados”. Ambas partes coinciden plenamente en la
necesidad de trasladar -fuera del Nuevo Orden Europeo Nacional-Socialista- a
millones de judíos “sionistas”, es decir, no asimilados. Esa gran
movilización demográfica se debería realizar principalmente desde el Centro
de Europa hacia Palestina.

Un testigo de la época, el escritor sionista Eliahu Ben-Horin, escribió un
libro cuyo título en español es El Cercano Oriente: encrucijada de la
historia (25). En él relata detalles hoy ocultados por el judaísmo, y que
resultan de una importancia extraordinaria para comprender las relaciones
entre el Tercer Reich y la cúpula sionista en relación a la inmigración de
judíos alemanes a Palestina. Esas migraciones desde Alemania hacia Palestina
contó con el apoyo total del nacional-socialismo:

“Un Acuerdo oficial de transferencia fue firmado entre el Reichsbank y las
instituciones financieras sionistas de Palestina, y se estableció una
organización especial en Berlín y Tel Aviv para vigilar el cumplimiento del
acuerdo… La corriente de inmigrantes alemanes a Palestina iba aumentando a
un ritmo de continuo crecimiento y, en consecuencia, siempre quedaban más
fondos en Alemania para ser transferidos. De este modo los sionistas se
convirtieron en los agentes de Alemania para el Medio OrienteLos emigrantes
con destino a la emigración ilegal a Palestina eran ayudados por la Gestapo
hasta el punto de que se les permitía llevar consigo cierta cantidad de
moneda extranjera¿Cuál era la razón de esta inusitada ayuda por parte de
las autoridades nazis?La inmigración ilegal judía enfrentaba a los
británicos con los árabes, con los judíos, con los diversos gobiernos de la
Europa Oriental y con la opinión pública mundial. Al estimular la
inmigración ilegal en Palestina, la Alemania nazi contribuía materialmente a
aumentar las dificultades de Gran Bretaña en el Medio Oriente y en Europa
Oriental”.

Posteriormente, el desarrollo militar de la II Guerra Mundial imposibilita
estos desplazamientos poblacionales, lo que obliga a los alemanes a elaborar
un proyecto de “solución final” en esencia similar al que se había pactado
años atrás con la dirigencia sionista, con la única diferencia de que los
desplazamientos poblacionales -en 1942, y guerra mundial de por medio- sólo
podían realizarse en la dirección del Este de Europa. Tal, y no otra cosa,
fue la “solución final”. Un cruel desplazamiento demográfico extremadamente
costoso en vidas humanas. El mito del “Holocausto” corre por cuenta de los
ideólogos asociados a los fundadores del Estado de Israel. Garaudy, en la
obra citada, sostiene: “En el film que fue proyectado en Nuremberg ante el
tribunal y los acusados, la única cámara de gas que aparece es la de Dachau.
El 28 de agosto de 1960, M. Broszat, en representación del Instituto de
historia contemporánea de Munich, de obediencia sionista, escribe en Die
Zeit: “La cámara de gas de Dachau nunca fue terminada, y por lo tanto jamás
llegó a funcionar”. Desde el verano de 1973 una pancarta sobre las duchas
del campo de Dachau explica: “esta cámara de gas, camuflada en sala de
duchas, no ha sido nunca puesta en servicio”…La de Dachau fue la única
cámara de gas que fue presentada en los juicios de Nuremberg como prueba de
la exterminación masiva…” (26) (Ver Capítulo 7).

Entre la política alemana de expulsión de judíos fuera del territorio
europeo, primero, y hacia el este de Europa, después, y su coincidencia con
los Judenräte centroeuropeos, se interponía la estrategia del Imperio
Británico. Finalmente, entre 1935 y 1943, sólo un 8,5% de los judíos que
huyen del nacionalsocialismo alemán llegan a Palestina, mientras que los
Estados Unidos limitaron su ingreso al número de 182.000, e Inglaterra a
67.000 (7 y 2%, respectivamente, del total). La URSS, en la misma época,
recoge el 75% de todos los judíos europeos prófugos del nacionalsocialismo
alemán(27). El Estado, en el que ingresan finalmente más judíos per cápita
durante esa época, es Argentina.

Obviamente la edición del “Libro Blanco” de 1939, al limitar drásticamente
la inmigración de judíos europeos a Palestina, es un elemento que perturba
la política de acuerdos y cooperación que llevan a cabo los Judenräte con
las autoridades del Partido nacional-socialista alemán (NSDAP). Para colmo
de males Chaim Weizmann, Presidente de la Agencia Judía y hombre
visceralmente probritánico, el 5 de setiembre de 1939, dos días después de
que Inglaterra y Francia declararon la guerra a Alemania luego de la
invasión de Polonia, le envía una carta al primer ministro británico Mr.
Chamberlain en la que le informa que “… nosotros, los judíos, estamos del
lado de Gran Bretaña y combatiremos por la democracia”. Y de inmediato
sostiene públicamente -ya que la carta fue reproducida el día 8 de setiembre
por Jewish Chronicle- que “… los dirigentes judíos están preparados para
realizar un acuerdo inmediato que permita la utilización de todas sus
fuerzas, en hombres, técnicas y materiales” en la guerra contra Alemania
(28). El gobierno de Berlín interpretó esta carta como lo que realmente era,
una “…auténtica declaración de guerra del mundo judío a Alemania” (29), y
en consecuencia comienza a plantearse la necesidad de la internación en
campos de concentración de los judíos, en tanto pueblo o nación en estado de
guerra con Alemania.

En esta coyuntura comienzan a actuar los dirigentes revisionistas más duros,
como Abraham Stern, Itzak Shamir y el joven polaco Menahen Beguin, entre
otros. Shamir remite a la Embajada Alemana en Ankara una carta en la que
sostiene la necesidad de “…lograr la cooperación entre el movimiento de
liberación de Israel y el Nuevo Orden en Europa, conforme a uno de los
discursos del Canciller del Tercer Reich, en el que Hitler subraya la
necesidad de utilizar todas las combinaciones de coaliciones para aislar y
vencer a Inglaterra” (30).

Esta división profunda en el seno del sionismo-judaísmo dentro del entorno
dramático de la Segunda Guerra Mundial, conduce a una guerra civil judía en
Palestina, en la que los actores principales son los movimientos armados
Haganá (socialsionista probritánico) el Grupo Stern y, posteriormente, la
Organización Militar Nacional (Irgun Zevai Leumi), furiosamente
antibritánica. La posterior derrota alemana anula todas las posibilidades
políticas de las fuerzas armadas judías revisionistas, y consagra a la
Haganá como elemento fundacional principal del futuro ejército del Estado de
Israel.

La Segunda Guerra Mundial abrió posibilidades estratégicas que hasta ese
momento estaban ocultas. La gran mayoría de los judíos de origen marxista
que ya habitaban Palestina se subordinan a la Agencia Judía Internacional,
mientras que los movimientos revisionistas, que tienen su origen en
nacionalismos judíos centroeuropeos, exploran nuevas alternativas para
lograr el mismo objetivo de crear un Estado Judío exclusor de los habitantes
no judíos de Palestina, con la misma lógica que empleó el
nacional-socialismo para excluir a los no arios del espacio vital alemán.
Ello condujo a una guerra civil intrajudía que no por larvada y limitada fue
menos sangrienta.

 

Fractura histórica y fractura teológica

El Estado de Israel hoy vive una situación de preguerra civil que no es en
absoluto un acontecimiento original, ni en su historia política, ni en su
historia bíblica. Desde los mismos orígenes del pueblo judío, la división ha
pasado siempre entre las distintas formas de secularidad estatal y la
religiosidad del judaísmo, propiamente dicho. Ahora hay un tercer factor en
discordia: el judaísmo laico quien, en la diáspora, está en parte
“asimilado” a las sociedades en las que habitan, pero bajo la forma de
“doble lealtad”.

Las exigencias de la Ley (religiosa) y las exigencias del mundo provocaron
grandes tensiones en todas las épocas y en todas las ramas de la diáspora.
Se manifestaban apenas algún grupo judío asumía la dirección de sus asuntos
políticos. “De allí que muchos judíos piadosos creyesen que era preferible
vivir bajo la soberanía de los gentiles”. El sionismo moderno no nace como
un plan de la teocracia judía sino como un instrumento de gobierno en los
planos político y militar, dentro del “nuevo orden” que surge a partir de la
segunda guerra. Desde la fundación del Estado de Israel, a partir de la
“Partición de Palestina”, el conflicto intrajudío vuelve a plantearse en
forma básicamente similar al conflicto que había nacido en los tiempos del
profeta Samuel. Una interpretación claramente pro-israelí sostiene:

“Los israelitas corrieron el peligro de ser exterminados por los filisteos y
apelaron a la protección de la monarquía para conservar la vida. Samuel
había aceptado el cambio con dolor y aprensión, porque percibía claramente
que la monarquía, o más bien deberíamos decir el Estado, mantenía un
conflicto irreconciliable con el dominio de la Ley (religiosa). Al final
quedó demostrado que tenía razón. Se desafió a la Ley, Dios se encolerizó y
llegó el exilio en Babilonia. La Segunda Comunidad tropezó exactamente con
las mismas dificultades y también pereció. De modo que los judíos comenzaron
la diáspora. Correspondía a la esencia del judaísmo que el Exilio terminara
con un acontecimiento metafísico, cuando así le placiera a Dios, no con una
solución política ideada por el hombre. El Estado sionista era sencillamente
un nuevo Saúl. Sugerir que era una forma moderna del Mesías no sólo
implicaba un error, sino que era también una blasfemia”. (Paul Johnson, La
Historia de los Judíos).

Nunca como hoy, a partir del crecimiento de distintas modalidades del
fundamentalismo judío, es tan cierto el concepto expresado por Gershom
Scholem, durante la etapa fundacional del Estado Judío: “El ideal sionista
es una cosa, y el ideal metafísico, otra; y los dos no se tocan, excepto en
la fraseología pomposa de las grandes asambleas, que a menudo infunden en
nuestra juventud el espíritu de un nuevo shabbetaísmo que necesariamente
fracasará”.

Apreciar en su debida importancia esta dicotomía profunda entre sionismo y
religiosidad es una actitud de trascendental importancia no sólo para
comprender los fenómenos contemporáneos que afectan al Estado de Israel,
sino además para saber diferenciar la etapa original del terrorismo
(sionista) secular con la actual, infinitamente más sangrienta, del
terrorismo judío antisecular, o “sagrado”.

Si algo demuestra la etapa del terrorimo judío secular es el hecho,
históricamente comprobado, de que fueron tan importantes las confrontaciones
militares contra ingleses y árabes como los combates, crímenes y delaciones
que eclosionaron entre los distintos grupos armados judíos: la Haganá, por
un lado, y las distintas bandas del Irgún, por el otro. Durante la “guerra
de la independencia” muchos judíos mueren por la acción consciente y
premeditada de otros judíos, en forma paralela al desarrollo de acciones
militares de los grupos judíos (del Irgún, en especial) contra los enemigos
no judíos, que llegaron a asumir formas realmente sanguinarias.

Respecto de los conflictos internos judíos de la época secular se suele
recordar los sucesos del 6 de noviembre de 1944, día en que la llamada
“banda Stern” asesinó a Lord Moyne, ministro británico para asuntos del
Medio Oriente. La encargada de represaliar ese asesinato -con el apoyo
político del propio Ben Gurión- fue la Haganá (que más tarde se convertiría
en el núcleo de las Fuerzas de Defensa del Estado Judío, Tsahal). La Haganá
desencadenó de inmediato una campaña de terror tanto contra el grupo Stern
como contra el Irgún. Capturó, retuvo en cárceles clandestinas e hizo
“desaparecer” a muchos de sus militantes. Pero realizó un acto aún mucho más
grave: entregó al servicio de inteligencia británico los nombres de 700
combatientes y otros militantes del Irgún. Se calcula que hasta 1.000
personas fueron detenidas y muchas de ellas ejecutadas gracias a esta
delación del sionismo oficial. Estos sucesos fueron relatados por el propio
Beguin en su famoso libro Rebelión en Tierra Santa, que por cierto es de
“lectura obligatoria” para todos aquellos que quieran entender en
profundidad las contradicciones inherentes a la formación del Estado de
Israel.

Las acciones del Irgún contra los árabes no eran menos perversas. Durante el
invierno de 1947/48 el Irgún, comandado por Menahen Beguin decide realizar
una operación de represalia consistente en destruir la aldea árabe de Deir
Yassin, con el objeto de quebrar la moral de los combatientes palestinos que
allí se habían atrincherado. 120 hombres del Irgún caen sorpresivamente
sobre los palestinos, que deciden luchar. Eran más fuertes y estaban mejor
armados y el Irgún comienza a retroceder. Beguin solicita armamento pesado y
de este modo, finalmente, pudo destruir la resistencia árabe. Lo que sigue
fue relatado por un espía de la Haganá que presenció los acontecimientos:
“La represión judía fue una `masacre desorganizada’. Llevaron a los árabes a
una cantera y fusilaron de inmediato a 23 hombres, otros 93 fueron
asesinados directamente en la aldea. Y contando a mujeres y niños, el total
de víctimas del Irgún llegó, esa noche, a 250 personas”. Apenas finalizada
la carnicería, Menahen Beguin, comandante del Irgún y luego primer ministro
del Estado de Israel al frente de la coalición Likud, emite una “orden del
día” acorde con el espíritu del Libro de Josué: “Aceptad mis felicitaciones
por esta espléndida conquista… En Deir Yassin, como en todas partes,
atacaremos y aplastaremos al enemigo. Yhaveh, Yhaveh, nos has elegido para
conquistar”.

 
El nuevo terrorismo intrajudío

Las nuevas formas que adopta el terrorismo intrajudío son hoy decididamente
antiseculares. Más específicamente: se trata de reacciones antiseculares
contra una historia ideológica anterior laica, que ahora es considerada como
subordinada a una “modernidad” que es percibida, por los nuevos sujetos
históricos, como el peligro más letal que existe para el mantenimiento de la
propia identidad. Es así como surgen, entre otros, los principales grupos
terroristas judíos (especialmente a partir de la conmoción que origina la
guerra del Yom Kipur, según ya hemos señalado): como una reacción violenta
contra una historia anterior del judaísmo que ya había adoptado la forma de
un sionismo modernizador y globalizante.

Las diferentes corrientes del integrismo religioso judío asumen actitudes
especialmente agresivas, en particular con las formas “impuras”, “idólatras”
o simplemente laicizantes existentes dentro del propio mundo judío. El
enemigo del integrismo judío es hoy el sionismo laicizante y modernizador.
“No han de ser las leyes del Estado (de Israel) las que nos prescriban qué
podemos o no hacer en la lucha revolucionaria, sino la Torah de Israel y la
conciencia de la responsabilidad nacional que nos incumbe. Ambas
determinarán el límite de nuestro reconocimiento de las leyes del Estado”
(Myron J. Aronoff, The Institutionalisation and cooptation of a charismatic,
messianic, religious/political revitalisation movement, en The Impact of
Gush Emunin, Politics and Settlement in the West Bank, Edited by David
Newman).

Los haredíes (creyentes de Dios) israelíes -las distintas corrientes de la
ortodoxia religiosa judía, en especial aquellas que están cada vez más
integradas al nacionalismo israelí- utilizan la violencia de manera
permanente y en varias dimensiones: en primer lugar contra los grupos judíos
laicos; en segundo lugar, contra otros grupos haredíes no nacionalistas
(“Halcones” contra “Palomas”) y, en tercer lugar, hacia el exterior del
mundo judío. Todas esas dimensiones de violencia, pero especialmente la
última, tiene un fundamento territorial. El investigador francés, Ilan
Greilsammer, refiriéndose a las luchas dentro de barrios ortodoxos o entre
barriadas ortodoxas y laicas dentro de los grandes conglomerados urbanos que
conforman hoy la casi totalidad del Estado judío, señala: “Esta brutalidad
se sitúa en los confines del espacio que esos grupos (religiosos ortodoxos)
ocupan. Ella nace de conflictos por el territorio, por el espacio vital. El
espacio territorial es un factor dependiente del dinamismo demográfico de la
población haredim y ello conlleva una fuerte presión por la extensión del
dominio físico. No se trata solamente de expansionar un área habitacional y
purificarla de impíos -judíos no religiosos- se trata sobre todo de crear un
área de dominación cultural” (31).

Esta violencia intrajudía se asemeja a la violencia que ejercen los judíos
contra los no judíos en el hecho de que en última instancia ella está
fundamentada sobre la necesidad de ejercer un control territorial -dominar
un espacio vital. Por lo demás existen numerosos ejemplos de acciones
violentas entre grupos religiosos judíos a lo largo de toda la diáspora. Se
sigue recordando el choque que se produjo en Brooklyn entre grupos hasedines
opositores (Greilsammer, op.cit).

Existe también una dimensión demográfica de estos conflictos intrajudíos,
fundamentada en la gran diferencia existente entre las tasas de natalidad de
familias hasedines y las de familias no hasedines. La tasa de natalidad de
la comunidad religiosa ortodoxa es extremadamente alta. La observancia de
las leyes religiosas desaniman el control de la natalidad, mientras la tasa
media del crecimiento demográfico israelí tiende a decrecer de manera
continua. Entre los ortodoxos no existen prácticamente solteros
jóvenes/adultos de ninguno de los dos sexos, y el primer niño nace
generalmente durante el primer año de matrimonio. Las pirámides de edad
indican un fuerte porcentaje de niños y de jóvenes en los nuevos barrios
haredíes, de los cuales son expulsadas en forma sistemática las familias
“laicas”. La media de hijos de las familias ortodoxas en Israel va de los 5
a los 10, un número extremadamente superior a los hijos de las familias no
religiosas. El público laico se inquieta ante el crecimiento demográfico de
esta población. Solamente en Jerusalén los habitantes ultraortodoxos
sobrepasan en la actualidad a las 100.000 personas, sobre una población
total ligeramente superior a los 500.000 habitantes (nos referimos a la
ciudad y no al “distrito” de Jerusalén -Yerushalayim-, con datos de 1992).

Pero es especialmente a partir de la guerra de 1967 que distintos grupos
religiosos haredim se transforman en movimientos nacionalistas con gran
capacidad operativa en el plano militar y con programas que giran todos en
torno a la cuestión territorial. Los nuevos colonos nacionalistas religiosos
provienen, en gran parte, de las escuelas talmúdicas creadas por el Partido
Nacional Religioso que había fundado el ya mencionado rabino
judío-norteamericano Zvi Yehouda Kook. La enseñanza en esas escuelas del PNR
se fundamenta en que el territorio judío tiene una dimensión trascendente.
No es un mero paisaje geográfico sino el Eretz Israel, es decir “…Dios
mismo que continúa su obra mesiánica de Redención a través del milagro de
poner esas tierras bajo la soberanía judía. Todo el territorio bíblico judío
es un territorio sagrado. Es un mandato divino conservarlo, anexarlo y
establecer sobre él un máximo de colonias judías”. Como el restablecimiento
de la soberanía judía sobre la tierra es un signo explícito de la proximidad
de la Redención, todo compromiso territorial tiene como efecto retardar y
diferir los Tiempos Mesiánicos. El movimiento ortodoxo judío Gush Emunin (la
experiencia religiosa y territorial que condujo a los primeros actos
demenciales de terrorismo contra judíos y contra no judíos), que se puede
traducir como “Bloque de la Fe”, creado en 1974 bajo influencia del ya
mencionado rabino Zvi Yehouda Kook, ha militado y continúa militando para
que los territorios de la Judea-Samaria (Cisjordania, “West Bank”) no
retorne jamás bajo soberanía no judía, aun al costo de una guerra civil
dentro del Estado de Israel (The Impact of Gush Emunin, op.cit).

Una posición similar mantiene aun otro grupo religioso que es también uno de
los principales fundamentos organizativos e ideológicos de los Halcones: el
grupo Lubavitch. Bajo la directa influencia del antiguo rabino de Brooklyn
(Nueva York) Eliezer Mizrahi, los “Lubavitch” señalaron que “…le está
formalmente prohibido al pueblo judío entregar cualquier porción del Eretz
Israel a los árabes, y asimismo comprometerse a entablar conversaciones con
ese objetivo” (Greilsammer, op. cit). Esta sentencia se la expuso el rabino
Mizrahi a Shimon Peres antes de las elecciones de 1988, lo que nos señala
que la evolución del “Plan de Paz” instrumentada por el actual gobierno
laborista es percibida por los Halcones como un estado permanente de guerra
interior. Para el grupo “Lubavitch” esta posición está basada en un
principio vital del judaísmo: el pikouah’ nefech (el peligro por la vida).
“Entregar los territorios, y aun discutir con el enemigo esa posibilidad,
significa poner en peligro la vida de los judíos, y ello significa una
terrible defección desde el punto de vista de la Ley religiosa… existe la
obligación religiosa de un control estricto y anexativo sobre los
territorios del Eretz Israel”.

 

“Los Lubavitch, al igual que los Gush Emunim, u otros grupos religiosos y
nacionalistas con acciones comprobadas y reiteradas de macroterrorismo,
creen que el Mesías va a arribar de un momento a otro, y que estamos en las
mismas puertas de la revelación del enviado de Dios. Ellos afirman ver
signos anunciadores, como decadencias y guerras. Y si tal es la situación,
si el mundo está verdaderamente en las puertas de descubrir la Gloria de
Dios y la Luz de Israel, no existe ninguna necesidad de comprometerse en
negociaciones con otras naciones o de hacer concesiones a los no judíos”
(Greilsammer, op. cit). Los Lubavitch militan activamente por una política
de colonización intensiva de los territorios ocupados “con la fe que Dios,
quien ha prometido esas tierras a nuestros padres, no permitirá que ella nos
cause dificultades”. Para el rabino Eliezer Mizrahi toda concesión
territorial es la verdadera causa que refuerza las posibilidades de una
nueva guerra.

La actividad de los Halcones fundamentalistas judíos se verá notablemente
incrementada a partir de la actual crisis del “Plan de Paz”. Y ello lo
señaló con extraordinaria lucidez, antes del asesinato de Rabin, el escritor
español Juan Goytisolo: “Es en el momento de su victoria -militar, política
y económica- cuando Israel corre el riesgo de fracasar. Al mantener los
asentamientos de Gaza y Cisjordania, torpedear a la ANP de Arafat, aplazar
el calendario electoral fijado y prolongar así la presencia militar de
Tsahal en las ciudades palestinas, etc., Issac Rabin manifiesta una
sorprendente falta de clarividencia y de valor político. El tiempo no juega
necesariamente a su favor, ni la demografía tampoco: la conversión de
decenas de millares de palestinos en militantes de Hamás y su disposición a
multiplicar los atentados suicidas no podrán ser combatidas con cercas
electrificadas ni una separación imposible a causa de la capilaridad y
mezcolanza creadas por la ininterrumpida colonización de Cisjordania… La
carencia total de comprensión y respeto a la dignidad de los palestinos
augura una permanente discordia que perpetuará a su vez `la Intifada por
otros medios’, más duros y sangrientos… Después del diálogo de Oslo los
israelíes abrigaban la esperanza de haber cumplido su sueño a costa de la
pesadilla de los palestinos. Dicha esperanza se revela ya totalmente
ilusoria”.

Los actuales grupos dirigentes israelíes, judío-americanos y, ahora,
fundamentalistas evangélicos norteamericanos, piensan que una versión
nacional, o más bien, nacionalista del judaísmo es la única alternativa para
unificar cultural y políticamente a una nación demográficamente fracturada y
físicamente encapsulada en un espacio geográfico muy pequeño. El
nacional-judaísmo provoca fuertes lealtades pero también numerosas
exclusiones. Durante los tiempos de la invasión a Líbano y, luego, durante
la Intifada, el comportamiento internacional (occidental) respecto de Israel
sufrió importantes alteraciones que ahora se están repitiendo de manera
ampliada, en la medida en que el nacional-judaísmo tenga como principal base
de sustentación una política crecientemente militarizada de naturaleza
terrorista, tanto hacia el interior como hacia el exterior de las fronteras
del Estado de Israel.

 

Al ser hoy el nacional-judaísmo una ideología de Estado -la ideología
constituyente del Estado de Israel en esta época de pos-bipolaridad- todos
los hechos que se sucedan tanto en el interior cuanto en el exterior de ese
Estado desencadenarán -a través de diversos canales, incluidos los
religiosos- una serie de repercusiones en el conjunto de la política
mundial. Cualquier situación que eclosione en el hinterland de Jerusalén,
origen o referencia mítica de las tres religiones abrahámicas, hoy en
proceso de judaización por medios militares, afectará directamente a los
grandes espacios internacionales que cada uno de esos monoteísmos abarca, lo
que representa una parte sustancial de la población mundial.

En una situación tal, la estabilidad del proyecto globalizador se verá
seriamente afectada -en lo económico, lo energético, lo político y lo
religioso- lo que haría peligrar el status y la influencia no sólo de los
EUA, sino además de las otras grandes potencias, se encuentren éstas
próximas o geográficamente alejadas del epicentro de los conflictos. Las
repercusiones más intensas se producirán naturalmente en Occidente, aunque
si analizamos los mapas de las rutas petroleras marítimas que nacen en el
Golfo Pérsico, veremos con claridad que otras grandes potencias -como Japón-
geográficamente alejadas, también se verán muy duramente afectadas.

Son los musulmanes los únicos que disponen de una verdadera red de seguridad
teológica y política. Es el mismo Corán quien sostiene inequívocamente, en
varias Suras y gran cantidad de parágrafos, el carácter apócrifo del
Pentateuco y de los otros libros (TANAJ, Torah, Niviim, Kthuvim-Pentateuco,
Profetas y Escrituras); su falsificación “por los perversos (que)
sustituyeron la palabra que les había sido indicada por otra palabra…(Sura
II, parágrafo 56). “…Alteraron la palabra, después de haberla comprendido,
y lo sabían muy bien” (II, 71). “La generalidad de los hombres no conocen el
libro (TANAJ), sino solamente los cuentos engañosos, y no tienen más que
ideas vagas. ¡Desgraciados los que, al escribir el libro con sus manos
corruptoras, dicen: He aquí lo que proviene de Dios…! ¡Desgraciados de
ellos, a causa de lo que han escrito sus manos y a causa de la ganancia que
de ello sacan!” (II, 73). Y un largo etcétera. No hay duda de que Muhammad
(Mahoma) tenía bien claro el origen histórico-político concreto de la Torah:
la pequeña élite hebrea “exiliada” en Babilonia.

Es precisamente ese el sentido que tuvo la redacción de esos libros por la
élite judía desterrada en Babilonia, luego de la destrucción del Primer
Templo: construir a sangre y fuego, hacia el futuro, una comunidad política
hegemónica tal como lo aconseja, entre otros profetas, Josué.

Con ese objetivo mesiánico (el fin de la historia exige la previa posesión
de la tierra -Eretz Israel) reconstruyen desde el presente pos-exílico (del
siglo VI al IV aC.) una falsa historia, un pasado básicamente mitológico que
tiene como único objeto preparar psicológica y políticamente al “pueblo
elegido”; primero para resistir una eventual nueva dispersión en el mundo
(que se vuelve a producir en el año 70 dC.), que era una experiencia ya
conocida por ellos. Pero sobre todo el Antiguo Testamento constituye la
ideología perfecta para rehacer un poder político terrenal, con
características muy similares a las que finalmente instrumentalizó el
sionismo para la construcción del Estado de Israel, unos 20 siglos después
de la caída del Segundo Templo. “El Antiguo Testamento, en su conjunto,
corresponde más a la época del Segundo Templo que a la del primero, a la del
regreso del exilio que a la de la formación y desarrollo del reino de
Israel. Constituye un caso extraordinario de reinvención de la historia
pasada y reescrita en función del presente (un presente muy posterior a la
historia narrada)” (32).

La continuidad teológica, ideológica y estratégica entre judaísmo y sionismo
es absoluta y, en la práctica, sólo se manifestaron fisuras menores entre
ambas concepciones. Y ya en la actualidad estamos constatando una nueva
forma que adopta esa relación, que sólo en apariencia fue contradictoria
durante cortos períodos de tiempo.

 
Judaísmo, sionismo, nacional-judaísmo

Todos los soldados de los ejércitos de Israel -originariamente laico y
concebido como brazo armado de un Estado secular- llevan en sus mochilas el
Libro de Josué, quien es quien asesina (los …”pasa por el filo de la
espada al punto de no dejar ningún superviviente”…-Josué, X, 34) a todos
los cananeos y a otras tribus de la Palestina histórica, que fueron los
habitantes originarios de la región antes de la llegada de las tribus
hebreas. Fue una de las tantas matanzas ordenadas por el “Dios de los
ejércitos”, el mismísimo Yahveh (o Jehová), según la versión oficial de la
Biblia hebrea o Antiguo Testamento (33).

Así está en verdad relatada una operación de “limpieza étnica” en el libro
de los Nombres (XXXI, 7-18), que nos informa sobre las hazañas de los “hijos
de Israel” quienes “… vencedores de los Medianitas, `como el señor había
ordenado a Moisés matar a todos los hombres’, `hicieron prisioneras a las
mujeres’, `incendiaron todos los pueblos’. Retornaron a Moisés, y éste se
enfurece: `¡Qué, -dice- habéis dejado con vida a todas las mujeres! Bien,
ahora mismo matad a todos los niños y a todas las mujeres que hayan conocido
hombre… Pero todas las vírgenes…reservadlas para vosotros” (14-18). Esa
minoría ilustrada no se propuso redactar la historia original de las tribus
hebreas en Palestina (pasado), sino señalar el sendero de su unidad futura,
de su permanencia en el tiempo y en el espacio a partir de una consolidación
política sustentada en la vigencia sagrada de un Dios Único.

El orientalista italiano Mario Liverani (op.cit.) señala al respecto: “La
conciencia de unicidad y diversidad de los descendientes del pueblo de
Israel les ha llevado a resistirse a cualquier tipo de asimilación, algo que
no tiene igual en un plazo tan largo. Si dejamos a un lado la explicación
teológica del `pueblo elegido’, se impone una explicación de carácter
histórico”. Resulta claro que la “metodología” empleada por los redactores y
compiladores del Antiguo Testamento está basada en la “… antedatación
anacrónica… La consecuencia es la congelación del proceso evolutivo, con
un resultado final preestablecido desde el principio, con sus caracteres
inmutables”.

Los redactores del Libro situaron, bajo una forma mítica, los hechos
políticos y religiosos de esa época (desde el retorno del “exilio”
babilónico) nada menos que en el siglo XII, es decir, unos seis siglos antes
de que verdaderamente ocurrieran. Naturalmente que cuando ocurren los hechos
carecen en absoluto de la forma mitológica fijada con seis siglos de
“anticipación”. El siglo XII aC. fue la época de los orígenes étnicos de las
tribus hebreas; en absoluto existía el grado de evolución religiosa que se
verifica seis siglos más tarde. En el siglo XII aC. Moisés habría recibido
directamente de manos de Yahvé (Jehová) las “tablas de la Ley”, “… de modo
que el yahavismo no habría evolucionado nada de Moisés al judaísmo, entre
los siglos XII y IV” (Liverani). La orientación nacionalista y racista del
judaísmo revelado en la Biblia Hebrea o Antiguo Testamento, en tanto
monoteísmo religioso, hace innecesaria la recurrencia al sionismo como
perversión secular muy posterior a la aparición del Libro.

Es evidente que esta posición conlleva gravísimas complicaciones teológicas
y políticas. No sólo las Nuevas Escrituras están unidas al Antiguo
Testamento (incluso por decisión institucional de una Iglesia Católica
progresista y posmoderna, aunque ambos libros hablen de dioses distintos);
es muy conocida, además, la preferencia de las diferentes corrientes del
protestantismo por la lectura sistemática de la Biblia Hebrea, en detrimento
del Nuevo Testamento, considerado por Lutero como el libro católico por
excelencia (34). A los protestantes en general habría que recordarles cuál
fue la opinión final de Lutero sobre los judíos (35). Próxima, por cierto, a
la doctrina nacional-socialista, y totalmente alejada del pensamiento del
chiísmo contemporáneo. Los católicos activos saben muy bien sobre los cismas
terribles de los próximos tiempos, la mayoría de ellos originarios de una
posmodernización apresurada por las exigencias ideológicas del capitalismo.

Un análisis contemporáneo competente no puede deslindar y ubicar en campos
distintos al judaísmo y al sionismo. Desde un punto de vista no teológico la
posición islámica puede ser aceptable, porque no cambia el hecho de fondo:
es el propio actor histórico-social -el judaísmo- quien proclama la
sacralidad de Su Libro. Y a partir de Él proyecta -y sobre todo justifica-
su accionar sobre su propia comunidad, sobre otras comunidades, y sobre su
entorno geográfico cercano o lejano. El Libro se transforma así en el
principal componente ideológico de una política (que se sacraliza a sí misma
y demoniza a sus oponentes): la que instrumenta el Estado de Israel y todas
las ramas de la diáspora judía dispersas por el mundo (occidental).

En sus orígenes, “La fidelidad a un Dios único nacional es la única
esperanza de salvación”. “Cuando David y Salomón unificaron la región, la
fundación del templo de Yahvé en Jerusalén, como edificio anejo del palacio
real , conllevó la elección de una divinidad como centro del panteón oficial
del reino y como divinidad dinástica. El Dios elegido, Yahveh, no debía ser
nuevo en la religión. Seguramente se trataba de una de las divinidades
mayores y más cualificadas, más vinculado por tanto a un ambiente particular
y a un patrimonio mitológico y cultural arraigado” (Mario Liverani,
op.cit.). En verdad la experiencia política de David, que convertirá a
Israel en una pequeña potencia política, fue muy marginal y hasta ignorada
por los grandes Estados de la época. Es la naturaleza de esta decisión
política -la necesidad vital de un dios nacional único, epicentro de una
buscada unificación demográfica y geográfica- lo que se convierte en el nexo
más sólido entre el judaísmo original y el sionismo, cuyo ciclo de vida es
muy corto: desde mediados del siglo XIX dC. hasta fines de la “guerra fría”.
Lo que origina continuidad entre ambas etapas, después de casi 20 siglos de
diáspora, es su misma vocación mesiánica: el laicismo de algunos sionistas
no convierte a éste en algo distinto del judaísmo.

 
Judaísmo y capitalismo

La Inteligencia y la Contrainteligencia del mundo judío-occidental (o
judío-cristiano) pretenden hoy ocultar el hecho histórico de que el chiísmo
libanés es en verdad una expresión originaria del Sur del Líbano (incluyendo
el sur del Valle de la Bekaa), difundiendo la imagen falsa por la cual esa
“nueva frontera” es una exportación iraní hacia el Mediterráneo Oriental
(36). Las dos grandes Iglesias occidentales, el catolicismo y el
protestantismo, desde un punto de vista estratégico, actúan hoy como
elementos subordinados del pos-sionismo o del hiperjudaísmo. Protestantes y
católicos, los primeros desde siempre y los segundos recientemente, han
aceptado como fundacional la versión del Antiguo Testamento, es decir la
preeminencia ideológica del judaísmo sobre el cristianismo en tanto
construcción de un “mismo mundo”, el Capitalista-Occidental.

La religión judía, y a partir de ella el cristianismo, según
interpretaciones posmodernas, “fue construida según un plan preestablecido;
aparece como la solución fría y calculada de un problema diplomático. Se
conforma al programa: es preciso asegurar una religión al pueblo a cualquier
precio. Y otro hecho que no debe perderse de vista para formular un juicio
adecuado sobre la religión judía es éste: la misma reflexión fría, la misma
conformidad a un fin preestablecido, presidieron el nacimiento de las
doctrinas que, unas después de otras, se fueron agrupando con el correr de
los siglos al núcleo principal” (Werner Sombart, Los judíos y la vida
económica).

Lo que pone al judaísmo como principal impulsor del capitalismo, desde sus
orígenes hasta nuestros días es “… la reglamentación contractual, la
reglamentación comercial… de las relaciones entre Jehová (Yahvé) e Israel.
Por otra parte todo el sistema religioso judío no es otra cosa que un
tratado concluido entre Jehová y su pueblo elegido: un tratado con todas las
obligaciones que se desprenden generalmente de un contrato. Dios promete
algo y da alguna cosa a cambio de lo cual el hombre justo lo sirve”
(Sombart, op.cit.).

La “ideología” hiperjudía tiene actualmente dos fuentes de alimentación. Por
un lado prolonga una ya clásica proyección “profética” del Antiguo
Testamento, es decir de una narración realizada e interpretada sobre hechos
ya sucedidos, que sacraliza y proyecta hacia el futuro una corta experiencia
política anterior, y que en verdad fue muy poco exitosa y de muy corta
duración. A esa historia, deformada y sacralizada a la vez, se le suma luego
la voluntad política de secularizarse, que fue planteada inicialmente por el
sionismo, en todas sus ramificaciones. El poder secular (sionista) sumado a
una proyección sacramental de un texto, es lo que termina conformando el
hiperjudaísmo de este mundo en creciente desorden político, cultural y
estratégico.

El nacional-judaísmo y no el sionismo es la ideología dominante en Occidente
en esta etapa de globalización capitalista, es decir de neto predominio del
capital financiero. Ello es así por la gran importancia que le asigna “…
la moral teológica judía a la ganancia pecuniaria propiamente dicha; cómo
alienta de un modo significativo la tendencia a la acumulación puramente
cuantitativa de valores desprovistos en sí mismos de toda calidad, sin
relación con un bien natural cualquiera…” (Sombart, op.cit).

Es que no sólo el judaísmo está en el origen del capitalismo. Es asimismo la
auténtica “superestructura” ideológica del globalismo, ya que: “El judío es
partidario neto de una concepción liberal del mundo, en el que hay lugar, no
para hombres vivos, para hombres de carne y hueso separados por diferencias
individuales, sino para ciudadanos abstractos con derechos y deberes, un
pueblo semejante a otro y constituyendo el conjunto la gran humanidad que no
es más que la suma de las unidades desprovistas de toda calidad” (Sombart,
op.cit.).

 Los intereses del judaísmo convergen con los del supercapitalismo global en
un hecho básico y decisivo: en el interés común por convertir a las naciones
en elementos despojados de propiedades, carentes de poder, incapaces de
identificarse. Ello refuerza de manera clara la presencia mundial del único
Estado nacional que importa, del Estado creado “por orden de Dios”, el de
Israel.

 

Del sionismo al nacional-judaísmo.

Crisis y recomposición de la identidad de la sociedad judío-israelí

El camino que recorre la sociedad israelí entre el sionismo original y el
nacional-judaísmo (hiperjudaísmo) actual pasa, en todos los niveles del
análisis, por una crisis de identidad. La utopía sionista fundadora, que
incluía la construcción de una sociedad laica e igualitaria, fue perdiendo
su energía movilizadora a partir de sucesos como las guerras sucesivas, la
distinta naturaleza cultural de las distintas olas inmigratorias y el propio
proceso de modernización, que hizo que muchos judíos dejaran de compararse
con Europa y comenzaran a hacerlo con los EUA.

La crisis ideológica que sufre el sionismo -en tanto antiguo ideal
civilizador- fue conduciendo a tener que definir a la sociedad de Israel
como a un Estado más dentro de un mundo de Estados. En esa situación, surge
no solamente el interrogante sobre la identidad judía, sino que emerge una
cuestión aún más profunda “sobre la cuestión de la judeidad y del judaísmo”
(36). Ante esta licuación del ser judío emergen la “ortodoxia y la
ultraortodoxia con respuestas claras a estas cuestiones” (37), aun con
puntos de vista divergentes entre sí.

Como lo señala el fundador de la sociología israelí, S.N. Eisenstadt (38),
la ideología sionista había sido un movilizador muy fuerte, no sólo por su
naturaleza fundacional, sino además por su proyecto de crear una sociedad
nueva, igualitaria, que representara la ruptura definitiva con el ghetto,
reinvindicadora de conductas voluntarias y voluntaristas. En esta sociedad
los elementos religiosos fueron finalmente marginalizados.

Las fuerzas de la historia que fueron creando ese Estado, finalmente, toman
muy poco en cuenta al proyecto fundacional original. La construcción
política se realiza bajo la presión de sucesivas olas inmigratorias -de muy
distinto contenido cultural unas de otras-; de guerras continuas cada una de
ellas percibidas de manera diferente por la sociedad israelí. Los nuevos
inmigrantes son en su mayoría mesiánicos. Y la guerra de 1967 -la conquista
de lugares santos judíos como Jerusalén y Hebrón- produce una unificación
religiosa profunda en la sociedad israelí. Otras guerras posteriores, como
la del Líbano, produjeron un efecto contrario, de desgaste y dispersión,
que, sin embargo, no llegan a anular al movimiento religioso que se postula
como representante de la nueva identidad judío-israelita, a pesar de sus
profundas diferencias y contradicciones internas que expresa ese movimiento.

Cada día con más intensidad, el sionismo fundacional es desplazado por la
nueva cultura identitaria de raíz religiosa. Ella está capacitada para
legitimar las guerras actuales y futuras de Israel en nombre de principios
bíblicos: “Las guerras de Israel están ligadas a la promesa divina
concerniente a la posesión de su tierra, …el Eretz Israel… pero su
posesión está estrechamente ligada a la fidelidad del pueblo de Israel a la
alianza realizada con Dios en el desierto del Sinaí y a la observancia de
los mandamientos divinos” (39). Guerra y religión son dos aspectos que se
entrelazan y se complementan mutuamente en estos tiempos que corren. Ello
nos señala un futuro cada vez más claro en relación a los rasgos que irá
asumiendo sucesivamente la identidad judío-israelita y su creciente
preparación -para utilizar una distinción talmúdica- no sólo para las
guerras prescriptas, sino además para las guerras permitidas (40).

Las guerras futuras del judaísmo israelí serán en su mayoría guerras
permitidas (milhemet rechout), según el Talmud. Ello provoca dos situaciones
que no estaban contempladas en la cultura sionista fundadora. La alianza del
sector mayoritario (halcones) del movimiento religioso con el nacionalismo
más intransigente del viejo tronco sionista: los herederos ideológicos del
revisionista Jabotinsky, y la conexión de ese nacionalismo con el mesianismo
del Tercer Templo: la urgencia por realizar y definir la próxima guerra
tiene una estrecha relación con la llegada del Mesías (41). Ella sólo se
producirá cuando el Eretz Israel llegue a los límites geográficos
(imprecisos) prescriptos por la Torah.

El hecho es que una gran parte del judaísmo religioso había quedado fuera
-en la mayoría de los casos, por decisión propia- de la fundación y de la
construcción del Estado de Israel. Naturalmente esto representaba un serio
desequilibrio político e inclusive una debilidad ideológica para grandes
sectores del judaísmo religioso que, con el correr de los años, comienzan a
pensar en la posibilidad de incorporar al sionismo secular en la dinámica
del mesianismo judío tradicional u ortodoxo. Esto quiere decir que las
realizaciones del social-sionismo podían comenzar a re-interpretarse dentro
del esquema bíblico de “pueblo elegido”.

Muchos rabinos, entre ellos Kook, señalaron que el “…sionismo contiene…
`chispas de santidad’ y los pioneros socialistas que llegan a Palestina para
cultivar la tierra participan, sin saberlo, en un plan colocado bajo la
égida de Dios, el cual, reanudando los vínculos entre el pueblo judío y
Eretz Israel, desembocará en la sumisión de todos los judíos a los
mandamientos de la Ley. Puesto que Dios se reveló, el regreso físico de los
judíos sólo puede preparar su vuelta espiritual, es decir, la aceptación por
los judíos de su verdadera naturaleza, que no puede ser más que religiosa.
El sionismo, tan sacrílego en apariencia (el autor se refiere, naturalmente,
al social-sionismo. NC.), devuelve de hecho una actualidad inmediata a una
redención mesiánica que, en adelante, está al alcance de la mano” (42).

Desde la conquista progresiva del Eretz Israel, tal como las practican los
ejércitos de Israel, el judaísmo religioso ortodoxo cree avizorar “el alba
de la redención, es decir, la verdadera puesta en marcha del proceso
mesiánico” (43). Este acceso al “fin de los tiempos” (utopía mesiánica) va
transformando “… al mesianismo realista de los precursores del sionismo,
que habían reservado cierto lugar a la intervención, prudente, del hombre
judío en su historia, se convirtió en un mesianismo cada vez más activista,
es decir, en la propia antítesis del mesianismo pasivo… que había dominado
el judaísmo tradicional. Este cambio está intrínsecamente vinculado a la
concretización del sionismo que, al llevar a cabo la reterritorización
(parcial) de los judíos sobre una base estatal, reforzaba la vinculación
material a la tierra de Israel. Por este hecho, la faceta política del
mesianismo judío, presente en la época asmonea (siglos II y I aC.), pero que
a continuación había sido edulcurada por los rabinos deseosos de `fabricar’
un judaísmo más espiritualizado, mejor adaptado a la nueva situación de
diáspora, se veía reactivada. Reactivación tanto más fácil cuanto que el
sionismo, en todas sus tendencias, no estaba desprovisto de tonalidades
mesiánicas” (44).

Desde un punto de vista práctico, el hiperjudaísmo está expresado en la
composición del gabinete del gobierno de Israel encabezado por el señor
Netanyahu. Allí están los sionistas revisionistas -como el general Allon-,
algún superviviente ideológico del Grupo Stern (Sharon) y distintas
versiones religiosas, sobre todo las representantes del fundamentalismo
judío. Muchas de esas líneas se combatieron duramente entre sí a lo largo de
la historia. Pero ahora se han unificado, fuera de las ideologías
restrictivas de la guerra fría, para proceder a practicar, entre otras
cosas, y ahora sí, una “solución final” para dos millones de palestinos
enjaulados en los bantustanes de las “autonomías”, y para expandir el
territorio del Eretz Israel según el “mapa” diseñado por Moisés en sus
“últimas instrucciones en el Horeb” (Deuteronomio 1, 6-8) (27).

El hiperjudaísmo es la sacralización de la experiencia de una pequeña, casi
insignificante tribu nómada, que llega y se implanta a sangre y fuego en una
Palestina ya poblada y dotada de una alta cultura religiosa en proceso hacia
el monoteísmo. “Cuando hayáis pasado el Jordán para entrar en la tierra de
Canaán, arrojaréis de delante de vosotros a todos los habitantes de la
tierra… Porque si no arrojáis de delante de vosotros a los habitantes de
la tierra, los que de ellos dejéis serán como espinas en vuestros ojos y
aguijón en vuestra carne. Os hospitalizarán en la tierra que váis a habitar,
y yo mismo os trataré a vosotros como había pensado tratar a ellos”
(Deuteronomio). ¿Cómo pensaba tratar Dios, según el Moisés de la Torah, a
los “habitantes de la tierra”?: de dos maneras, esclavizándolos o
asesinándolos:

 “La conquista de las ciudades”

“Cuando te acerques a una ciudad para combatir contra ella, le propondrás la
paz. Si ella te responde con la paz y te abre sus puertas, todo el pueblo
que se encuentre en ella te deberá tributo y te servirá. Pero si no hace la
paz contigo y te declara la guerra, la sitiarás. Yahvé tu Dios la entregará
en tus manos, y pasarás a filo de espada a todos sus varones; las mujeres,
los niños, el ganado, todo lo que haya en la ciudad, todos sus despojos, los
tomarás como botín” (Deuteronomio, 20, 10-14).

Estamos hablando de una guerra de conquista, de una guerra de despojo contra
los pueblos ya instalados en el Eretz Israel o “Tierra Prometida”. Y,
naturalmente, estamos hablando no de una historia pasada, sino de una
historia futura, como ya lo hemos dicho reiteradas veces. Sólo con la
fundación del Estado de Israel el deseo se convirtió en realidad.

La alianza integral entre el Estado de Israel y los Estados Unidos tiene
diversos componentes principales, políticos, militares, económicos y
estratégicos. Y tiene asimismo un hilo conductor de naturaleza teológica,
que emerge de dos formas similares de leer e interpretar el Antiguo
Testamento. Esa alianza, entre esos dos Estados, representa la culminación
de la antigua unidad entre todas y cada una de las fases del capitalismo y
la etapa correspondiente de elaboración doctrinaria que iba ofertando el
judaísmo. El judaísmo sirvió al capitalismo y a Occidente no sólo en su
etapa sionista, es decir, nacionalista-civilizadora.

El componente teológico de la alianza entre Israel y los Estados Unidos de
América originó el hecho por el cual “La relación de la sociedad americana
con la comunidad judía (americana) es una relación de adopción y de
integración. La comunidad judía es considerada como participante de todos
los valores de la cultura americana dominante” (45). “La pertenencia
americano-israelí a valores comunes excluye manifiestamente a los árabes”.
“La identificación americana con Israel es aún más marcada en ciertos
sectores, como los cristianos fundamentalistas y los evangélicos, para
quienes el Estado de Israel cumple funciones escatológicas” (Mansur,
op.cit.) (46).

Pero por ser precisamente “profética”, la lectura del TANAJ, Biblia Hebraica
o Antiguo Testamento, justifica las exacciones de hoy, de la misma manera
que la expoliación y exterminación de los autóctonos de Canaán es
presentada, en el texto original, como una condición sine qua non para que
el “pueblo elegido” pueda mantener su “Alianza Eterna” (con Dios). Ese texto
del Antiguo Testamento es, para las Iglesias de Occidente, el fundamento de
la civilización judeo-cristiana. Es así como el cristianismo, luego de su
aventura secular representada en el Concilio Vaticano II, se ha convertido
hoy en el rehén teológico-estratégico del hiperjudaísmo, el pueblo elegido,
el único que ha podido establecer una “alianza eterna” con Dios.

La historia real objetiva de las tribus hebreas asume como propia la cultura
de Palestina antes de su llegada a esas tierras, e internaliza integralmente
una cosmovisión preexistente, la Weltanschauung cananea materializada en lo
que los expertos del mundo antiguo oriental llaman la Biblia Cananea. En un
momento dado la cultura cananea no es distinta a la cultura de los hebreos,
es su verdadero origen y fundamento. Sin embargo, éstos logran “sacralizar”
una experiencia política particular (en su momento, intrascendente) en
contraposición con aquella cultura preexistente. Luego de la crisis de los
dos reinos (47), de las guerras civiles judías anejas, de la caída del
Primer Templo y del exilio, ese plagio y su posterior teologización (que es
lo que corresponde a la redacción de textos sobre hechos sucedidos entre
cuatro y seis siglos antes) es lo que mantiene unida a la comunidad durante
el largo período de la diáspora, luego de la caída del Segundo Templo (70
dC.)

El Libro es entonces la primera experiencia histórica exitosa de una
ideologización de hechos ocurridos con mucha anterioridad al momento de su
recordación y redacción. Desde el punto de vista político, esos hechos
habían resultado obviamente catastróficos. La “experiencia del gobierno de
David” termina en una escisión de la sociedad en dos reinos, en un proceso
complejo de guerra civil, y en la caída de ambos ante las fuerzas
babilónicas. Todo ello en el tiempo muy corto y en espacios geográficos tan
increíblemente pequeños que todos esos sucesos pasan desapercibidos para los
observadores de las grandes culturas circundantes (Egipto y Mesopotamia).

De allí la brutal dureza de Yahvé y la repulsiva crueldad de los jefes
hebreos en el texto del Antiguo Testamento. Los redactores y compiladores de
la etapa del exilio babilónico estaban preparando a su tribu para
acontecimientos futuros, que ciertamente tuvieron lugar. Para referirnos
sólo a una cuestión puntual reciente, vemos que la naturaleza de la última
incursión militar de Israel sobre el Líbano es un calco exacto de las
órdenes de exterminio que Moisés transmite a su pueblo en el Deuteronomio.
La misma ideología preside la matanza de palestinos hacia fines de setiembre
de 1996.

Por el momento interesa señalar que una escisión similar a la de los dos
reinos, incluso con parecidos orígenes míticos e ideológicos, fractura a la
sociedad judía en los tiempos que corren. Y hay que señalar desde ya que es
esa fractura la que posibilita el nacimiento de las fuerzas antagónicas al
hiperjudaísmo. Al igual que la crisis política y la guerra civil que
desembocó luego en la caída del Segundo Templo e impulsó a la comunidad
judía a transitar por 20 siglos de diáspora, las fracturas y las escisiones
“ideológicas” actuales se originan en un núcleo de teología judía que se ha
proclamado intérprete de los “intereses eternos y permanentes de la nación”.
A ese núcleo teológico se le ha sumado una legitimidad política originaria
de la “democracia de los gentiles” (sionismo). Es a esta suma de dos
realidades contradictorias a la que estamos definiendo como hiperjudaísmo,
un producto impensable con anterioridad al actual mundo apolar.

No estamos sosteniendo aquí la clásica banalidad que señala la existencia de
dos o más políticas diferentes, incluso opuestas, que disputan su hegemonía
en el seno de la sociedad israelí. Estamos hablando de una cuestión no
resuelta que es la identidad del Estado de Israel. Más aún, estamos
señalando la imposibilidad de que esa cuestión pueda resolverse, es decir,
de la creciente inviabilidad de llegar a consolidar este tercer intento de
establecer la soberanía judía en Eretz-Israel.

En esencia, la obra del impulsor del sionismo moderno Theodor Herzl
(1860-1904), se fundamenta en una idea fuerza: el Estado judío será una
potencia civilizadora allí donde se implante, y se asumirá como vanguardia
de Europa (occidental) contra la “barbarie”. La implantación del Estado
sionista en Palestina hizo que la relación entre el sionismo y el mundo
árabe-musulmán haya devenido finalmente en una relación entre civilización y
barbarie, es decir, entre opresores y oprimidos (48) o, como dice el Imam
Hussein Fadlallah, entre orgullosos y desposeídos. Sin embargo, el sionismo
no estuvo nunca antes como lo está ahora, tan furiosamente fundamentado en
una prescripción teológica.

Por el contrario, en otros tiempos históricos, fueron teólogos judíos
algunos de los más firmes opositores a la creación del Estado de Israel. El
“casamiento” entre el judaísmo religioso conservador y el sionismo secular,
en cualquiera de sus manifestaciones ideológicas, es un fenómeno
absolutamente contemporáneo, y expresa con toda claridad una crisis
profunda, tanto en lo ideológico como en lo cultural. Arnold Toynbee, en su
monumental Estudio de la Historia, analiza con mucho detalle los “contactos
espaciales y temporales entre civilizaciones”, y elabora conceptos
sorprendentes por su aplicabilidad al Sur del Líbano y a Palestina, hoy. 

“En el mundo moderno los diversos responsables nacionales de la agresión
cultural de la sociedad de Occidente hicieron una distinción semejante entre
`Civilización’, con mayúscula , y los “bárbaros” o “salvajes” con los que se
encontraron en su expansión por toda la superficie del globo… “Los
representantes de una civilización agresiva que ha penetrado con éxito en un
cuerpo social ajeno tienden a sucumbir a la hybris del fariseo que da
gracias a Dios porque él no es como los otros hombres. La última forma de
inhumanidad tienden a mostrarla los representantes de una civilización
agresiva. En su cultura, la religión es -y así se siente y se reconoce- el
elemento que gobierna y orienta. En una sociedad que no ha secularizado su
vida, la negación de la humanidad de los inferiores tomará la forma de una
afirmación de su nulidad religiosa” (Toynbee, Estudio de la Historia).

________________________________________________

1.- No es cierto que el gobierno judío tergiverse los Acuerdos de Oslo. Lo
cierto es que la OLP firmó unos documentos plagados de incoherencias y de
trampas, que en definitiva no obligaban a nada a los israelíes. Sobre la
claudicación de la dirigencia de la OLP ver: Edward Saíd, Gaza y Jericó, pax
americana, op.cit. Al texto

2.- La plena vigencia de este proceso re-fundacional -esto es, el pasaje del
sionismo (en sus versiones revisionista o nacionalista, y laborista) al
nacional-judaísmo- es lo que explica la creciente intransigencia del
judaísmo (el de Israel y el de las juderías más significativas) hacia el
resto del mundo. Todo crítico es definido de inmediato como antisemita -es
decir, de enemigo del “pueblo elegido”. El concepto de antisemitismo es por
lo demás confuso, ya que se lo utiliza como si se tratara de una actitud
patológicamente “racista” (o “étnica”) cuando en realidad el concepto
“semita” hace referencia tanto a una realidad lingüística cuanto a la
naturaleza étnica de la casi totalidad de las tribus y civilizaciones
antiguas que originaron lo que hoy es el mundo árabe-musulmán. Al texto

3.- A fines de enero de 1998, el obispo Jacinto Boulos Marcuzzo, vicario del
Patriarca Latino en Jerusalén, solicitó públicamente al primer ministro
israelí Benjamín Netanyahu que intervenga a fin de que el organismo radial
del gobierno israelí “Kool Israel” reestablezca las transmisiones religiosas
en lengua árabe para los católicos del Medio Oriente, que se encuentran
suspendidas desde septiembre de 1997. Las emisiones católicas en lengua
árabe se iniciaron en 1948 y habían venido difundiéndose regularmente hasta
su suspensión en setiembre de 1997. Estaban dirigidas a los 12 millones de
católicos del Oriente Medio, residentes, principalmente, en El Líbano, Irak
y Egipto. El obispo afirma en su carta pública que la medida representa “una
patente violación de los principios de igualdad de los ciudadanos y del
respeto a las minorías”, además de “una evidente discriminación”, ya que el
ente gubernamental israelí sigue manteniendo las transmisiones de otras
confesiones religiosas evangélicas (protestantes) de origen estadounidense”.
Fuente: Servicios de Informaciones del Vaticano (SIV). La cursiva es mía.
Ver, en este mismo capítulo, la nueva conexión ideológica del lobby
judío-norteamericano. Al texto

4.- La sociedad israelí y el judaísmo en general es lo esencialmente
diferente, es la diversidad por excelencia, absoluta. Israel no es un mero
hecho colonial clásico. Autores laicos, “progresistas” y lúcidos como Edward
Saíd no comprenden la naturaleza de esta diferenciación, que es
definitivamente teológica. Es por ello que no podrá haber Paz -algo que se
practica entre iguales- sino sumisión (árabe-musulmana) o expulsión (judía).
Para los palestinos, específicamente, la ecuación es fatídica aunque
inexorable: derrota (esclavitud) o victoria (expulsión del enemigo que se
posesionó de la tierra, convirtiéndola en “prometida”). Al texto

5.- Yaron Ezrahi: El prefacio chauvinista de la Biblia distribuida a los
soldados israelitas, en Haaretz, Jerusalén, 22 de enero de 1996. Citado por
Roger Garaudy en Droit de réponse, Samizdat, París 1996. Al texto

6.- Las comunidades judías y cristianas que vivieron durante siglos bajo
dominación musulmana, fueron siempre reconocidos como “gentes del libro”,
“creyentes de Dios, de los profetas y del juicio… pertenecientes a la
misma familia espiritual que los musulmanes. En tanto que tales, ellas
constituían ‘pueblos protegidos’, a quienes se les acordaban los derechos a
la vida y a la propiedad, al ejercicio de su religión y a la preservación de
sus leyes y costumbres, a cambio de su lealtad (política al Estado) y al
pago de un impuesto especial” (Albert Hourani, La pensée arabe et
l’Occident, Ed. Groupe Naufal, París 1991). Al texto

7.- Son los musulmanes los únicos que pueden evadir este gran cerco
teológico que Israel le tiende a la totalidad del mundo Occidental, ya que
el Corán dice que los textos de la Biblia Hebrea son falsificados. Al texto

8.- Ni la arqueología ni las investigaciones históricas contemporáneas han
encontrado ni un sólo vestigio de lo que se considera el núcleo ético
fundacional del Antiguo Testamento o Biblia Hebrea, el Éxodo. Al texto

9.- “R. Leví ben Jama, en nombre de R. Shimón b. Laqish, dice: `¿por qué
está escrito: Y te entregaré las tablas de piedra, junto con la Ley y los
mandamientos que he escrito, para que sean enseñados?’ Las tablas de piedra
son las del Decálogo; la Ley son los cinco libros de Moisés, y los
mandamientos son la Mishnah. Las `palabras que he escrito’ son los libros de
los profetas (neviim) y los escritos (ketubim); y las palabras `para que
sean enseñadas’ es la Guemarah. Así queda demostrado que todo fue entregado
a Moisés en el Sinaí” (Berajot 5a). Al texto

10.- Roger Garaudy, Les Mythes fondateurs de la politique israélienne,
Samiszdat, París 1996; en el “mito del antifascismo sionista”, el autor
explica las negociaciones entre sionistas y nacional-socialistas realizadas
sobre el interés común de expulsar de Alemania hacia Palestina a los judíos
alemanes no integrados, es decir, sólo a los sionistas. “El enemigo
principal, para los dirigentes sionistas, es la asimilación” (p.68). Un
historiador judío norteamericano de primer nivel, Amos Perlmutter (Israel.
El Estado repartido, 1900-1985), desarrolla esta cuestión. Las fuerzas del
sionismo revisionista “querían la guerra total y declarada contra el Imperio
británico…(para lograr) una entrada masiva de judíos europeos en
Palestina”. Para lograr tal objetivo, una de las ramas del sionismo
revisionista encabezada por Abraham Stern proponía “firmar tratados con
todos aquellos que le brindaran una ayuda directa, por lo tanto su grupo (el
de Stern) trató con polacos antisemitas, fascistas italianos, e incluso
nazis hitlerianos”. En este mismo volumen ya hemos hecho mención al acuerdo
establecido entre el sionismo y el nacional-socialismo orientado a facilitar
la emigración de judíos alemanes y este-europeos a Palestina. Dichos
acuerdos o Convenios de Transferencia (Haavara) surgieron de las mismas
Leyes de Nuremberg del 15 de setiembre de 1935. Ernst Nolte compara a la
URSS y a Alemania durante ese período: “¿No había sustraído (la URSS) al
sionismo todo margen de movimiento y de acción, mientras que en Alemania las
comunidades judías poseían una animada vida interior y el sionismo incluso
era promovido?” (Ernst Nolte, La guerra civil europea, 1917-1945;
nacionalsocialismo y bolchevismo). A través de los Acuerdos de Transferencia
firmados entre las organizaciones sionistas ya afincadas en Palestina y el
gobierno nacionalsocialista, el III Reich promueve intensamente la actividad
sionista con destino a Palestina, inclusive a los grupos de migrantes
ilegales, a los “… que se les permitía fletar barcos de la Donau
Dampfschiffahrtsgesellschaft, controlada por la Gestapo, que les llevaban
desde Bratislava, en Checoslovaquia, hasta el puerto rumano de Sulina, en el
delta del Danubio” (Eliahu Ben-Horin, El Cercano Oriente, encrucijada de la
Historia). Durante un largo período se verifica una extraordinaria
coincidencia entre dos formas extremas de nacionalismo, el
nacional-socialista alemán, y el sionista judío. Sin embargo, el propio
Nolte señala una diferencia esencial entre ambos: el nacionalismo (sionista)
judío sólo podía funcionar desplazando y derramando la sangre de otro pueblo
que estaba ocupando la tierra “prometida”. El “derecho” judío se debió
edificar sobre la tragedia de los palestinos y de otros muchos pueblos
árabes y musulmanes. La tragedia del nacionalsocialismo fue en cambio la
expulsión de los judíos, que estaban ocupando espacios alemanes de poder
(financieros, políticos, culturales, etc.) (Ernst Nolte, en la Introducción
a Lehrstück oder Tragödie?). Al texto

11.- “En el Líbano, los chiíes han sido siempre una fuerza importante,
aunque oprimida, tanto por los sunníes como por los cristianos maronitas. Se
estima hoy que constituyen el 35% o el 40% de la población libanesa” (Paul
Balta, Islam: Civilización y sociedades, 1993). Yann Richard, L’ Islam
Chi’ite, Librairie Arthème Fayard, París, 1991. La similitud teológica entre
catolicismo y chiísmo es máxima en el espacio del Apocalipsis. La idea de
Parusía, en tanto justicia final, es prácticamente idéntica en ambas
religiones.

Otras obras consultadas sobre el chiísmo son: A shi’ite Anthology, textos
seleccionados por ‘Allamah Tabataba’i, Qom, RII, 1989. El Islam shiíta,
‘Allamah Tabataba’i, Buenos Aires, 1991. La spécificité chiite, “Pouvoirs”,
N62, PUF, 1992. El ser humano en el Corán, Morteza Mortahari, Teherán, RII,
1982. La vida eterna, Morteza Mortahari, Teherán, RII, 1985. Las cuatro
prisiones del hombre moderno, Alí Shariati, Buenos Aires, 1989. Sociología
del Islam, Alí Shariati, Al Hoda, Londres, 1989. La résurrection, l’aube de
l’éternité, Mojtaba Moussaoui Lâri, Teherán, RII, 1985. Las revoluciones
shi’íes en el Islam (660-750), Fouad El-Khoury, Fundación Argentino-Árabe,
Buenos Aires, 1983. Y, por supuesto, el famoso texto del Imam Jomeini,
Manifiesto de la Revolución Islámica. A los “desheredados del mundo” está
dirigido el documento fundacional del Partido de Dios (Hezbollah), fechado
el 17 de febrero de 1985.Al texto

12.- El otro, el gran espacio ruso, se desmorona asimismo de día en día,
luego de los estrepitosos fracasos de una liberalización compulsiva y
salvaje culminada por una operación de ingeniería política realizada en
torno a un Yeltsin perpetuamente resucitado. Dos grandes agujeros negros es
mucho contrapeso para el proyecto de globalización. Ambos afectarán
directamente, y en primer lugar, a la Unión Europea, que percibe el peligro
y busca un rápido “desmarque”. El repudio europeo a las leyes Helms-Burton y
D’Amato está señalando el comienzo de una “nueva relación interatlántica”
dentro de la cual cada centro de poder intentará delimitar nuevas “zonas de
influencia”, que es un concepto absolutamente antagónico al de Nuevo Orden
Mundial Globalizado. Desde Bruselas se señaló con claridad que nadie
comparte con Washington el tratamiento propuesto por esas leyes a Irán, a
Libia e, incluso, a Cuba. Pero sobre todo a Irán, que ocupa -y eso lo saben
especialmente bien los alemanes- una región estratégica de suma importancia.
Los países comunitarios no pueden permitirse el lujo de romper con un país
exportador de petróleo e importador de productos industriales de alta
tecnología que, se quiera o no, ha de desempeñar un papel decisivo en una
región cuya evolución estratégica es vital para la totalidad del planeta. Al
texto

13.- Como lo señala, entre otros autores, Camille Mansur en su libro Israël
et les Etats-Unis. Este Tercer Estado pretende constituirse en el verdadero
“gobierno” -concentrando el poder político (temporal) y el poder espiritual
(teológico)- de la civilización judeo-cristiana, es decir, de Occidente. Al
texto

14.- L’Express, op.cit. Al texto

15.- La palabra “fundamentalismo” nace del sustantivo inglés
“fundamentalism”, acuñado por primera vez en los Estados Unidos en 1910. The
Fundamentals era el título de una publicación de doce volúmenes, que
contenían noventa artículos redactados por “diversos teólogos protestantes
opuestos a todo compromiso con el modernismo predominante. Financiados por
dos hermanos, ambos hombres de negocios, más de tres millones de ejemplares
de The Fundamentals se difundieron gratuitamente”. La obra fue reeditada en
1988 bajo un título ya más desarrollado: The Fundamentals. A Testimony to
Thruth, Nueva York, Garland, 12 volúmenes). Al texto

16.- Norberto Ceresole, El nacional-judaísmo, un mesianismo pos-sionista,
op.cit. Al texto

17.- Alain Dieckhoff, L’invention d’une nation. Israël et la modernité
politique, Gallimard, París, 1992. En especial el Capítulo 4: Por el fuego y
la sangre: el nacionalismo intransigente de la derecha sionista. Pag. 205 y
ss. Al texto

18.- Citado por: Marius Schattner, Histoire de la droite israélienne,
Editions Complexe, Bruselas, 1991. Al texto

19.- Marius Schatter, op. cit, pgs. 327 y ss. Para Yehuda Kook la victoria
militar de 1967 consolida una idea central: “los tiempos mesiánicos han
comenzado”. Al texto

20.- “Nosotros estamos en el centro del proceso de la Redención. El Reino de
Israel se construirá de nuevo. El ejército israelí es sagrado y encarna la
posesión del país por el pueblo… Dejarle a los no judíos espacios del
Eretz Israel , la tierra de nuestros ancestros, sería un crimen y un
pecado.. Es el deber de todo ministro, de todo hombre de guerra, empeñar
todas sus fuerzas con la ayuda de Dios”. Marius Schattner, op.cit. Es el
discurso nacional judaísta absolutamente adecuado para el actual grupo
dirigente israelí. Al texto

21.- Amos Perlmutter, Israel, un Estado repartido 1900-1985, Espasa Calpe,
Madrid, 1989. Al texto

22.- Perlmutter, op.cit. Al texto

23.- Roger Garaudy, Les Mythes fondateurs de la politique israélienne,
París, 1996. Al texto

24.- R. Garaudy, op.cit. Al texto

25.- Editorial Claridad, Buenos Aires, 1944, pgs. 164-170. Citado por Pedro
Catella, El ataque israelí a Irak: 50 años de terrorismo sionista, op. cit.
Al texto

26.- Garaudy, op.cit. Al texto

27.- Garaudy, op.cit. Al texto

28.- Garaudy, op. cit. Al texto

29.- Garaudy, op.cit. Al texto

30.- Cada vez son más numerosos los analistas serios de distintas
nacionalidades y confesiones religiosas que ponen en duda el “Holocausto”
como ritual racista-teológico. Cada día aparecen nuevos hechos concretos que
niegan con contundencia la mitología judía de posguerra. Varias agencias de
noticias internacionales distribuyeron, desde Londres, el 2 de diembre de
1996, la documentación expuesta por un historiador norteamericano que señala
que 77 altos oficiales de la Wehrmacht eran judíos, que el propio Hitler lo
sabía y que, sin embargo, los había ratificado como “arios”. Entre esos 77
oficiales había 1 mariscal de campo,15 generales y 23 coroneles. A partir de
estas evidencias encontradas en archivos alemanes por el historiador
norteamericano Bryan Rigg, es posible inferir que fueron miles, o tal vez
decenas de miles los soldados judíos que “lucharon como leones” por la
victoria de Alemania a lo largo de toda la segunda guerra mundial. El mismo
historiador encontró 17 casos documentados en los cuales a esos soldados a
los que se los conocía como judíos, se les otorgó la más alta condecoración
militar de la época, la Ritterkreuz. Al texto

31.- Ilan Greilsammer, Israël, les hommes en noir, Ed. Press de la Fondation
Nationale de Sciences Politiques, París, 1990. Al texto

32.- Mario Liverani, El Oriente Antiguo, op.cit. Grijalbo Mondadori,
Barcelona, 1995. Al texto

33.- Siempre conviene recordar las prevenciones del Corán sobre la falsedad
de la redacción oficial del Antiguo Testamento, lo que afectaría muy
duramente al cristianismo posmoderno, que optó por unir su destino teológico
al judaísmo. Al texto

34.- El “progresismo” católico busca desesperadamente una conexión histórica
y teológica con el judaísmo. En relación con la búsqueda de esas conexiones
históricas véase el libro de César Vidal Manzanares, El judeo-cristianismo
palestino en el siglo I, Ed. Trotta, Madrid, 1995. Sin embargo, son muy
pocas las conexiones reivindicables, por lo menos desde el punto de vista
histórico. El historiador romano-judío Flavio Josefo (La guerra de los
judíos) llamó “bandidos judíos” a los que se enfrentaban con las armas a los
invasores romanos. Los cristianos contemporáneos, con la caída del “Segundo
Templo”, fueron acusados por los judíos de su tiempo de “colaboracionismo”
con los romanos. Por lo demás, tal era la política de Pedro y Pablo, que se
orientaba a la evangelización de los gentiles. Esa política es la que
posibilita la introducción posterior del cristianismo en el Imperio, a
cambio de la aceptación por éste de una gran cantidad de ritos religiosos
romanos pre-cristianos. Al texto

35.- “Acerca de los judíos y sus mentiras” (Von den Juden und ihren Lügen).
Citado por Hans Küng en: “El Judaísmo” (Das Judentum), y por Paul Johnson,
Historia de los judíos. Hay coincidencia entre los historiadores,
especialmente entre los anti-católicos- de que “La Reforma protestante del
siglo XVI constituyó el punto de arranque de una visión más favorable hacia
los judíos cuanto más firmemente se propugnaba el principio de separación
de Iglesia y Estado y más se distanciaban los movimientos reformadores de la
herencia católica, mayor era la tolerancia que podían esperar los judíos.
Así en 1591 se establecía, en los calvinistas Países Bajos, en Amsterdam, el
primer enclave judío” (César Vidal Manzanares, Textos para la historia del
pueblo judío, Cátedra, Madrid, 1995). Acerca de los judíos y sus mentiras
fue escrito por el gran reformador alemán en 1543, veinte años después de la
aparición de otro de sus escritos (Jesucristo nació judío, Wittenberg,
1523). En el escrito de 1523 Lutero proponía la tolerancia con los judíos,
pero sobre la base de su conversión: “Tengo la esperanza de que muchos
judíos, si son tratados de manera amistosa e instruidos en las Sagradas
Escrituras, pasen a ser cristianos dignos”. Veinte años después, la
paciencia original propuesta por Lutero respecto a los judíos había llegado
a su fin. En Acerca de los judíos y sus mentiras (1543) propone con toda
vehemencia la expulsión de los judíos de Alemania: “¿Qué podemos hacer
nosotros, los cristianos, con esa gente rechazada y maldita, los judíos, a
los que no podemos aguantar, porque se encuentran en medio de nosotros y
sabemos mucho de sus mentiras, sus perversiones y sus maldiciones Y no
permiten que los convirtamos Voy a ofrecer una sincera sugerencia: primero,
prender fuego a las sinagogas y sepultar lo que no pueda quemarse, para que
nadie pueda ver de las mismas ni piedra ni resto; segundo, hay que
despojarles de sus casas y destruirlas, porque tal y como hemos averiguado
realizan en ellas los mismos actos que en las sinagogas, alojándolos después
bajo alguna techumbre o en un establo de vacas, como si fueran gitanos, para
que se enteren de que no son señores en nuestro país, como pretenden, sino
que se encuentran en exilio y cautiverio; tercero, hay que quitarles los
libros de oraciones y los libros del Talmud; cuarto, prohibir a los rabinos
que enseñen, so pena de recibir castigos corporales y la muerte; quinto,
prohibir totalmente a los judíos andar por los caminos; sexto, prohibir sus
negocios usurarios y arrancarles todo el dinero y los objetos valiosos de
oro y plata, dejándolos en depósito; séptimo, dar a los judíos y judías
jóvenes y sanos, mazos, azadas y husos para que se ganen el pan con el sudor
de su frente Sin duda existen razones para temer que serían capaces de
hacernos daño si fueran siervos nuestros o trabajaran para nosotros Seamos
entonces tan sensatos como los pueblos de Francia, de España, de Bohemia y
expulsémoslos para siempre del país”. Al texto

36.- Doris Bensimon, Religion et État en Israël, Editions L’Harmattan,
París, 1992.  Al texto

37.- Doris Bensimon, op. cit, Capítulo 13. Al texto

38.- S.N. Eisenstadt, The transformation of Israeli society, London, 1985.
Al texto

39.- Doris Bensimon, op. cit., especialmente el Capítulo 15: Los religiosos,
la guerra y la paz, p. 222. Al texto

40.- Estrechamente unido a los significados de estos términos de origen
talmúdico aparece la teoría y la práctica del terror (de judíos contra
judíos y de judíos contra gentiles) y de los autoatentados. Para una
historia de los autoatentados terroristas de este siglo (judíos contra
judíos), comenzando con el hundimiento del buque “Patria” (24 de noviembre
de 1940), véase el trabajo El ataque israelí a Irak, 50 años de terrorismo
sionista, del investigador argentino Pedro Catella, op. cit. Al texto

41.- Doris Bensimon, op.cit. Capítulo 16: El Mesías y el Tercer Templo,
p.239. Al texto

42.- Alain Dieckhoff, Sionismo, mesianismo y tradición judía. Investigación
patrocinada por la Memorial Foundation for Jewish Culture, de Nueva York, y
editada por Gilles Kepel en Las políticas de Dios, Editions du Seuil, París,
1993. Al texto

43.- Dieckhoff, op. cit. Al texto

44.- Ibidem. Al texto

45.- “Yahvé, nuestro Dios, nos habló así en el Horeb: `Ya habéis estado
bastante tiempo en esta montaña ¡En marcha!, partid y entrad en la montaña
de los amorreos, y donde todos sus vecinos de la Arabá, la Montaña, la
Tierra Baja, el Néguev y la costa del mar; en la tierra de Canaán y el
Líbano, hasta el río grande, el río Éufrates. Mirad: yo he puesto esa tierra
ante vosotros; id a tomar posesión de la tierra que Yahvé juró dar a
vuestros padres y a su descendencia después de ellos'”. Al texto

46.- Camille Mansur, Israël et les Etats-Unis, ou les fondements d’une
doctrine stratégique, Armand Colin Éditeur, París, 1995. Al texto

47.- “La rivalidad no era nueva entre los antiguos reinos del norte (Israel
y su capital Samaria) y del sur (Judá y su capital Jerusalén). No se debía
solamente a una composición social diferente, en razón de que el norte está
urbanizado, y más abierto, por su comercio, a las relaciones exteriores.
Existía también una vieja rivalidad religiosa: los `santos lugares’
tradicionales de las tribus, los santuarios de Siquem, de Betel, de Silo, se
encontraban en el norte, y el desplazamiento autoritario del cetro y el Arca
a Jerusalén, por una decisión esencialmente política de David, les había
parecido a los samaritanos una ruptura de la tradición y un abuso del poder
por parte de David” (Roger Garaudy, Palestina. Tierra de los mensajes
divinos, Ed. Fundamentos, Madrid, 1987. Al texto

48.- Esta implantación pudo haberse realizado en la Argentina, “…donde el
millonario barón Maurice de Hirsch (1831-1896) había instalado a 6.000
judíos en una serie de colonias agrícolas” (Paul Johnson, La Historia de los
judíos). Hubiese encajado muy bien con la filosofía de los “ingenieros
sociales” argentinos de las generaciones del 60 y del 80 del siglo XIX,
basada en la dicotomía “civilización” versus “barbarie”.

 

( Fonte: www.aaargh.codoh.info )